Del danzar como don:
Las Memorias de Alma Concepción
Malena Rodríguez-Castro*
Lorenzo Homar, Alma Concepción – bailando. Teatro Tapia,1960.
“Suite de Juventud“- Ballets de San Juan. Tercer Festival de Teatro Puertorriqueño
Con Alma Concepción he tenido el privilegio de haber compartido las últimas cinco décadas en diferentes facetas Primero, como espectadora fascinada de las puestas del Taller de Histriones; luego como estudiante en su Escuela de Baile en la calle Humacao en el local frente a CEREP (lo que propiciaba cruzar de un universo a otro), más tarde en la Universidad de Princeton, cuando hacía mis estudios doctorales bajo la mentoría de Arcadio Díaz Quiñones, y después en la Universidad del Turabo, cuando hizo el primer Taller de Gente y Cuentos en la Isla. Pero en los últimos años, ese compartir se ha dado, más particularmente, en múltiples encuentros y espacios , entre ellos su casa de la calle Hamilton en Princeton, en donde la conversación ha sido siempre el cuento de no acabar, sellando una amistad y una pasión compartida por las artes, la justicia y la maternidad.
En este texto no pretendo resumir su libro, Memorias, danza, cuerpo, voces, prefiriendo, por el contrario, ofrecer varios prismas de lectura. Está de ustedes leerlo, junto al igualmente imprescindible tomo de ensayos críticos y testimonios reunidos en Habitar lo imposible. Danza y experimentación en Puerto Rico, editado por Susan Homar y nibia pastrana santiago (y reseñado por Ricardo Cobián en este número de la revista). En primer lugar mi discusión aquí se centrará en una imagen truquera: la ilusión de lo menudo—incorporando aquí la definición de “lo menudo” que me ha sugerido Ivette Hernández-Torres: lo menudo como aquello que es “exacto, que examina y reconoce las cosas con gran cuidado y menudencia.” En segundo lugar, tornaré mi atención a los procesos de la memoria —tomando como clave los que Alma nos comparte en su libro— para ir reconstruyendo, sucintamente, la trayectoria de una vida singular que es, a su vez, la de una disciplina —la danza— así como la de su pueblo, aquí y en la diáspora. Tercero, enlazaré todo lo anterior a sus reflexiones y gestiones puntuales en torno a la posibilidad de comunidad como sustrato esencial para la construcción de otro país posible en el cual el arte, a la par que la ética, y la política (en tanto actos de poner el cuerpo, y junto a sus intensidades y a la expresividad de la palabra) se transforman en voluntad y ejercicio liberador. En el cierre responderé a varias preguntas: ¿Qué relevancia tiene Memoria, qué zonas del saber y la imaginación ilumina, cómo trasciende el presente de su enunciación, el pasado convocado y el deseo de futuro? ¿Cómo nos afecta? Y por afecto no me refiero solo a las emociones y a lo sensorial, sino al contagio de fuerzas e intensidades sin nombres o racionales que nos atraviesan en un momento dado activándonos como sujetos o colectivos —como sucedió en el Verano del ‘19 o en las recientes jornadas electorales.
Atención, atención. Lo menudo es una invención
Comienzo con una petición. Traigamos al pensamiento la imagen de Alma. Capturemos su figura como un ícono, una foto enmarcada ¿Qué se ofrece al ojo? Una mujer menuda. No hay duda: corta estatura, figura esbelta, voz tenue, dulce mirada y movimientos gráciles remedando una muñeca de porcelana con piel caramelizada. Veamos ahora la portada de su libro breve, bellamente diseñado y ordenado, impecablemente editado. Ambos, foto y libro, son cónsonos a la creencia común de la danza y de sus bailarines como la expresión más estilizada de las artes, de su temperamento inofensivo.
Ahora consideremos la imagen de cubierta de Lorenzo Homar, el retrato Suite de juventud de 1960. En él una joven y diminuta danzante se coloca en el centro de la escena con los artefactos —moño, vestimenta, zapatillas— y posición dignos del oficio. Ese cuerpo correcto se extiende en extremidades, manos y pies en torsión y distorsión. Extraviadas de un centro se contrae y distiende en varias direcciones, se contra(dic)e en trazos que sugieren un movimiento constante, una vorágine de movimientos, diría, con un trasfondo de dibujos en distintas perspectivas que van de lo abstracto a lo figurativo.
Portada del libro de Alma Concepción, Memorias, danza, cuerpo, voces.
