Historiar la lucha armada puertorriqueña: breves reflexiones en torno a los archivos

Guillermo Morejón Flores*

Filiberto Ojeda Ríos, José Milton Soltero y Juan Mari Brás en conferencia de prensa.
Al fondo, Rafael Cancel Miranda. Archivo Claridad.

Durante los últimos quince años, se ha constatado un interés por la historia de la lucha armada puertorriqueña de la segunda mitad del siglo XX: sus principales organizaciones, hechos, debates y personalidades. Ese interés se refleja en la aparición de testimonios, investigaciones y entrevistas, tanto en formato impreso como digital. Pero tal vez su expresión más elocuente sea la existencia de un público interesado por todo ello.

“Los caminos de la historia colonial son largos y sinuosos”, dijo el historiador Gervasio García en un ensayo sobre los orígenes censurados y autocensurados de nuestra historiografía, allá en el último tercio del siglo XIX [1]. La historiografía sobre la lucha armada de la segunda mitad del siglo XX ha enfrentado desafíos similares, debido en parte a la persistencia del colonialismo (según argumentaré más adelante). En los párrafos que siguen, compartiré algunas reflexiones personales sobre los retos que entraña historiar la lucha armada e identificar archivos para su estudio.

Panorama de la lucha armada puertorriqueña

Si consideramos la lucha armada clandestina puertorriqueña de la segunda mitad del siglo XX en términos globales, es posible identificar dos periodos diferenciados. El primer periodo abarca del 1959 a 1976 y tiene como fuerza principal al Movimiento Pro Independencia (MPI), fundado en 1959 y transformado en el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) en 1971. El MPI-PSP fue una de las principales expresiones de la “nueva lucha de independencia”, versión puertorriqueña de la nueva izquierda o izquierda revolucionaria latinoamericana, y tuvo un brazo armado y clandestino que tomó la identidad de Comandos Armados de Liberación (CAL) entre 1968 y 1972, aunque existió antes y después de este periodo sin adoptar un nombre. Corresponde a este periodo también el Movimiento Independentista Revolucionario en Armas (MIRA), que surgió a raíz de una escisión en el MPI en 1967, y realizó acciones en Puerto Rico y Nueva York entre 1969 y 1970.

“Asamblea MPI proclama derecho a lucha armada” Claridad, 5 de mayo 1968.
Archivo Proyecto Coabey.

“Constituido Partido Socialista”, Claridad, 28 de noviembre 1971.
Archivo Proyecto Coabey.

De forma paralela, surgieron organizaciones clandestinas entre la comunidad puertorriqueña en Estados Unidos. Aparecieron grupos como la Resistencia Puertorriqueña–Griselio (RPG) y el Frente Unido Revolucionario Independentista Armado (FURIA), nutridos por puertorriqueños nacidos o criados en la metrópoli [2]. Estos fueron los antecedentes inmediatos de las prolíficas Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), que emitieron su primer comunicado en octubre de 1974.

Como parte de una crisis interna del PSP en 1976, que incluyó un progresivo distanciamiento de la lucha armada, se produjeron varios desprendimientos. Algunos de estos se vincularon con sectores escindidos anteriormente, como los remanentes del MIRA, ayudando a consolidarlos. Hubo otros esfuerzos organizativos menores, fugaces, o que por distintas razones no llegaron a entrar en acción, como el Movimiento Armado Puertorriqueño Auténtico (MAPA), desarticulado por la Policía en 1964.

Una serie de redadas y golpes represivos en el mismo periodo
contribuyeron a limitar significativamente su capacidad operativa.

