Sobre el genocidio en Palestina, o de la condena de Amalec
por el Consejo Editorial de Categoría Cinco
¿Adónde iremos después de las últimas fronteras?
¿Dónde volarán los pájaros después del último cielo?
¿Dónde dormirán las plantas después del último aire?
Escribiremos nuestros nombres con vapor
teñido de carmesí, cortaremos la mano
al canto para que lo complete nuestra carne.
Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje.
Aquí o ahí… nuestra sangre plantará sus olivos.
Mahmud Darwish, “La tierra se estrecha para nosotros”
No pueden volver las épocas del genocidio, del exterminio de un pueblo
entero ante nuestros ojos, ante nuestra pasividad. Si muere Palestina,
muere la humanidad, y no la vamos a dejar morir.
Gustavo Petro, anunciando la ruptura
de relaciones diplomáticas entre Colombia e Israel
Durante los últimos ocho meses hemos contemplado con angustia y horror un nuevo capítulo de la larga historia de violencias desmedidas perpetradas por el estado de Israel en contra del pueblo palestino. Amparándose, nominalmente, bajo el derecho a la autodefensa, tras los sorpresivos y brutales ataques del 7 de octubre a manos del grupo armado de resistencia nacionalista islámico Hamas (con un saldo de 1,163 muertos), el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no esperó para declarar un estado de guerra (cual si la guerra fuera la única alternativa posible), prometiendo una respuesta de tal magnitud que habría “de reverberar por generaciones”. Desde estas primeras declaraciones, quedó claro que el objetivo de su gobierno de extrema derecha no sería solo castigar a los responsables del ataque, sino garantizar que sus consecuencias quedaran impresas en la existencia palestina, en sus conciencias y en sus cuerpos, para lo porvenir.
La destrucción de esta guerra ha alcanzado proporciones casi innombrables. Hasta el día de hoy se ha estimado que desde el 7 de octubre han muerto más de 37,000 palestinos en la Franja de Gaza y más de 85,000 han resultado heridos. En mayo del 2024 el Ministerio de Salud de la región calculó que 52% del 70% de los cadáveres identificados pertenecían a mujeres y a niños, quedando aun 10,000 por identificar. El 75% de la población civil ha sido desplazada y puesta en una huída constante para evadir el asedio expansivo e inmisericorde del ejército israelí, que no les ha dejado lugar seguro. En Cisjordania, que no ha permanecido inmune a la contienda, y con el visto bueno de Israel, los colonos fundamentalistas que han venido ocupando esa región ilegalmente por décadas, han destruido por lo menos 7 comunidades palestinas, matando y torturando a más de 549 personas (165 de ellas niños), con una tasa de heridos que ya va por más de 5,200.
Desde el comienzo del conflicto, a la par de realizar campañas de bombardeos y asaltos indiscriminados sobre la población civil, Israel ha limitado la entrada de bienes esenciales para la sobrevivencia humana en Gaza —electricidad, agua, comida— poniendo también en la mira de sus agresiones a grupos humanitarios de reconocimiento internacional y restringiendo su radio de acción. Las Naciones Unidas ya ha declarado una hambruna en el norte de la franja y anticipa que la misma situación es inminente para la mitad del total de la población. Por otro lado, de los 36 hospitales que existían al inicio de la guerra, ninguno queda hoy funcionando a capacidad. Los 12 que aún operan a medias están desprovistos de equipo, medicamentos, anestesia, gasas. Más de 490 profesionales de la salud han muerto víctimas de ataques israelíes que, en no pocas ocasiones documentadas, han tenido como objetivo explícito su aniquilación.
A esto se le suma la destrucción de la infraestructura, que la ONU y el Banco Mundial, estiman en un costo de por sobre los 18.5 billones de dólares. Se calcula que los daños a las unidades de vivienda ascienden a un mínimo de 370,000 unidades, 79,000 de ellas completamente destruidas (más de un 60% del total de las residencias de la Franja). Cifras como estas no se habían visto desde la Segunda Guerra Mundial. La cantidad de escombros producida por esta destrucción, con sus calamitosas consecuencias ambientales, es de 39 millones de toneladas. Junto a esto, ni una sola de las universidades de Gaza ha quedado en pie y el 80% de las escuelas han sido dañadas o del todo destruidas, correspondiendo a lo que la investigadora Karma Nabulsi ha llamado un acto de escolasticidio: “la demolición deliberada de la infraestructura educacional […] un patrón bien establecido de asaltos deliberados contra la creación de conocimiento y de legado cultural como parte de las políticas de ocupación colonial” y dirigido sistemáticamente por el estado de Israel desde su fundación en 1948 a socavar la voluntad de resistencia palestina.
De modo que esta guerra se ha caracterizado por: 1) ataques indiscriminados contra la población civil, bajo guisa de perseguir a los militantes de Hamas, pero en realidad aterrorizando psicológicamente y masacrando los cuerpos de decenas de miles de hombres, mujeres y niñes; 2) desplazamientos forzados; 3) la obstrucción de la distribución de alimentos y medicamentos destinados a aliviar el sufrimiento, minimizar enfermedades y salvar vidas; 4) la destrucción de la infraestructura de la región a fin de hacer la zona difícilmente vivible, dificultando su reconstrucción después de la guerra; y 5) el asalto sistemático contra las instituciones de pensamiento y contra todo aquello que en la Franja pudiera servir para afirmar la existencia y memoria del pueblo palestino, incluyendo lugares arqueológicos llamados a ser patrimonio de la humanidad. No le faltaron evidencias ni argumentos a Sudáfrica para levantar su valiente acusación de genocidio contra Israel en la Corte Internacional de Justicia, porque de genocidio se trata. Así lo definió la ONU en la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio de 1948:
Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:
a) Matanza de miembros del grupo;
b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
e) Traslado forzoso de niños del grupo a otro grupo.