Cabo Rojo: Editora Educación Emergente 2024
Este cuerpo incita el devenir, para usar el término que Deleuze acuña y que Teresa Peña rescata como “el proceso en que acontecemos en el mundo y nos transformamos de formas múltiples y desterritorializadas” (123). Y, en efecto, tal es la trayectoria de Alma, iniciada en el ballet clásico y español, bailarina y maestra en Ballets de San Juan y, posteriormente, deslumbrada por la experimentación interdisciplinaria y la pantomina que descubre con Gilda Navarra, y la caribeñización de la tradición con Alicia Alonso y el Conjunto Nacional de Arte Moderno, una compañía afrocaribeña, tras su visita a La Habana en 1978. ¡Menuda! No Way!
Alma Concepción en Atibón-Ogú-Erzulí. Taller de Histriones, 1979.
Foto: Archivo de la artista.
En ese devenir transformador ampliará los horizontes de la danza, cuestionando y desmantelando una gramática tan codificada como la del ballet en la cual el entrenamiento supone una repetición infinita de giros, posicionamientos y desplazamientos.
En las últimas décadas, e influida por su mentora, la pedagoga Sarah Hirshman, Alma, con su Taller Gente y Cuentos, alternará el movimiento corporal de la danza (una disciplina donde la palabra tiende a ser escasa y menor frente a la escenografía y la música) con el rol de la cuentera, del relato leído en alta voz, que es una de las formas más antiguas de legado y cohesión de una comunidad. En Nueva York, New Jersey, Filadelfia y Puerto Rico, asumirá dicho riesgo como lectora de autores reconocibles y facilitadora de la creación de relatos a oyentes, en su mayoría inmigrantes o descendientes de hispanos (Alma preserva este término), cuyas condiciones precarias los han privado de una exposición a la literatura y otras artes. La escucha y los comentarios intercambiados activan en ellos asociaciones que van del recuerdo al presente, de la angustia a la celebración, de la comprensión de la depredación, al activismo en los espacios que habitan, sea una comunidad o una cárcel.
Diferente y diminuto. Taller de Danza, Trenton, New Jersey.
Foto: Arcadio Díaz-Quiñones
En fin, repito, ¡menuda Alma, no cesa de girar y de apuntar a la vez, como en el retrato de Homar! Con la publicación de Memoria la joven danzante y adulta cuentera desmiente pensar lo menudo como pequeñez. Como en las buenas fotografías, desborda el lienzo con el don generoso de su experiencia. La escritura de una de sus vidas (quedan otras por contar), transmuta en la vida de muchos.
Y… plié. La memoria agazapada
La memoria es también una ilusión fáctica. Invoca recuerdos alterados en su travesía por el tiempo, los espacios y las subjetividades. Se acomoda en su contacto con otras memorias y con los avatares de sus contextos. La memoriosa, a su vez, arma estos recuerdos desde un presente y un lugar. En este caso, se recuerda desde el aislamiento que supuso la pandemia, en una casa de migrantes boricuas habitada por libros, carteles, fotos, cuadros y objetos. Desde ahí Alma puntea su escritura: “En mi memoria tengo presentes las personas, los lugares y algunos momentos históricos que deseo evocar. Durante mi larga carrera, he sido testigo de una parte de la historia de la danza puertorriqueña” (22).
Su relato de vida comienza en el corte de una escena: una niña de seis años con coleta azabache a quien su tía abuela llevaba a clases de baile en aquel Santurce de los cincuenta “tan poblado de vida donde me crié, tan cerca del mar, en un mundo anterior a la transformación que supuso la Avenida Baldorioty de Castro” y en el cual, “cuando tocábamos las castañuelas, con las ventanas bien abiertas, toda la Avenida Ponce de León nos escuchaba” (23). En la hiperbolización está el detalle: toda. En los cincuenta, y en el marco de la posguerra, Santurce apenas evolucionaba de barrio extramuro residencial de familias de clase media, cuyas hijas tomaban clases de ballet, canto y piano, a ser centro moderno y bullicioso de comercio e instituciones, una vitrina de los avances adjudicados a los proyectos populistas y desarrollistas y a las políticas culturales prometidas a los nuevos ciudadanos en la Constitución de 1952. Hoy, el ritmo sonoro de las castañuelas se asordinaría con el estruendo de bocinas, voceríos y emisiones de las nuevas tecnologías y en calles paralelas a las cuales fueron llegando sectores populares e inmigrantes dominicanos y de otras islas del archipiélago antillano atraídos por los cantos de sirena. Pero, para Alma, absorta en sus memorias parece “como si fuera ayer, el presente y el pasado entrecruzados” (22).