El segundo periodo, que abarca desde 1976 hasta 1985, se caracteriza por el surgimiento de un movimiento armado clandestino fragmentado en el archipiélago, en un contexto de intensa represión y debilitamiento progresivo del movimiento obrero, del independentismo y la izquierda organizada. De este modo, entre 1976 y 1978 aparecieron públicamente las Fuerzas Armadas de Resistencia Popular (FARP), los Comandos Revolucionarios del Pueblo (CRP), el Partido Revolucionario de los Trabajadores Puertorriqueños-Ejército Popular Boricua (PRTP-EPB Macheteros) y la Organización de Voluntarios por la Revolución Puertorriqueña (OVRP). Como en el periodo anterior, hubo otros grupos menores y fugaces.

Esta multiplicidad de organizaciones clandestinas, a su vez, fue el resultado de un intrincado proceso de acumulación de fuerzas y fraccionamientos a lo largo de la década de 1970. Las FARP, por ejemplo, trazaban sus orígenes a una escisión del MPI en 1967, al igual que el MIRA. Los Macheteros, por su parte, trazaban los suyos a los remanentes del MIRA y a numerosos cuadros del PSP vinculados al trabajo sindical, salidos del partido tras la crisis de 1976. Las FALN, que aparecieron en 1974, ejercieron cierta influencia al interior del independentismo en este segundo periodo. Esto se debió en parte a sus afinidades con organizaciones públicas como la Liga Socialista Puertorriqueña, dirigida por Juan Antonio Corretjer, y con el Movimiento de Liberación Nacional, una organización mexicana-puertorriqueña fundada en 1977 en Estados Unidos.

No obstante, entre 1980 y 1985, en medio de la crisis económica y del reflujo organizativo, se verificó un proceso de desgaste y divisiones entre las organizaciones clandestinas. Una serie de redadas y golpes represivos en el mismo periodo contribuyeron a limitar significativamente su capacidad operativa. Estas, si bien no desaparecieron ni se disolvieron públicamente, no recuperaron la intensidad ni la consistencia de años anteriores.

Hasta ahí, pues, un panorama general de la lucha armada puertorriqueña de la segunda mitad del siglo XX, librada tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos. Antes de pasar a discutir la historiografía, cabe señalar dos características comunes a ambos periodos de la lucha armada.

Pasquín, Partido Revolucionario de los Trabajadores Puertorriqueños,
Macheteros.
Al Plebiscito Colonial, ¡Machete! Archivo Proyecto Coabey.

En primer lugar, debe decirse que las expresiones principales de la lucha armada fueron inseparables de las luchas de clases en Puerto Rico, cuyos espacios y manifestaciones variaron conforme a los cambios abruptos que sufrió su estructura productiva colonial, junto con otros factores tales como el aumento del asistencialismo, la persistencia de la emigración y la represión. En segundo lugar, está el hecho de que la lucha armada estuvo dirigida por, o estrechamente vinculada a, entidades públicas del independentismo y la izquierda. Esto se ha podido explorar solo en algunos casos como, por ejemplo, el MPI-PSP.

Filiberto Ojeda Ríos, José Milton Soltero y Juan Mari Brás en conferencia de prensa.
Al fondo, Rafael Cancel Miranda. Archivo Claridad.

Los orígenes de una historiografía

Aún no sabía qué iba a investigar para propósitos de mi tesina de bachillerato en historia cuando leí Lustro de gloria (2009), un libro testimonial de Ángel Agosto, exdirigente del PSP y encargado militar de la organización a mediados de la década de 1970. Tal vez más importante aún fue el contexto en que lo leí: el libro cayó en mis manos en el verano de 2010 mientras participaba de la huelga estudiantil de la Universidad de Puerto Rico. Por esos días también se publicó CAL: Una historia clandestina (2010) de la historiadora Lucila Irizarry Cruz. Durante las noches largas de guardia en los portones del Recinto de Río Piedras, devoré aquellos libros y conocí de la existencia de los CAL, del MPI y del PSP, de la lucha armada, las grandes huelgas y movilizaciones de las décadas de 1960 y 1970.

