La bomba y su política:
el batey en la Convención Nacional Demócrata del 2024
Jade Power-Sotomayor*
Escuelita Bombera de Corazón preparando su taller para la DNC. Foto cortesía de Ivelisse Díaz.
Mucho más que representar una historia identitaria de Puerto Rico, la bomba señala otras posibilidades de ser y estar, una ética de la relación que insiste en la escucha y
la comunicación. En la bomba se genera una economía del dar y del recibir.
La bomba es un género de percusión, baile y canto en el que cada uno de sus componentes está íntimamente entrañado con el otro, al punto de que la palabra “bomba” —en el contexto puertorriqueño— ha venido a señalar el suceso, el evento, el junte. Nombra cuerpos en un síncope de melodía y ritmo, ubicándose en los espacios entre las manos que le pegan al cuero y las voces que tiran flechas de verdades, narrando horizontes de sueños y anclando memorias colectivas. Aunque hoy en día se reconozca como parte constitutiva de la cultura puertorriqueña, por mucho tiempo la élite del país activamente buscaba ubicar la bomba y sus raíces como algo distanciado de las realidades vivas de un Puerto Rico moderno, justificando su presencia como una importación de otras Antillas (i.e. una negritud foránea y no autóctona) o como algo dejado en un pasado primitivo marcado por la esclavitud. Sin embargo, en el presente, la bomba se asocia con el archipiélago boricua y se ha vuelto herramienta para enfrentar su realidad racial y colonial.
En este ensayo examinaré la capacidad de la bomba para articular posturas críticas frente a las políticas racistas, coloniales y heteropatriarcales del presente y las lógicas que las sustentan. En particular, me enfocaré en una de las plataformas más significativas de la política global: la Convención Nacional Demócrata de 2024. A este evento se invitó a la bombera Chi-Rican Ivelisse Díaz y su grupo Bomberxs De’Cora. Su actuación en ese evento, sin embargo, más allá de visibilizar, según se esperaba, la existencia de personas marginadas por estos sistemas de poder, demostró cómo la ejecución de la bomba actualiza formas de relación que desafían dichas lógicas de dominación y control. Allí la bomba se convirtió en una herramienta no solo para llamar la atención sobre el legado colonial de Puerto Rico, sino también para denunciar la deshumanización vivida por el pueblo palestino.
La política de la bomba
La bomba —surtida de variados y complejos compases, gestos y tonalidades— es producto de una caribeñidad afrodescendiente que ha emergido en el vaivén de la violencia controladora de la esclavitud y la plantocracia, por un lado, y la expresión corporal liberadora que rehúsa ese control, por el otro. La bomba es producto de migraciones y movimientos, tanto de desplazamientos laborales forzados y coaccionados como de aquellos reclamados por el circuito explotador del colonialismo capitalista. Ha sido, a su vez, un modo de gestar otras ideas de “orden”. Estas ideas conforman una suerte de contra modernidad cuya lógica traza diversas relaciones y formas de solidaridad cuyos impulsos libertarios nunca han demandado la voluntad de posesión como principio —ni sobre la tierra ni sobre el ser.
Mucho más que representar una historia identitaria de Puerto Rico, la bomba señala otras posibilidades de ser y estar, una ética de la relación que insiste en la escucha y la comunicación. En la bomba se genera una economía del dar y del recibir. En ella se actualiza, y no simplemente se pide, una política que hace completamente imposible el dominio del uno sobre el otro, ya sea colonial, racista o heteropatriarcal. La bomba, en su fundamento, no es posible sin un espacio de participación igualitaria. El baile improvisado, junto al simultáneo repique de tambor que amplifica el gesto con su sonido, requieren un alineamiento preciso entre bailadores y percusionistas. Esto conlleva claridad en la expresión y generosidad en la interpretación. Como corporeización del ritmo, en el baile de bomba se comparte no solo la responsabilidad de visibilizar el sonido, sino que en ello se formula una autoría musical compartida. El sonido, tanto como la visualidad del baile, se reciben y se replican por el colectivo. Así, este intercambio esquiva las lógicas de la acumulación, de la extracción y del individualismo. Aunque las representaciones de la bomba, por supuesto, también se implementan en circuitos capitalistas, el intercambio en el espacio del batey no requiere la acumulación de capital mercantilizado. Y para que los participantes puedan disfrutar de las riquezas vivas que se dan allí, tienen que entrar en esas lógicas de intercambio.