Alma Concepción como Erzulí en Atibón-Ogú-Erzulí. Taller de Histriones, 1979.
Archivo de Alma Concepción, Princeton University Library
A esa secuencia le sigue su encuentro con Ana García y Gilda Navarra y la fundación de Ballets de San Juan en 1954, en los cuales fungió de bailarina, maestra y coreógrafa, y de los que se distanciaría en 1977. Estos son años durante los cuales las escuelas de danza se toparon con obstáculos que aun persisten, como señala nibia pastrana santiago, reiterando que antes y hoy las escuelas y proyectos de danza han batallado con la precariedad, la falta de infraestructura y las carencias de comisiones (87). Pero no es hasta su incorporación al Taller de Histriones, dirigido por Gilda Navarra, que se produjo un giro que fue radicalizando el tintineo de las castañuelas. El Taller, como otros que proliferaron en las décadas del sesenta y el setenta, fueron espacios de trabajo colectivo, de experimentación creativa y de búsqueda de la gestualidad como modo de singularizar la expresividad corporal.
También será crucial para el establecimiento de la Escuela de Ballet de Alma Concepción en el contexto de un Río Piedras vivo, universitario y pleno de comercios, de ofertas culturales y políticas: “Era una ciudad de vibrante sonoridad, llena de música que venía de la radio y, en aquella época, de los cassettes y los discos de vinilo”( 37). Era una ciudad a la escucha de su tiempo: de Vietnam, de las dictaduras militares del Cono Sur, de los debates de raza, género y clase, de los crímenes del Cerro Maravilla, de Adolfina Villanueva, de Antonia Martínez pero, también, de una contracultura que se escenificaba en la calle y que oscilaba entre el rock y la nueva canción latinoamericana, de marchas y enfrentamientos, de otras sirenas utópicas que sustituían a las de una modernidad agotada. Del Río Piedras de los cafés, las librerías y las veladas, en los años ochenta Alma y su familia se trasladan por sobre el mar a New Jersey y, a renglón seguido, a un tránsito entre la burbuja académica de Princeton y la capital pobre y de inmigrantes que es Trenton, donde funda un taller comunitario de danza para niños y jóvenes. Allí todo ameritó repensarse: el espacio, el currículo, la práctica creativa misma. Fue un espacio colaborativo, un espacio seguro, en el cual el bilingüismo y los variados legados de los países de origen de una diversa camada de pupilos eran bienvenidos.
Logo de la Escuela de Baile de Alma Concepción en Río Piedras.
Diseño de Lorenzo Homar. Cortesía de de la artista
Y allí en Trenton también urdió una nueva red de relaciones y vínculos a la que se fueron incorporando paulatinamente los padres de sus estudiantes en todos sus aspectos: comida, materiales, administración, mientras los alumnos mayores alternaban sus tareas iniciándose como maestros.…
La lengua es también una danza
Fue en Trenton, precisamente, que Alma inaugura su proyecto democratizador Gente y cuentos, y al cual denomina como “un programa de lectura colectiva que despierta la imaginación de las personas a través de palabras que les remontan a sus experiencias de vida” conectándolos con “su humanidad y con su profunda sabiduría” (102). Leyéndola no puedo dejar de pensar en la propuesta de Jacques Ranciére en El maestro ignorante, se trata de un salirse del lugar asignado por la partición de funciones para asumir y propiciar una igualdad inicial de condiciones que inciten los saberes y las destrezas de cada cual.
Alma Concepción, “La bella y la bestia”.
Artículo publicado originalmente en Claridad (1985)
Comento, por último, un ensayo que parece desviarse de los hilos de la memoria que Alma costurea. Pero es todo lo contrario, el mismo adensa y dota de gravidez a lo anterior confirmando la ficción de lo menudo como lo menor. Se trata de “La bella y la bestia. Mujer, ideología y enfermedad”. Según Alma, el 15% de los bailarines, en su mayoría mujeres, sufren de bulimia y anorexia, trastornos alimentarios vinculados tanto a factores biológicos como a estados emocionales tradicionalmente atribuidos a la fragilidad y dependencia asociadas a lo femenino. A igual que lo hizo con la gramática preestablecida del ballet, aquí nuevamente Alma desmantela tal premisa destacando ideologías sociales y culturales que van desde la familia al mercado. La delgadez extrema de los cuerpos se presenta convecionalmente como garante de éxito social y de abono a un estrellato fundado en la competencia del uno que se separa de los otros. Afirma Alma: “La bella y etérea sílfide ha descorrido un velo que ocultaba una imagen espantosa, al mostrarnos, al igual que los desposeídos de la Tierra de Fanon, un saco de huesos”(80-81).