Hasta ese entonces, había asociado aquel periodo con la persecución política y el “carpeteo”. Esto no era erróneo, pero sí incompleto: gracias a aquellas lecturas, llegué a entender que hubo represión precisamente porque hubo organizaciones revolucionarias y proyectos de transformación radical concretos, y que estos fueron lo suficientemente importantes y amenazantes como para que se lanzara contra ellos toda la represión legal e ilegal, abierta y encubierta del Estado colonial y estadounidense y sus grupos paraestatales, o “escuadrones de la muerte”. Recuerdo las discusiones al respecto con otros huelguistas. Para quienes no veníamos de una tradición familiar independentista, conocer esas historias fue sumamente revelador: éramos herederos sin saberlo. Nos preguntábamos qué pasó con todo aquello, y, sobre todo, qué podíamos aprender para las batallas que teníamos de frente (en sentido literal y figurado).

Prisioneras de Guerra. Del boletín Libertad
Archivo Proyecto Coabey.

Mi experiencia no es única ni excepcional. La aparición en tiempos recientes de trabajos de investigación sobre la lucha armada, y más generalmente sobre las luchas políticas y sociales de nuestro pasado reciente, así como la existencia de público para ellas, no puede desligarse del contexto de crisis, movilizaciones y búsqueda de alternativas políticas que hemos experimentado en las últimas dos décadas. En aquellos días de huelga, muchos y muchas nos convencimos de que nuestras aspiraciones desbordaban el ámbito universitario. En mi caso, me pareció que desenterrar y analizar las luchas de clases y la tradición revolucionaria de las décadas de 1960, 1970 y 1980, tal como se hizo entonces con la experiencia del nacionalismo y del movimiento obrero de la primera mitad del siglo, era un ejercicio que debía realizarse. La historia, entre otras cosas, podía ser un arma.

Lo anterior ayuda a entender el surgimiento de una historiografía sobre la lucha armada puertorriqueña en los últimos quince años. Sin embargo, no explica su aparición relativamente tardía en el medio latinoamericano. Como punto de partida para entender esa tardanza, puede señalarse a la persistencia del colonialismo en Puerto Rico [3]. Me explico.

La realidad es que se escribió y se publicó, y bastante. La palabra escrita y circulada en publicaciones fue central. El problema, entendí entonces, era
que el archivo de la lucha armada estaba disperso en pequeñas colecciones personales, y, en menor medida, en archivos institucionales.

En otras partes de América Latina, las primeras obras testimoniales –que, como aquí, sirvieron de estímulo a la investigación– típicamente aparecieron a partir de procesos democratizadores, de amnistías, reforma o abolición de organismos represivos. En Puerto Rico, en cambio, padecemos la misma relación colonial y realidad jurídica de hace medio siglo, acaso más restringida. Siguen presentes las mismas agencias represivas, militares y de inteligencia del pasado. Por cierto, que estas no demuestren hoy el nivel violencia de décadas anteriores se debe a la ausencia de amenazas, reales o percibidas, a la clase dominante colonial y al imperialismo estadounidense. Un repaso a lo que hicieron en nuestra historia reciente nos informa de lo que fueron capaces. Una mirada a lo que hacen en otros países de la región y del mundo nos muestra el nivel de barbarie del que son capaces hoy.

En cualquier caso, la existencia de causas judiciales pendientes por delitos que no han prescrito, y de campañas por la excarcelación de excombatientes del periodo, retrasaron por décadas la discusión sobre la lucha armada y los proyectos revolucionarios que la animaron. De hecho, por mucho tiempo, fueron sectores antindependentistas quienes historiaron –a su manera– nuestras luchas revolucionarias. He ahí otra analogía con el siglo XIX: en cierto modo, la Historia de la insurrección de Lares (1872) del español incondicionalista José Pérez Moris se repitió, esta vez como farsa, en la serie de artículos “20 años de terrorismo en Puerto Rico” (1987) de la autoría del cubano contrarrevolucionario e informante del FBI, Antonio de la Cova, bajo el seudónimo Armando André. Su propósito era idéntico: invocar la represión sobre quienes habían logrado evadirla y desprestigiar las campañas por la amnistía o excarcelación de nuestros prisioneros políticos y de guerra.