Sin entregar algo de sí en este intercambio, no hay bomba. En su orden de valores, la bomba fundamentalmente reta las lógicas de dominación del otro que permitieron y justificaron regímenes como el de esclavitud. En ella se ensaya la libertad, no para adueñarse del otro u otra, sino para entregar generosamente el ser propio en una relación de reciprocidad. Además, si pensamos en el baile como algo convencionalmente feminizado y al percusionista como un sujeto históricamente masculinizado, podría argumentarse que en la bomba la creación del sonido, como un fenómeno que responde al baile en lugar de dirigirlo o controlarlo, desestabiliza las mismas jerarquías de género.
Las Barrileras del 8M en el Puente Teodoro Moscoso.
Foto cortesía de José Fuentes.
Dada esta historia y las dinámicas vivas que se dan en la bomba, no sorprende que sus barriles, letras y faldas, sus pisadas, sus acentos enfáticos de hombro y codo y sus trazos angulares dibujados entre cadera y cabeza irrumpan una y otra vez en las protestas. Esto se da no solo como símbolo de una identidad que requiere defenderse, o por su impresionante presencia sonora, sino también como tecnología coreográfica que estructura y enmarca cuerpos en acción y como herramienta para cultivar otras maneras de vivir. La presencia repetida del batey de bomba en protestas muestra cómo la ética y la política del batey ofrece otras posibilidades a las que actualmente parecen determinar nuestro presente y, por lo visto, nuestro futuro.
Aunque desde hace décadas las protestas en Puerto Rico se han hecho a son de plena, la bomba comienza a tener una presencia marcada empezando con las protestas contra la presencia de la marina estadounidense en Vieques, cuando los viernes se tocaba bomba frente la cárcel federal, y a través de los años apareciendo con más frecuencia hasta la huelga sistémica universitaria de 2010 en la Universidad de Puerto Rico.
Hoy en día, activa su tendencia contestataria desde los portones de la UPR en Río Piedras hasta el puente Teodoro Moscoso, lugar en donde se tiró el cuerpo enladrillado de Keishla Rodríguez, asesinada por su famoso novio boxeador en 2021. Resuena en 2020 como acto político contra la interminable exigencia de que las vidas negras importan —a pesar de las múltiples formas en que sus cuerpos y saberes son desvalorizadas—, o en las protestas populares que llevaron a la renuncia de Ricky Rosselló en 2019. También ha aparecido en los bulliciosos takeovers de las playas de los últimos años, como recordatorio de que estas son públicas y, por lo tanto, plenamente abiertas no solo a las aguas del mar sino a los pies del pueblo que bailan en sus arenas, haciendo frente así a una gentrificación que intenta adueñarse tanto de la tierra como del mismo aire y de las olas y sus sonidos.
Minirka Cabán Casanova en el Puente Teodoro Moscoso.
Foto cortesía de José Fuentes.
En la diáspora, en 2014 la bomba ha llegado a protestar en la frontera militarizada entre México y los Estados Unidos en contra de una lógica que le asigna valores diferenciados a las vidas humanas, como si llevaran consigo etiquetas de mercado. Llegó también a las protestas de Occupy Wall Street de 2011. Y, por las intimidades que brotan de cotidianidades y azares, en 2020 fue convertida en vehículo de una canción en honor a George Floyd, “Como Duele”. Floyd había trabajado de bouncer en un nightclub y alguna vez ayudó con la sagrada tarea de cargar los pesados barriles de bomba en un acto de la artista María Isa Pérez-Vega, quien, después de una carrera como rapera y activista, hoy en día es representante en la Cámara de Minnesota.
Ivelisse Díaz bailando bomba en la Plaza Colón de San Juan
la noche de la renunciadel gobernador Ricardo Rosselló,
24 de julio del 2019.Foto de Jade Power-Sotomayor.