Entonces, ¿por qué leer este libro aquí y ahora? ¿A que nos mueve, nos contagia, la historia de una vida particular y los varios tiempos de sus experiencias en la era de Donald Trump y Elon Musk, de Jenniffer González y Thomas Rivera Schatz? Alma insiste, una y otra vez, en la potencia liberadora del arte, en su vinculación a los contextos conflictivos que lo atraviesan, desde lo social hasta la disciplina misma, de su necesaria apropiación como espacio de imaginación e intervención ética y política a fin de hacer comunidad como bien común y fuerza viva de nuestra humanidad.
Alma Concepción
Foto: Jennifer Cabral
Coda
No obstante, no podemos irnos sin rescatar la belleza y pertinencia de lo menudo, el potencial de sobrevivencia que el arte nos dona en las crisis y devastaciones que han surcado de un siglo a otro, al igual que Alma. Memoria es un testimonio de ello. Por esta razón, quisiera terminar con un breve poema de Nora Dávila, de su libro caja de poemas, recién publicado. En este texto vaciar la casa de la madre es un reencuentro y un acto de la imaginación a partir del encuentro con objetos y memorias de tiempos pasados. Con ellos y en ellos se da una transformación que deviene arte liberador. Se los invita a danzar, al igual que los recuerdos de Alma en el tintineo de unas castañuelas que resonaban por todo Santurce, en la algarabía de un Río Piedras ruidoso, en los cantos de las protestas y contracultura en Madrid y Seattle, en los tonos y acentos dispares del spanglish diaspórico y en el silencio memorioso del estudio en el cual la saltarina Alma/ánima/movimiento escribe su propia caja de memorias.
los sueños se atesoran
en un joyero heredado
donde a su antojo bailan
las efímeras gordas
los cojos
las sordas
los perfectos
ágiles bailarines varones
también bailan
tú te unes al baile
no te quedes mirando
bailan también
rubicundas
señoras con su escoba
ya fallecidas parejas de baile
recuperan el amor
olvidan su viudez en un cerrar de ojos
danzan en puntas
niñas negras con su falda de tul
asiáticos con zapatillas de seda
libreros bibliotecarias
clásicas
bailarinas de leotardo rosado
los que ignoran quiénes son
quienes saben y lo callan
bailen bailen bailen
como bailan en mi muñeca
las pulseras de mi madre
Gracias, Alma.
*Nota: Este texto está basado en la presentación del libro Memorias, danza, cuerpo, voces de Alma Concepción leída en el Taller Libertá de Mayagüez el 12 de noviembre del 2024. La autora agradece a Beatriz Llenín y a Lissette Rolón Collazo de la Editora Educación Emergente la invitación, a nibia pastrana como compañera de mesa y, sobre todo, a Alma Concepción por haber habilitado el diálogo en torno a su libro.
Referencias bibliográficas
Concepción, Alma. Memorias, danza, cuerpo, voces. Cabo Rojo: Editora Educación Emergente, 2024.
Dávila, Nora. Caja de poemas. San Juan, Editorial Folium, 2024.
Homar, Susan y nibia pastrana santiago, editoras. Habitar lo imposible, Danza y experimentación en Puerto Rico. San Juan: Editorial Beta-Local, 2022.
pastrana santiago, nibia. “Contra la borradura, a favor de la rareza y recuerda: esta coreografía no es un mito caribeño y otrex vinieron antes”. Habitar lo imposible. Danza y experimentación en Puerto Rico. Editoras Susan Homar y nibia pastrana santiago. San Juan: Editorial Beta-Local, 2022; pp.82-105.
Peña, Teresa. “El devenir en la mirada. Quebrando fronteras a través de la poesía, el testimonio, la danza”. En Habitar lo imposible, Danza y experimentación en Puerto Rico. Editoras Susan Homar y nibia pastrana santiago. San Juan: Editorial Beta-Local, 2022; pp. 122-131.
*Malena Rodríguez-Castro es catedrática jubilada del Departamento de Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Es autora de múltiples estudios sobre cultura puertorriqueña, entre los más recientes Poéticas de la Devastación (Editora Educación Emergente, 2024).