A pesar de circunstancias poco propicias, entiendo que dos cosas hicieron posible la aparición de una historiografía sobre la lucha armada. Estas fueron, por un lado, la muerte de algunos dirigentes y participantes directos y, por otro, la liberación de Oscar López Rivera en 2017, que marcó el fin de las campañas por la libertad de nuestros prisioneros políticos y de guerra. Esto facilitó una conversación más abierta y franca sobre la lucha armada y los proyectos revolucionarios que la orientaron. La publicación de más testimonios y trabajos, a su vez, abre nuevas líneas de investigación e impulsa a otros exmilitantes a ofrecer sus historias y perspectivas particulares, a veces en antagonismo con otras.

Seremos el estado 51 de la nación… (1980)
Archivo Proyecto Coabey.

Algunas de las aportaciones recientes a la historiografía de la lucha armada han estado a cargo de Michael González Cruz, Lucila Irizarry Cruz, el historiador argentino (y uno de mis mentores) Alejandro Schneider, Álvaro Rivera Ruiz, Ché Paralitici, Juan Camareno García, Cesamil Irizarry, Azalea Cardona, Gustavo Correa, Jeremy Rivera Torres (y la plataforma digital Archivo Proletario), entre otras y otros que se me podrían escapar.

En el registro testimonial, podrían destacarse Desde la sombra la luz: Paisajes de mi vida (2015) de William Morales Correa, excombatiente de las FALN, y La protesta armada (2024), de la autoría del historiador y excombatiente de los CAL Félix Ojeda Reyes (otro de mis mentores), publicado de manera póstuma. En una serie de conferencias organizadas por el Proyecto Coabey a principios de 2025, excombatientes como Federico Cintrón Fiallo e Ileana Carrión Maldonado testimoniaron sobre su participación en las FARP. Versiones escritas de esos testimonios están disponibles en la página Rumbo Alterno.

Los archivos posibles

Cuando empecé a investigar la lucha armada, estuve por algún tiempo bajo la impresión equivocada de que encontraría muy poco de eso que en historia solemos llamar “fuentes primarias”, y que en este caso quiere decir materiales producidos por las organizaciones clandestinas. Esto me llevó a considerar las posibilidades y beneficios de la historia oral y del testimonio, que trataría de contrastar y complementar luego con la prensa y los expedientes (o “carpetas”) producidas por la Policía, el FBI y las múltiples agencias represivas y de inteligencia estadounidenses que operaron (y operan) en Puerto Rico.

En el transcurso de investigar más y de realizar las pocas entrevistas a excombatientes que pude en aquellos años exploratorios, algunas de las cuales llevaron a estrechas relaciones de amistad, me percaté de cuán equivocado estuve inicialmente respecto a la supuesta escasez de “fuentes primarias”. La realidad es que se escribió y se publicó, y bastante. La palabra escrita y circulada en publicaciones fue central. El problema, entendí entonces, era que el archivo de la lucha armada estaba disperso en pequeñas colecciones personales, y, en menor medida, en archivos institucionales.

Los archivos personales, aunque custodiados celosamente por combatientes y militantes del periodo, no se libran de los avatares de la vida en esta colonia tropical: la pobreza, las mudanzas, los divorcios, la muerte y las herencias, las tormentas y huracanes, la humedad y la polilla. Muchos fueron lanzados al fuego ante la inminencia o la amenaza de allanamientos por las autoridades. Quienes sí pudieron preservar documentos, por su parte, generalmente tuvieron poco o ningún interés en explicar cómo estos llegaron a sus manos, y mucho menos en prestarlos, compartirlos o discutirlos con jóvenes desconocidos y preguntones. No se trataba de consideraciones de seguridad exclusivamente. Los documentos son, también, portales a memorias en ocasiones dolorosas y traumáticas.