Es importante señalar que todo esto ha sucedido durante y a pesar de siglos de vigilancia, criminalización y desprecio por parte del estado, de las élites sociales y de aspirantes a la clase media. Esta práctica contestataria ha sido posible gracias a los enormes esfuerzos y sacrificios de generaciones de practicantes de bomba que, con dignidad, la han protegido y mantenido viva. Muchas veces, este esfuerzo implicó aceptar su ejecución dentro de marcos folcloristas, esencialistas y primitivistas. No obstante, esta folclorización permitió a su vez elevar la bomba a nivel de patrimonio cultural: a una suerte de estado cristalizado, pero, por otro lado, “protegido” de la extinción, lo que les ha permitido a las generaciones actuales reactivarla y resignificarla.
De modo que no siempre la bomba se activa como “protesta”. Muchas veces se usa para subrayar versiones de la puertorriqueñidad que “celebran” la identidad como algo que requiere “preservación”, pero sin señalar las condiciones que amenazan su existencia.
Enmarcada como acto esencialmente identitario, suspendida en un pasado generalizado, pero “incluida” en el presente, esta bomba no es amenazante, como lo fueron, por ejemplo, los bailes de bomba asociados con las rebeliones de personas esclavizadas, según se ha documentado en los archivos del siglo XIX (Baralt, 1981). Aunque hoy en día no todes busquen la bomba por su potencial transformador, existe la posibilidad de que, al activarla, salga su imperativo de organizar a los seres humanos de una manera en la que su dignidad humana y capacidad de interacción y respuesta sea incuestionable.
En ocasiones la bomba ha sido activada con la idea de que servirá algún propósito, pero, al ejecutarla, termina sirviéndole a otro. Eso fue lo que sucedió en la Convención Nacional Demócrata (Democratic National Convention, DNC) del 2024, momento breve de esperanza en el que se pensó que sería posible evitar que llegara al poder un régimen de fascistas y oligarcas cuyo objetivo no es otro que la destrucción del planeta y la democracia.
Políticas de inclusión y exclusión en la Convención Demócrata del 2024
El abrupto cambio de estrategia en el verano del 2024 que suplantó a Joe Biden por Kamala Harris como candidata presidencial del Partido Demócrata causó un torbellino de emociones y expectativas en las personas que esperaban contar ahora con una mejor posibilidad de derrotar a Donald Trump en las elecciones de noviembre del 2024. La Convención Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés), que se llevó a cabo en el mes de agosto, fue la culminación de un discurso político que, más que articular una posición fuerte y clara sobre los muchos asuntos urgentes que enfrentan los Estados Unidos y el mundo entero —e.g. cambio climático, crisis de salud, escasez de viviendas, una serie de guerras crueles etc.—, celebraba una idea imprecisa y vacía sobre la inclusión de las experiencias que encarnaba la candidata misma: una mujer negra y surasiática, hija de inmigrantes y criada fuera del mundo de las élites sociales.
La liberación que pide y que encarna la bomba no es individualista
ni nacionalista. Como nos muestra el batey, para ser libres hay que
calibrarnos a fin de que una vida no se valore más que otra.
Sin embargo, dada la amenaza que representaban Donald Trump y sus seguidores en el movimiento Make America Great Again (MAGA), esta representación simbólica parecía ser suficiente plataforma para el triunfo. Aunque Harris casi no articulara políticas claras sobre cómo protegería a les más vulnerables del país, traer a miembres de estos sectores a la tarima en la DNC señalaba por lo menos la posibilidad de que sus vidas tendrían importancia dentro de la plataforma demócrata. Por eso, la convención nacional en Chicago parecía más una gran celebración, un despliegue de artista tras artista– negres, latines, personas multi-raciales, cuir, no binarias—rapeando, bailando y gozando en la tarima a nombre de Harris y su futuro en la Casa Blanca. La exuberancia de su alegría, la entrega de sus cuerpos y voces –aunque quizás no a un futuro en común, a un presente de comunalidad– daban testimonio del poder comunicativo y convocante de la música y el baile y, sobre todo, de las prácticas afrodescendientes.
