Destellos del progreso. Puerto Rico y las ruinas del desarrollismo
por el Consejo Editorial de Categoría Cinco
Las ruinas modernas son espejos del desarrollismo.
Son la cara oscura de lo que llamamos progreso. La
huella de la modernidad las envuelve de promesas.
Ricardo Cobián [1]
Pudiéramos distinguir dos temporalidades al hablar de ruinas. La primera es aquella que las “produce”, o, más bien, que lleva a que estructuras físicas se deterioren y devengan ruinas. Es un proceso material. Ese deterioro bien puede ser resultado de la acción humana –de la desidia y la violencia– o bien de una ausencia humana, sea de habitantes en las estructuras, sea de mantenimiento, por abandono o impotencia. Georg Simmel afirmaba, desde una perspectiva en la que contraponía naturaleza y cultura, que, si la arquitectura es el único arte en el que existe un equilibro entre el espíritu (que aspira hacia arriba) y la naturaleza (que tira hacia abajo), la ruina representa la naturaleza “recobrando su señorío” sobre aquel balance previo: “Son las ruinas un lugar de vida, de donde la vida se ha retirado” [2]. Desde esta óptica, el proceso material de devenir ruinas requiere, pues, un alejamiento de la vida.
Ruinas de La Habana.
Foto: Shutterstock
Pero hay otra temporalidad, que rebasa el mundo material del devenir ruina, y que se relaciona con nuestra mirada hacia las ruinas. Mejor dicho, esta temporalidad es la que explica el porqué, en ciertas épocas, las ruinas, o ciertas ruinas, se convierten en objetos de interés. No para una mirada individual, sino para todo un conjunto social. Con Palés, podríamos preguntarnos: “¿Por qué ahora la palabra Kalaharí?” e indagar “¿Por qué, ahora, la mirada hacia Aguirre?”, en una convocatoria de palabra e imagen.
Quizás tuvo algo de razón Derek Walcott en su momento, cuando, en su Conferencia Nobel del 1992, afirmó que “The sigh of History rises over ruins, not over landscapes, and in the Antilles there are few ruins to sigh over” [3]. Poco después, sin embargo, la mirada vino a posarse sobre La Habana y sus ruinas. El colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el derrumbe del Consejo de Ayuda Mutua (COMECON), el aislamiento de Cuba ante el mercado mundial y el deterioro económico y social del llamado Periodo Especial en Tiempos de Paz creó un intenso interés hacia una ciudad que parecía, como conjunto, devenirse en ruinas, a un ritmo acelerado difícilmente comparable con una situación que no fuese el de una guerra [4]. A Cuba, siguiendo la frase de Walcott, y de manera dolorosa, le llegó el suspiro de la Historia.
Distintas pasiones, distintas esperanzas caídas, se fijaban sobre ella. ¿Qué vida alejada se buscaba rememorar a través de la mirada hacia la ruina? ¿La de una Cuba previa al comunismo? ¿La de un pueblo detenido en el tiempo, que preservaba una época pasada idealizada? ¿La de una vida social postcapitalista que sobrevivía bajo las penurias materiales? En todos estos casos, se mantenía insistente un aspecto de la conceptualización de Simmel sobre las ruinas: si interesa el espacio del que se ha alejado la vida, es por cierto impulso al regreso. La mirada hacia la ruina se sigue explicando a partir de la nostalgia. El reto ante esto es, por supuesto, y para pensarlo con Svetana Boym, si esa nostalgia habrá de tener un carácter de “restauración” (la búsqueda, la imposible vuelta a la “verdad” del hogar perdido) o, por el contrario, habrá de ser “reflexiva” (dada a reconocer las ambivalencias de lo que fue y de lo que pudo ser, de la memoria y del ansia ante los caminos truncados). [5]
Si desde sus comienzos el proyecto del Estado Libre Asociado vino a proyectarse ante el mundo como el modelo a seguir para toda América Latina y, poco después, como la contraparte democrática y capitalista a la Revolución Cubana –como la vitrina del progreso, de un mundo siempre prístino y nuevo en marcha alegre hacia un tiempo que es solo futuro– la mirada concentrada en La Habana para la década del 1990 vino a ocultar los procesos de enrruinamiento que, lentamente, se fueron dando en Puerto Rico. Sin embargo, la crisis de la deuda, los terremotos, los huracanes Irma y María, finalmente, vinieron a despojar a nuestra isla del disfraz verde que por años cubría sus harapos.