El archivo armado desde sus revistas.
Foto de Proyecto Archivo Coabey.

En ese sentido, el camino lento y paciente de la historia oral fue puerta de acceso al archivo documental, o la zapata para su construcción. Ese camino no lo anduve solo, lo recorrí con el historiador Gabriel Díaz Rivera, y el resultado concreto de todo ello fue la creación del Proyecto Coabey en 2020, un archivo digital dedicado a todas las expresiones posibles del espectro heterogéneo que fue la nueva lucha, incluyendo a las organizaciones clandestinas. La construcción de un archivo digital no solo fue conveniente para nosotros y otras personas interesadas en la investigación. Era también una forma de hacer que se complementaran simultáneamente el compartir con (y entrevistar a) exmilitantes con la digitalización in situ de documentos, respetando así el celo de sus custodios.

La lenta construcción de un archivo documental no solo aportó informaciones nuevas y valiosas. En mi caso, me hizo revalorizar las potencialidades –y reconocer los límites– del testimonio. La relativa abundancia (actual) de “fuentes primarias” para estudiar a los grupos clandestinos –y la nueva lucha en general– hace más claro y evidente el abismo que separa el contexto político que gestó aquellas organizaciones y sus proyectos revolucionarios, del momento actual en el que se producen los testimonios. Inevitablemente, esto permea y condiciona la memoria que se construye sobre aquel pasado.

Dicho de otro modo: la mayor disponibilidad de documentos ayuda a situar el testimonio como una fuente más que requiere, como parte de su análisis crítico, de cierto dominio del contexto general y particular del testimoniante, apoyado en el archivo documental. Lejos de minimizar el valor del testimonio, esto permite enfocar en matices y dimensiones difíciles de aprehender en el documento escrito. Esta conclusión, sin embargo, fue el punto de llegada de un camino largo y recovecoso.

Comprendí además que los archivos posibles para estudiar la lucha armada están determinados por el enfoque que se adopte para su estudio. Si se examinan los vínculos de la lucha armada con organizaciones y entidades públicas, por ejemplo, el universo documental se amplía de manera exponencial, multiplicando también los lugares de consulta. Algo similar ocurre si se exploran las ramificaciones internacionales de la lucha armada, un ámbito poco atendido aún.

Para concluir, podría decirse que la historiografía de la lucha armada puertorriqueña está en ciernes, aunque parece instalarse como tendencia, como el estudio de otras expresiones de la nueva lucha y temas relacionados. Por otro lado, y pese a los avances en la construcción de un archivo documental, rescatar y preservar testimonios y archivos personales sigue siendo una tarea central que se convierte, cada día más, en una carrera contra el tiempo.

Copia de la tarjeta postal navideña de los
Comandos Armados de Liberación.
Archivo Proyecto Coabey.

Notas

[1] Gervasio García, Historia bajo sospecha, San Juan, Publicaciones Gaviota, 2015, p. 27.

[2] El “Griselio” en el nombre del grupo armado “Resistencia Puertorriqueña-Griselio” es una referencia a Griselio Torresola, quien cayó en combate el 1 de noviembre de 1950 durante el ataque a la Casa Blair, residencia temporal del presidente Truman en Washington D. C. Esta acción fue parte de las actividades de la insurrección nacionalista que estalló el 30 de octubre de 1950 en Puerto Rico.

[3] Tuve oportunidad de reflexionar extensamente sobre este particular en un ensayo titulado “Lucha armada, represión e historiografía en Puerto Rico”, publicado como introducción a La protesta armada (2024), libro póstumo del excombatiente e historiador Félix Ojeda Reyes. 

 

*Guillermo Morejón Flores es estudiante doctoral de historia en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

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