A las pocas semanas de iniciada la campaña bélica en Gaza, pero ya con un conteo de 9,000 muertos y en aumento, comenzaron a intensificarse los llamados internacionales a Israel por un cese al fuego, así fuera de manera provisional. Estos incluían las voces de países aliados, preocupados ya por las consecuencias políticas de una guerra tan sin proporción, y en la que un tercio de las víctimas eran niñes, o por los brotes de protestas populares y en universidades alrededor del mundo. No menos importante han sido, para este creciente disenso, las voces de comunidades judías internacionales, y aun dentro del mismo Israel, opuestas a la guerra y que enfáticamente han afirmado “not in our name”. Incluso la administración de Joe Biden en los Estados Unidos —principal aliado (y cómplice de facto) de Israel por largo tiempo, supliéndole el 69% de su armamento con un apoyo económico anual de 3.8 billones de dólares—, sin ejercer toda la presión de la que tiene facultad para forzar el fin de las atrocidades, se ha visto igual obligada a hacer un gesto de desacuerdo con los niveles de beligerancia israelí y en mayo pasado suspendió el envío de bombas de 2,000 y 500 libras que hubieran estado destinadas a arrasar con áreas pobladas por civiles en la zona de Rafah.
En aquel momento temprano de la guerra (y hasta el día de hoy), Netanyahu se negó a considerar una pausa en las campañas. Por el contrario, hablándole en hebreo a la ciudadanía israelí, describió la guerra en los siguientes términos bíblicos: “Deben recordar lo que Amalec les ha hecho, según dicen las Escrituras. Y nosotros recordamos”. La referencia alude a uno de los pasajes más violentos del Antiguo Testamento, en el que se da cuenta de las cruentas luchas entre los antiguos israelitas y los amalequitas. Estas luchas culminaron al Saúl recibir de dios un mandato de exterminio, de borrar de la faz de la tierra a los amalequitas y su memoria: “Entonces dijo el Señor a Moisés: Escribe esto en un libro para que sirva de memorial, y haz saber a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo” (Éxodo 17:14); “[…] borrarás la memoria misma de Amalec de debajo del cielo. No lo olvides” (Deuteronomio 25:17); y “Por lo tanto, ve y atácalos; destrúyelos junto con todas sus posesiones, y no les tengas compasión. Mata hombres y mujeres, niños y recién nacidos, y también toros y ovejas, camellos y asnos” (Samuel 15:1).
Como todo pasaje bíblico, las referencias a los amalequitas en el pensamiento judío (y cristiano) han sido objeto de múltiples interpretaciones. No obstante, en el caso de Netanyahu la alusión tiene unos contextos precisos relativos al lugar que ha tenido la historia de Amalec dentro del discurso de extrema derecha de los sectores fundamentalistas judíos (base política de su oportunista y malhadada coalición) para justificar la limpieza étnica y la desposesión de los palestinos. En ello se empalma con tantos movimientos autoritarios de derecha alrededor del mundo y sus alianzas con el fundamentalismo religioso, tanto musulmán como cristiano. Al referirse al destino de Amalec, Netanyahu le está enviando un mensaje muy claro a ese sector y a aquellos que dentro del ejército participan de su ideología de exterminio. No es incidental que, con el mismo ánimo, alrededor de esas fechas, el Ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, ordenara sin simulaciones lo que ostensiblemente eran crímenes de guerra: “Ordené un asedio total sobre la Franja de Gaza. No habrá electricidad, ni alimentos, ni gas, todo está cerrado. Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia”. En su perspectiva antropocéntrica todo animal puede ser objeto de la violencia más brutal, así los palestinos.
En su discusión sobre la condición de la Franja de Gaza bajo el dominio israelí, la pensadora trans judía Masha Gessen se ha referido al territorito como un guetto, reparando en su pobreza extrema, en la falta de libertad, en la constante humillación a la que son sometidos por sus ocupadores. “Prisión al aire libre” la llamaron el ex primer ministro británico David Cameron y otros. Densamente poblada por “animales humanos”, al decir de Gallant, y difícil de controlar, Gessen observa que, tras los eventos del 7 octubre, el gobierno israelí, de facto, decidió que al guetto le había llegado la hora de su liquidación. Esto, por sobre cualquier otra cosa, es la llamada Guerra contra Hamas, cuyas estrategias de aniquilación son inseparables de las políticas de limpieza étnica llevadas a cabo por Israel desde su fundación en 1948 a fin de sostener su ilusoria condición de etnoestado “democrático” en una región que es multiétnica, multireligiosa y multicultural. Se trata de un capítulo más en una larga historia de violencia y desposesión, pero intensificada de formas inéditas.
Desde nuestro rincón del mundo, en Categoría Cinco nos declaramos testigos de estas atrocidades. Vemos y escuchamos el sufrimiento del pueblo palestino. Ello nos obliga moral y políticamente en tanto no es posible contemplar el exterminio desde la pasividad o el silencio. Por eso aquí testimoniamos hechos que aún no cesan y, junto a la creatividad de Roy Brown y Antonio Martorell, también entregamos con la imagen y el canto una ofrenda floral a los muertos de esta guerra genocida.
