Ediciones Huracán: los beginnings
Arcadio Díaz Quiñones
Carmín encontró su vocación en el proyecto editorial. Era un acto de fe, dar vida a libros que ayudaran a pensar críticamente.
Recordar hoy a Carmín Rivera Izcoa me lleva a evocar los comienzos de Ediciones Huracán. A la pasión fundacional de Carmín le debemos el extraordinario legado de una pequeña gran editorial comprometida con nuevos horizontes político-culturales. Huracán promovió una nueva historiografía y nuevas indagaciones sobre la memoria y la literatura. Esa pequeña editorial independiente produjo libros que han dejado una impronta portentosa en la cultura puertorriqueña. Pronto se cumplirán cincuenta años de su fundación. Al re-memorar sus beginnings pienso especialmente en la década de los setenta del siglo XX, y en Río Piedras.
Aún queda mucho por decir sobre cómo se enlazaban textos y contextos en Puerto Rico y sus diásporas en los años de gestación de Huracán. Río Piedras, aunque distaba de ser un espacio homogéneo, era parte de un universo político-cultural. Después de un largo silenciamiento debido a la Ley de la Mordaza, algunas zonas de la ciudad universitaria se iban transformando en escenarios de utopías políticas y renovadas sensibilidades éticas y artísticas. Los diálogos entre cristianos y marxistas fueron tan cruciales como la condena de la crueldad sin límites de la Guerra de Vietnam, el repudio del servicio militar obligatorio y la lucha contra la ocupación de Culebra y Vieques. Las dictaduras latinoamericanas —torturas y desaparecidos— y las madres que tuvieron la audacia de denunciarlas, marcaron profundamente los debates.
En Río Piedras, al igual que en todo el archipiélago y en las comunidades de la diáspora, la utopía tercermundista y la Revolución Cubana estimulaban el cuestionamiento radical del entramado colonial-capitalista fuertemente incrustado en la sociedad. A lo largo de los años setenta, se potenciaban voces nacionalistas, feministas, antirracistas, anarquistas y socialistas que habían sido expresamente excluidas. Como en el movimiento encabezado por los Young Lords, muchas y muchos sentían la urgencia de revalorizar tanta historia borrada.
Antonio Martorell
No más puertorriqueños a Viet Nam!, 1973
Jeannette Blasini
Cartel para la Segunda Conferencia Internacional en Solidaridad
con la Independencia de Puerto Rico, México, 1979
Se fue también generando un campo de debate en torno a la dominación patriarcal. Al mismo tiempo, se buscaba una mejor comprensión de los significados de los conceptos clases sociales, nación y revolución en el Caribe. En Río Piedras, la militancia estudiantil y sindical creaba redes y contactos, y contribuía a radicalizar las investigaciones históricas y las propuestas artísticas. De hecho, uno de los primeros libros publicados por Huracán, en 1977, fue el brillante y riguroso Conflictos de clase y política en Puerto Rico, de Ángel Quintero Rivera, miembro fundador del Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP). Poco después, Huracán publicó también Desafío y solidaridad: historia del movimiento obrero en Puerto Rico, de Gervasio L. García y Quintero Rivera, un clásico indispensable, escrito por dos de los estudiosos que impulsaron la nueva historiografía.
Por supuesto, no todo era pensamiento y militancia. Es necesario recordar que en los años setenta, en Río Piedras —como en todo el país— funcionaba un perverso sistema de espionaje y estigmatización de los movimientos “subversivos”, independentistas y socialistas. Se desplegaban simultáneamente viejas y nuevas formas de represión. Es una historia que tiene capítulos tenebrosos de persecución y asesinatos.
En el contexto de aquellos años, diversos grupos contestatarios —en publicaciones como Claridad y La Escalera— insistían en la necesidad de crear otras memorias y un nuevo mapa conceptual. No solo mediante la palabra escrita. El pensamiento sonoro ocupaba un lugar central. Una polifonía de voces, canciones, y músicas de resistencia resonaba en las calles. Paralelamente, la tradición pictórica y gráfica —incluidas la reinvención del libro y de revistas, y las palabras convertidas en imágenes— se transformaba gracias a la obra de maestros como Homar, Tufiño y Torres Martinó, quienes estaban en momentos creativos muy altos, y a la inventiva de nuevos artistas como Martorell, Myrna Báez, Sambolín, José Rosa, o Consuelo Gotay.
La Escalera, vol. V, núm. 1-2, febrero-marzo 1971
Uno de los lugares más hospitalarios en Río Piedras entonces era la librería La Tertulia, en cuya fundación había participado Carmín. El nombre Tertulia era, a la vez, deseo y necesidad: una utopía contraria al silenciamiento y a la unanimidad. Era un espacio respetuoso de las disidencias, incluidas las ¨herejías” que se daban al interior de las izquierdas. La frecuenté mucho, pues en la década de los setenta yo trabajaba en el recinto universitario y vivía en Santa Rita. Y, en nuestra casa, en la calle Humacao, Alma tenía su Escuela de Baile, y allí se reunía el colectivo del Taller de Histriones, que dirigía Gilda Navarra. Otros beginnings.
Muy cerca de La Tertulia —a la vuelta de la esquina, en la Avenida González— se encontraba la pequeña oficina de Ediciones Huracán, fundada y dirigida por Carmín. Huracán: una palabra rica en historia y mitologías, que expresaba la voluntad de enfrentar miedos, complicidades y silencios. Su fundación respondía a una urgencia parecida a la que inspiró otros actos fundantes contemporáneos: la creación de los Puerto Rican Studies en los Estados Unidos, del Centro de Estudios Puertorriqueños en Nueva York, y del Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (CEREP) en Río Piedras, del cual Marcia Rivera era co-fundadora y directora.