Pero una sombra oscurecía toda aquella energía lúdica y festiva: el genocidio en Palestina llevado a cabo por el estado de Israel, y subvencionado y justificado por la administración de Biden y por Harris misma. Fuera del Centro de Convenciones, grandes grupos de palestinos y activistas se congregaban diariamente en busca de visibilidad mediática y para demostrar una agencia política que el Partido Demócrata les había negado rotundamente.
Como parte del festival de gozo multicultural, les organizadores de la DNC habían invitado a la bombera Chi-Rican Ivelisse Díaz y su grupo Bomberxs De’Cora para una presentación que no sería televisada pero que sería llevada a cabo en la tarima en uno de los dos principales centros de convenciones. Se entendía de que era una invitación a que les boricuas presentes en la convención se sintieran representades. Nacida y criada en Chicago, y practicante de la bomba desde niña, Díaz no es solamente inmensamente talentosa como cantante, bailadora, y percusionista; ha sido también una líder y organizadora clave dentro del mundo de la bomba diaspórica. Mostrando una sabiduría inesperada dado su aspecto juvenil, ha pasado la última década y media creando espacios, relaciones y oportunidades e hilando y narrando la importancia de la bomba en la diáspora. Ello ha servido como medio de mantener la bomba conectada con el archipiélago puertorriqueño.
Ivelisse “Bombera de Corazón” Díaz.
Foto cortesía de Ivelisse Díaz
Cuando la invitaron a la DNC, Ivelisse aceptó con gusto, aunque sin ilusión de que Harris tuviera intenciones auténticas de acoger a Puerto Rico y a su gente, más allá de cortejar votos que en algunos distritos quizás harían la diferencia el 6 de noviembre (Díaz 2024). Y aunque no todos en su grupo quisieron aceptar la invitación, Díaz siguió con la intención de llevar la bomba a la DNC. La primera parte de su participación fue dar un taller en uno de los varios espacios de “Blackbox” colocados por la ciudad y diseñados para conectar con públicos generales invitados al espacio. Pero, según Díaz, aunque los organizadores no habían atraído el público esperado, ella como quiera dio el taller, prendiendo su propio “live feed” y dirigiéndose a sus propios seguidores en los medios sociales (Díaz 2024).
Luego, por la tarde, les tocaba la presentación. Díaz llegó al lugar de la convención y subió a la tarima, con falda (esta vez de color verde), maraca y emoción, acompañada de un corillo vestido de los colores emblemáticos de su grupo – rojo, amarillo, negro– y junto a su tío, don Eli Samuel Rodríguez, bombero de Guayama y gestor cultural ancla en Chicago. Ahí comenzaron a tocar al ritmo de calindá la canción “Libre”, escrita por Amarilys Ríos e inspirada originalmente en unos versos de Lola Rodríguez de Tió: “Hoy descubrí (libre)/la libertad (libre)/y hacer lo que ha de sentir como yo quiera vivir (libre)”. Más adelante, la letra hace referencia a la libertad de los pueblos colonizados, y dice: “queremos ver a Puerto Rico (libre)”, seguido por “y Palestina también (libre)”.
Según relata Díaz, no llevaban cantando 30 segundos cuando les cortaron el sonido de los micrófonos (Díaz 2024). Confundidos, los miembros de Bomberxs De’Cora se miraron entre sí, tratando de entender lo que ocurría, aunque siguieron cantando. Fue entonces cuando el personal de seguridad apareció y, rápidamente y con fuerza, se les sacó de la tarima.
Escuelita Bombera de Corazón preparando su taller para la DNC.
Foto cortesía de Ivelisse Díaz.
Eso fue lo que duró la bomba en la Convención Nacional Demócrata. La bomba no había llegado para simplemente representar al pueblo puertorriqueño, sino para poner en acción sus principios de humanización, o mejor dicho como reto a la normalización de la deshumanización del pueblo palestino. Treinta segundos fue lo más que el estado imperial y sus representantes soportaron, antes de silenciar su potencia. Se podría decir que lo que se censuró fue el mensaje pro-Palestino y no la bomba en sí, y que eso era de esperar dadas las tensiones y lo mucho que estaba en juego en ese momento. Pero, por otro lado, si entendemos la bomba como tecnología activadora y no solamente como objeto cultural, apreciamos por qué para las personas de la agrupación de Díaz era imprescindible, en una coyuntura de tanta violencia y sufrimiento, nombrar la liberación de Palestina junto a la de Puerto Rico.