Alicia Díaz y Patricia Herrera en la Central Aguirre
Foto: Coralís Cruz González
Entre la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS, cerró la Central Aguirre. Walcott pronunciaba sus palabras a 10 años del cierre de la Commonwealth Oil Refining Company, “la CORCO”—y hasta en esto los marcos temporales son engañosos: el deterioro de la petroquímica precedió a la de la central azucarera. El pasado sobrevivió al futuro proyectado. Sin embargo, la era de los megaproyectos, de las privatizaciones, bajo el lema “que el mercado decida”, distraía la mirada. Por largo tiempo, hay que decirlo, solo las comunidades afectadas lentavaban la voz de alarma ante lo que permanecía: estructuras en deterioro, recursos naturales contaminados, comunidades desplazadas.
El proceso de historizar la mirada sobre las ruinas en Puerto Rico está por hacerse, pero parecería ser que la paulatina acumulación de crisis, catapultadas desde el 2006 por el efecto de la eliminación de la Sección 936, poco a poco volvió insoslayable, espectacularizó, por así decirlo, ese campo de visión ruinoso, habilitando el que se lo convirtiera en tema artístico y materia prima para la creación. Hoy por hoy, las ruinas en Puerto Rico vienen a representar el fracaso de un proyecto, de un modelo particular industrial y colonial, sobre el que todavía no se ha erigido un sustituto, pero en donde a la par pugnan por imaginarse mundos nuevos. De esto da cuenta este número especial de Categoría Cinco dedicado, justamente, al trabajo de y con las ruinas.
El presente número, con el que marcamos la décima entrega de la revista y su quinto año de existencia, posa múltiples miradas sobre las ruinas en Puerto Rico. Las contribuciones que lo integran conforman, a nuestro ver, dos apuestas distintas, aunque interrelacionadas. La primera postula “la arqueología como modo posible de producción estética”, en la que desde las ruinas se crea, se rememora, o, sencillamente, se perciben los trazos de lo que fue y sigue siendo, los ocultamientos y mistificaciones del poder y el olvido [6]. Es esto lo que se manifiesta en la sección ruinas/ruin, compuesta por el magnífico video-performático y las reflexiones de un grupo de artistas integrado por Alicia Díaz, Patricia Herrera, Eduardo Lalo, John Rivera-Pico, Edna Román, Hery Colón Zayas, José Luis “Chema” Baerga y Coralís Cruz González; y en los estupendos foto-ensayos de Eduardo Lalo y John Rivera Pico, que hemos agrupado bajo la rúbrica “Ruinas de la Sagrada Familia Puertorriqueña”, y en los que se destaca el deterioro de tres estructuras fundamentales del mito de la modernidad puertorriqueña: la familia, la casa y la escuela, reveladas ahora, por virtud de la imagen, como basureros carcelarios.
La segunda de estas apuestas pone su acento en los lazos colectivos y comunitarios, aquellos que se entretejen muchas veces a pesar de las ruinas. En estos textos, el tono personal aflora, sea desde la reflexión histórica o la crónica. Estas contribuciones forman parte de las secciones “Vigilia de las ruinas” y “Diaspóricas, o del beber de otras ruinas”, y cuentan con magníficas colaboraciones de Ruth, “Tata”, Santiago, Beatriz Llenín Figueroa, Sofía Cardona, Dennis Alicea y Francisco Font Acevedo. En estos textos se insiste en que vidas sociales y artes continúan siendo, en nuestro país, actos de resistencia, prácticas desde las que quizás, por fin, tal vez pueda establecerse una genuina reciprocidad ética, para decirlo con las palabras de Simmel, entre la naturaleza y el espíritu.
Notas:
[1] Ricardo Cobián Figeroux, “Habitar las ruinas”, 80grados.net (24 de enero de 2020). https://www.80grados.net/habitar-las-ruinas/
[2] Simmel, Georg. “Las ruinas”. Revista de Occidente 76 (septiembre 1987): 108-117.
[3] Derek Walcott, “The Antilles: Fragments of Epic Memory”. The Nobel Prize. https://www.nobelprize.org/prizes/literature/1992/walcott/lecture/
[4] Valdría la pena recordar que, en 1993, la artista cubana Tania Bruguera creó un proyecto independiente y un periódico justamente llamados “Memoria de la Posguerra”. El mismo estaba dirigido a reflexionar sobre la catastrófica crisis económica e ideológica de Cuba tras la caída del bloque socialista, sobre “las ruinas físicas y mentales de la “guerra” (ideológica/económica)” del país. Ver: https://taniabruguera.com/memoria-de-la-postguerra-i/
[5] Svetana Boym, The Future of Nostalgia. NY: Basic Books, 2002.
[6] Ver Agnes Lugo-Ortiz, “El arte del rastro”. Catálogo de la exhibición Rastros, de Eduardo Lalo, Edna Román y John Rivera Pico. Puerto Rico: Museo y Centro de Estudios Humanísticos Dra. Josefina Camacho de la Nuez. Universidad Ana G. Méndez/Smithsonian Affiliate, 2024; pp. 11-28.