Carmín encontró su vocación en el proyecto editorial. Era un acto de fe, dar vida a libros que ayudaran a pensar críticamente. Junto a su equipo de trabajo, fue haciendo el aprendizaje en la práctica: el arte y la artesanía del libro impreso; la lectura rigurosa de manuscritos; la búsqueda de imprentas; la corrección laboriosa de pruebas; las consultas sobre el diseño de portadas. Carmín no solo prestaba atención a la producción de libros sobre el pasado, también se esforzaba para que tuviesen un futuro. Se mantenía atenta a las nuevas voces poéticas y narrativas, como lo eran entonces Edgardo Rodríguez Juliá o Ángelamaría Dávila. Y a nuevas lecturas que se enfrentaran a los textos canónicos no como algo sagrado, sino abiertos a otras maneras de pensar. Todo tan creativo como fueron los nuevos beginnings de la gran intelectual Nilita Vientós Gastón en la revista Sin Nombre, que empezó en 1970. Sin Nombre abrió sus puertas a la nueva historiografía y sus ensayistas, y a la poesía, a la vez que mantenía una relación cordial pero crítica con la academia.
Sin nombre, vol. VI, núm. 2, octubre-diciembre 1975
Conocí un poco más a Carmín gracias al escritor José Luis González –quien había vuelto a Puerto Rico después de larga y forzada ausencia debida a la inquisición macartista. Formado en Puerto Rico, militante del Partido Comunista desde muy joven, y exiliado en México—José Luis jugó un papel decisivo en la fundación de Huracán. EL primer libro de la editorial, en 1976, fue precisamente la Conversación con José Luis González (en la que tuve el honor de participar). La larga experiencia de José Luis y sus contactos con imprentas y editoriales mexicanas fueron muy fructíferas para Huracán. Él había sido autor y editor en pequeñas editoriales que sostenían a partidos y grupos de izquierda, y era traductor de la serie biográfica de Isaac Deutscher, así como encargado de la revisión de la traducción de Gramsci. Además, José Luis y el artista Martorell crearon para Huracán la colección bilingüe De Orilla a Orilla, verdaderas joyas gráficas, en la que se publicaron textos de Rosario Ferré, Pedro Pietri, y las Loas de Antonio T. Díaz Royo, que fue el punto de partida para la pieza Atibón, Ogú, Erzulí del Taller de Histriones en 1979.
Portadas de los libros de la Colección De orilla a orilla de Ediciones Huracán. De izquierda a derecha: Antonio T. Díaz-Royo, Loas-Loas, edición bilingüe (1978), diseño y grabados de Antonio Martorell; Rosario Ferré, La muñeca menor/The Youngest Doll (1980), diseño y grabados de Antonio Martorell; Pedro Pietri, Perdido en el Museo de Historia Natural/Lost in the Museum of Natural History (1981), diseño y grabados José A. Peláez.
Pienso ahora en momentos muy felices de esas y otras publicaciones de los comienzos. Recuerdo, por ejemplo, las diversas tramas y las alianzas que conviven en las Memorias de Bernardo Vega, editadas por César Andreu Iglesias. Fue un texto inaugural que pronto se hizo canónico en nuestra diáspora, en español y en inglés, gracias a la traducción de Juan Flores. Ese importante libro inspiró el coloquio que organizamos en Princeton en 1979, publicado asimismo por Huracán: Puerto Rico: identidad nacional y clases sociales. (Coloquio de Princeton) en el que participaron Juan Flores, Quintero Rivera, Ricardo Campos, y el propio José Luis. Y tengo muy presente el gran libro de Fernando Picó, Libertad y servidumbre en el Puerto Rico del siglo XIX, que inició la impresionante saga de historias que Picó continuó hasta el final de su vida.
Memorable en aquellos comienzos fue también la edición de la poesía de Julia de Burgos que preparó María Magdalena Solá, y las reediciones de su poesía con grabados de José Antonio Torres Martinó, José Alicea, y José Peláez. Efraín Barradas y Rafael Rodríguez publicaron un importante libro pionero, Herejes y mitificadores: muestra de poesía puertorriqueña en los Estados Unidos. Huracán reconoció especialmente a la poeta Ángelamaría Dávila al publicar una segunda edición de Animal fiero y tierno. Y nunca he olvidado que Huracán acogió inmediatamente la crónica de la huelga estudiantil de 1981, que titulamos Las vallas rotas. Creo que ese rico legado de Huracán continúa hoy, en otros contextos, en nuevas y admirables pequeñas editoriales, como lo son la Editora Educación Emergente, Folium, Callejón, Laberinto, Luscinia.
Los recuerdos persisten. Conservo todavía el ejemplar de Discursos ininterrumpidos I de Walter Benjamin, de 1973, que adquirí en La Tertulia, y que lleva su sello. En Río Piedras, a principios de los años setenta, me maravillaron sus textos, sobre todo las “Tesis de filosofía de la historia”.
Walter Benjamin
Discursos interrumpidos I. Barcelona: Taurus, 1973
y sello de La Tertulia
Entre otras, su tesis sobre la esperanza que se sustenta en la conciencia de que el enemigo, catastróficamente, amenaza con aniquilarlo todo, hasta nuestros muertos. Es decir, el peligro de que no podamos reconocernos ni construir una memoria. Benjamin escribe: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza solo es inherente al historiador que esté penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza”. Pienso que esa esperanza ilumina la rica herencia que deja Carmín Rivera Izcoa.
Loas-Loas de Antonio T. Díaz-Royo
Colección de Orilla a Orilla, Ediciones Huracán, 1978
Diseño y grabados de Antonio Martorell
*Arcadio Díaz-Quiñones es profesor emérito de la Universidad de Princeton. Todas las imágenes en este ensayo son cortesía del autor.
