Homenaje a mi mamá

Yvette Torres Rivera

Carmín Rivera Izcoa en el
Departamento de Planes e Ingeniería de la Corporación
de Renovación Urbana y Vivienda (CRUV)
Foto cortesía de Yvette Torres Rivera

 Mami protestó que no, que no era concebible que ella fuera a una entrevista de trabajo acompañada de su padre y no le permitió ir con ella en la guagua. Pero mi abuelo la siguió y, una vez llegaron ambos al lugar de la entrevista, se repitió la misma discusión, pero mami se mantuvo en sus trece y entró sola a la entrevista.

Hoy estoy aquí para celebrar y honrar la vida de una mujer que tuvo muchas virtudes y uno que otro defecto.

Carmín Rivera Izcoa con su hija Yvette
Foto cortesía de Yvette Torres Rivera

Mami nació en 1928 en las alturas del barrio Anones de Naranjito. Quien no conozca la belleza de ese rincón de la isla, sus vistas, su fresco, su tierra fértil, no comprenderá por qué nacer allí, si no una virtud, es ciertamente un privilegio. Fueron sus padres el maestro de la escuela de Anones y una jovencita a quien su padre había encargado llevarle todos los días el cafecito y el almuerzo al maestro. Ya pueden imaginarse el resto. Lo que quizás no se imaginen es que, en aquellos tiempos en que en las escuelas de Puerto Rico se enseñaba obligatoriamente en inglés, el maestro le escribía cartitas de amor a Titita — así llamaban a mi abuela — también en inglés, esta vez no por obligación, sino para que los futuros suegros no se enteraran de lo que decía en aquellos papelitos.

Titita era, como tantas jóvenes de principios del siglo XX, hacendosa y obediente, pero también lista y brava. Lo mismo mataba un puerco y hacía morcillas que cosía un ajuar de novia. Mi abuelo, Florencio, que sin duda tenía sus virtudes, también era bastante representativo de los varones de su época: era dominante y controlador. Tan controlador era que, recién egresada de la Universidad de Puerto Rico, cuando mami se preparaba para ir a su primera entrevista de trabajo, mi abuelo insistió en que no podía ir sola, que él iba a acompañarla.

Mami protestó que no, que no era concebible que ella fuera a una entrevista de trabajo acompañada de su padre y no le permitió ir con ella en la guagua. Pero mi abuelo la siguió y, una vez llegaron ambos al lugar de la entrevista, se repitió la misma discusión, pero mami se mantuvo en sus trece y entró sola a la entrevista.

 …su valentía abordando tareas y roles hasta entonces considerados propios de varones, en un mundo profesional dominado por hombres; su vocación por el servicio; su generosidad y su solidaridad. Pero es necesario añadir que fueron su tenacidad, perseverancia y dedicación las que hicieron posible dos proyectos culturales importantísimos de la segunda mitad del siglo pasado en Puerto Rico.

Con solo veinte años, mami enseñó álgebra a estudiantes de la Escuela Superior de Bayamón —estudiantes que eran casi de su misma edad— y, por las noches, matemáticas y ciencias en la Escuela Horace Mann de Cataño, donde los alumnos, en su mayoría, eran veteranos, mayores que ella, que aprovechaban la oportunidad que les daba el GI Bill de estudiar.

Luego hizo trabajo de Estadísticas en la antigua Autoridad sobre Hogares, un momento importante en su hoja de vida, porque allí conoció a un guapo ingeniero egresado del Colegio de Mayagüez, con quien se casó y me tuvo a mí. Poco después, ambos obtuvieron becas de la Legislatura para continuar estudios graduados y partieron a la Universidad de Cornell, donde papi estudió ingeniería y mami, Planificación Regional y Urbana, una especialidad en la que todos los alumnos, menos ella, eran varones.

Carmen Rivera Izcoa y familia
Foto cortesía de Yvette Torres Rivera

Carmín Rivera Izcoa en su trabajo para el
Departamento de Planes e Ingeniería de la Corporación
de Renovación Urbana y Vivienda (CRUV)
Foto cortesía de Yvette Torres Rivera

Carmín Rivera Izcoa en su trabajo para el
Departamento de Planes e Ingeniería de la Corporación
de Renovación Urbana y Vivienda (CRUV)
Foto cortesía de Yvette Torres Rivera

A su regreso de Cornell, fue nombrada jefa del Departamento de Planes e Ingeniería de la Corporación de Renovación Urbana y Vivienda (CRUV). Ese departamento estaba poblado de arquitectos e ingenieros, todos varones y, todos, o casi todos, mayores que ella. Con este nombramiento en 1958, se convirtió en la primera mujer en dirigir un departamento de una agencia del Gobierno de Puerto Rico. 

En este relato cronológico, he querido destacar que las primeras décadas de la vida de Carmín fueron el preámbulo a una trayectoria que habría de continuar el resto de su vida: la de asumir roles que retaban la concepción de la época de lo que era apropiado para su edad y género. Y sabemos que retar lo que la sociedad considera “apropiado” supone luchas y amarguras, pero también, formación del carácter.