De la misma manera en que su práctica de bomba no era separable de las realidades que se viven en Puerto Rico y por les puertorriqueñes de la diáspora, tampoco podía ser selectiva en cuanto a su reconocimiento de las otras graves desigualdades que les rodeaban. La liberación que pide y que encarna la bomba no es individualista ni nacionalista. Como nos muestra el batey, para ser libres hay que calibrarnos a fin de que una vida no se valore más que otra. Por cierto, además de “Libre”, todas las siguientes canciones intencionalmente seleccionadas para el contratado repertorio de 30 minutos en la DNC trataban del tema de la liberación –apalabrando la importancia de los actos de agradecimiento (protocolos de humildad y generosidad), nombrando la quema de la caña (la destrucción de la propiedad en lugar de humanos) y denunciando al mayoral que quiere golpear (celebrando así la dignidad que se mantiene aún frente a los intentos de la violación del cuerpo).
Rabia, traición y humillación—así describe Díaz lo que sintió al salir de la tarima. En lugar de bajar con sus colegas por las escaleras que conducían al camerino, se dirigió apresuradamente hacia un ascensor de salida, intentando contener la ola de emociones que la sobrecogían. Al describir a las personas con quienes tuvieron intercambios y que estuvieron presentes en el centro de convenciones esa tarde, Díaz dice “Allí no había ni un solo blanco. Todos, toditos eran negros, latinos, our people” (Díaz 2024). En otras palabras, el asunto dolía más porque había sido en un contexto supuestamente solidario. Destrozada por la falta de respeto hacia su cultura, su grupo, su tío y sus mayores –que ese día con más intención aún cargaba dentro de su espíritu– Díaz entendió que una cosa es la invitación a la mesa y otra es que quieran escuchar lo que se viene a decir. Por cierto, uno de los poderes de la bomba y su batey es como recibe y canaliza la totalidad expresiva de las personas que entran a “hablar” con sus cuerpos en su centro.
Uno se imagina que la DNC había invitado a Díaz buscando enfatizar la potente belleza y fuerza de la cultura afro-puertorriqueña, cónsona con lo que su plataforma postulaba. Y seguramente su bomba iba a cumplir con esa meta. Pero es más fácil incorporar objetos culturales que representan la presencia de identidades marginadas sin poner en relieve las mismas condiciones de su marginalización. No vinieron solo para entretener, vinieron para dejar que la bomba instruyera. Aunque no siempre terminara siendo así, la bomba, con su implícita ética liberatoria, cultiva algo que va en contra de lo que alimenta el estado capitalista colonial imperial (y hoy en día proto-fascista): un compromiso con la colectividad; un respeto por la soberanía del ser y un concepto de libertad que no gira en torno al individuo; el nutrirse de la memoria ancestral que nos recuerda que somos tierra, mar, árbol, higüera, semilla y cuero, y no sus dueños; el reconocimiento de una humanidad compartida que imposibilita ser testigos silenciosos de su violación.
Días después del trastorno de la DNC, Díaz fue para Nueva York donde le tocaba convocar un bombazo con la comunidad de bomba, y dice ella: “Eso ahí fue el mejor batey del año.”
Referencias
Baralt, Guillermo A. Esclavos rebeldes: conspiraciones y sublevaciones de esclavos en Puerto Rico (1795-1873). Puerto Rico: Ediciones Huracán, 1981.
Díaz, Ivelisse. Comunicación personal. 2 de diciembre de 2024.
*Jade Power-Sotomayor es profesora en el Departamento de Teatro y Danza de la Universidad de California en San Diego. Allí también trabaja como dramaturga y como codirectora y miembre del grupo Bomba Liberté. Es autora de ¡Habla! Speaking Bodies Dancing Our América, de próxima publicación con NYU Press.
