Abandono y ruina del sistema educativo puertorriqueño

Foto-ensayo de John Rivera-Pico

Escuela Emilia Castillo Abreu

Se dice que estudiaban a oscuras, sin luz, rodeados por el calor y la humedad tropical, luchando por escuchar … La atención se perdía entre las sombras.

La Escuela Emilia Castillo Abreu, en Isabela, permanece como un vestigio de lo que alguna vez fue un vibrante centro de aprendizaje. Hoy, ocho años después de su cierre, es tan solo una sombra de lo que representaba para la comunidad. En esta serie fotográfica he querido capturar este espacio y su infraestructura deteriorada que son testigos del paso del tiempo, pero también una metáfora poderosa del actual estado del sistema educativo de la isla. Al recorrer estas ruinas, se siente una extraña sensación de nostalgia mezclada con desesperanza, un susurro del pasado que se pierde en un futuro incierto.

El abandono es un proceso lento, casi imperceptible en sus primeras etapas, pero luego se vuelve irreversible. Hace nueve años, la escuela aún albergaba a estudiantes, aunque ya bajo condiciones de miseria. Se dice que estudiaban a oscuras, sin luz, rodeados por el calor y la humedad tropical, luchando por escuchar en un espacio que no estaba diseñado para ofrecerles la más mínima comodidad. La atención se perdía entre las sombras. Aquellos estudiantes son hoy adultos que recorren el país cargando las cicatrices de una educación que nunca fue equitativa ni digna.

…lo más impactante son los rastros dejados en el suelo de la escuela:
las tareas de inglés, las asignaciones de geografía y los ejercicios de matemáticas que buscaban enseñar a los niños a presupuestar.

Resulta difícil no ver en esta escuela el índice de un futuro colectivo incierto. Vivimos en una isla donde el abandono de nuestras instituciones es tanto físico como emocional. El colapso de las infraestructuras escolares es una manifestación de la crisis educativa, pero también de una crisis más profunda que afecta toda la estructura social y política del país. A menudo se nos dice que el futuro está en nuestras manos, que los estudiantes de hoy son la promesa de un mañana mejor. Pero cuando miramos estas ruinas, ¿podemos verdaderamente confiar en esa promesa? 

Mis fotografías no son solo imágenes de un espacio físico en descomposición. Son a su vez testimonios de lo que se ha perdido: el acceso a una educación de calidad por la falta de recursos, de la ausencia de un compromiso real con las generaciones venideras. En el comedor escolar, todavía podemos ver el letrero que alguna vez les dio la bienvenida a miles de niños. Hoy está cubierto de graffiti y parece una ironía cruel. La pintura sobre las paredes es casi un grito de protesta y desesperación, pero también de aceptación. Es como si los que alguna vez lo habitaron, ya le hubieran dado su adiós resignado.

Al caminar por el plantel, es imposible no sentir la presencia de los niños que una vez jugaron en la cancha de baloncesto. Ese espacio lleno ahora de vegetación, una cancha olvidada por el tiempo y la desidia, es recordatorio de lo que se ha perdido en infraestructuras y sueños. Los niños que alguna vez corrieron por esa cancha, hoy enfrentan un país que sigue dejando atrás a sus jóvenes, que parece no querer apostar a su futuro.

Dentro de los salones de clase, aun resuena el eco de aquellos que alguna vez estudiaron en esos bancos. En las paredes, se han mantenido algunos mensajes, huellas de una memoria colectiva que se resiste a ser borrada. En los restos de pizarras, todavía se pueden leer palabras como Escuela Emilia Castillo Abreu volverá más fuerte que nunca. Escritas por estudiantes que quizás no entendían la magnitud de su propia desesperación, estas palabras se nos presentan como la declaración de una promesa rota, de una esperanza ya sin fundamento. En otras pizarras, en cambio, se puede leer algo más sombrío: “No sé”. Esa incertidumbre, esa falta de visión, es índice y reflejo de la crisis que atraviesa no solo esta escuela, sino toda una nación.

Pero lo más impactante son los rastros dejados en el suelo de la escuela: las tareas de inglés, las asignaciones de geografía y los ejercicios de matemáticas que buscaban enseñar a los niños a presupuestar. Esos papeles dispersos, con nombres como el de Juan Vélez, nos hablan de una dedicación a la enseñanza y al estudio ya desaparecida. Nos recuerdan que hubo personas allí que, a pesar de las condiciones adversas, en medio de la oscuridad, la pobreza y la indiferencia, intentaban mantener viva la esperanza.

El fracaso de ese esfuerzo se ve materializada en la ruina. Cada rincón de la escuela es un recordatorio de una traición: la sufrida por los jóvenes a manos de un sistema que nunca les ofreció lo que necesitaban. En lugar de ser un espacio donde los niños pudieran soñar, donde pudieran imaginar un futuro mejor, se convirtió en un lugar de desolación, de pérdida, de olvido—cual si la educación en Puerto Rico, lejos de ser un puente hacia un futuro prometedor, se hubiera convertido en camino de desilusión.

El abandono de espacios como la Escuela Emilia Castillo Abreu es una manifestación crasa de la crisis económica y social que enfrenta Puerto Rico. Es imposible separar el estado de nuestras escuelas del estado de nuestra economía, de las decisiones políticas que se toman, de la falta de inversión en el sector público. Si nuestros jóvenes no tienen acceso a una educación de calidad, si carecen de los recursos y las herramientas necesarias para salir adelante, ¿qué les estamos ofreciendo entonces? ¿Acaso no estamos condenándolos a vivir en un país donde el futuro ya está decidido por la desigualdad y el olvido?

Finalmente, esta serie de fotos es un llamado de atención. Es un recordatorio de que el abandono de nuestras escuelas es el abandono de nuestras futuras generaciones. Es un grito de auxilio antes de que sea demasiado tarde. Sin una educación digna, sin un compromiso real con el futuro de los jóvenes, estamos condenados a seguir girando en círculos, atrapados en las ruinas de lo que pudo haber sido y nunca fue.

La Escuela Emilia Castillo Abreu ya no está en pie, pero su historia, aunque se desvanezca lentamente en la memoria de los que la conocieron, sigue viva en cada rincón de Puerto Rico. Y tal vez, solo tal vez, si escuchamos su silencio, la voz de sus ruinas, aún podamos salvar algo de lo que hemos perdido.

 

*John Rivera-Pico comenzó sus estudios en el Conservatorio de Música de Puerto Rico y posteriormente obtuvo su maestría en King’s College London y su doctorado en University of Birmingham. Como intérprete se ha dedicado principalmente a la música contemporánea, comisionando y estrenando numerosas obras de compositores puertorriqueños. En 2015 grabó su álbum debut Fronteras, dedicado a la obra de compositores puertorriqueños y cubanos. Como compositor ha escrito obras para conjuntos de cámara, orquesta e instrumentos solistas, obteniendo premios internacionales como el Adams Prize in Music (2019) y el Budapest Prize (2022), además de colaborar con artistas como Eduardo Lalo y Edna Román.

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