Carmín Rivera Izcoa en el
Departamento de Planes e Ingeniería de la Corporación
de Renovación Urbana y Vivienda (CRUV)
Foto cortesía de Yvette Torres Rivera

Mami permaneció en la CRUV siete años, hasta que se desencantó con las restricciones absurdas que imponía el gobierno federal al uso de los fondos federales y se frustró con la politiquería y los papelitos por debajo de la mesa. Mami había abanicado a Muñoz en las tribunas cuando ella era jovencita y el calor insoportable; había creído fervientemente en el programa de justicia social que él proclamaba; quería aportar con su capacidad y conocimientos a la “revolución pacífica” … mas ser testigo de cómo esta se desvirtuaba y corrompía provocó su renuncia al trabajo en el Gobierno. 

No obstante, para Carmín, el servicio público seguía siendo su más ardiente vocación. Uso “servicio público” en su acepción de “actividad destinada a satisfacer necesidades de la colectividad”. Y una necesidad de nuestra colectividad, allá para mediados de los sesenta del siglo pasado, era el acceso a libros que trataran los temas candentes de la época —la guerra de Vietnam y la teología de la liberación, por mencionar solo dos. Así surgió la Librería La Tertulia y, diez años más tarde, Ediciones Huracán. 

Ese departamento estaba poblado de arquitectos e ingenieros, todos varones y, todos, o casi todos, mayores que ella. Con este nombramiento en 1958, se convirtió en la primera mujer en dirigir un departamento de una agencia del Gobierno de Puerto Rico. 

Quiero abundar sobre el tema del servicio. Cuando el sacerdote diocesano y magnífico poeta Jesús Tomé fue despedido por el Obispo de Caguas, quien aparentemente consideraba “subversivo” su trabajo pastoral con los jóvenes, Tomé quedó desamparado, pues los sacerdotes diocesanos están a las órdenes de su obispo; no pertenecen a una orden o congregación que les garantice techo y comida. Mami se enteró y le dio refugio y trabajo a Tomé en La Tertulia, que entonces ubicaba en la calle Borinqueña 20, una casa de la urbanización Santa Rita cuyas habitaciones traseras Jesús usó como vivienda. De paso, el hecho de que viviera allí impidió que la librería ardiera, en noviembre de 1969, a consecuencia de las bombas molotov con las que algunos terroristas de derecha intentaron incendiarla el mismo día del infame ataque al Movimiento Pro-Independencia. 

Cuando el sacerdote trinitario Fernando Rodríguez colgó los hábitos, frustrado con la jerarquía de la Iglesia que le impedía desarrollar su trabajo pastoral, mami le dio amparo en Ediciones Huracán, donde le ofreció trabajo a pesar de que la editorial estaba comenzando y no generaba suficiente para pagarle un sueldo. Fernando pasó a ser el Gerente General de Huracán por muchos años, además de amigo leal y colaborador.

Cuando José Luis González fue invitado al Colegio Universitario de Cayey como profesor visitante en 1973 —su primera visita a la isla después de muchos años de exilio— mami lo hospedó todo el año en su casa. Allí llegaron los amigos de José Luis a visitarlo y conversar. En esas tertulias se habló de todo: de literatura, política y hasta de espiritismo; y también de la falta que le hacía al país una buena editorial.

…había abanicado a Muñoz en las tribunas cuando ella era jovencita y el calor insoportable; había creído fervientemente en el programa de justicia social que él proclamaba; quería aportar con su capacidad y conocimientos a la “revolución pacífica”.

Muy cercano a la fundación de Huracán también estuvo Toño Martorell, quien diseñó su emblema y colaboró con el proyecto de muchas formas y con la generosidad que siempre lo ha caracterizado. Quiero aprovechar esta coyuntura para agradecer, además de a Martorell, a otros artistas gráficos que aportaron al proyecto cultural que fue Ediciones Huracán: los diseños de José Peláez, Yolanda Pastrana, Rafael Rivera Rosa, María Antonia Ordóñez, Juan Álvarez O’Neill, Nívea Ortiz y Elías Adasme engalanaron las portadas y las páginas de muchas publicaciones. Lorenzo Homar, Myrna Báez y Rafael Trelles generosamente permitieron que se usaran sus imágenes en los diseños. A todos ellos, nuestro más profundo agradecimiento. No puedo dejar de incluir aquí a otros dos colaboradores indispensables para la producción de los libros de Huracán: los tipógrafos Mary Jo Smith y Bernardo López Acevedo.

Emilio Díaz Valcárcel, José Luis González y Pedro Juan Soto
Foto cortesía de Yvette Torres River
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He abundado en algunas de las virtudes de Carmín: su valentía abordando tareas y roles hasta entonces considerados propios de varones, en un mundo profesional dominado por hombres; su vocación por el servicio; su generosidad y su solidaridad. Pero es necesario añadir que fueron su tenacidad, perseverancia y dedicación las que hicieron posible dos proyectos culturales importantísimos de la segunda mitad del siglo pasado en Puerto Rico: la Librería La Tertulia y Ediciones Huracán.

*Yvette Torres Rivera es la hija de Carmín Rivera Izcoa, traductora y profesora jubilada del Programa de Traducción de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

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