Susurros de huesos en la Central Aguirre: la hechura de ruinas/ruins
Alicia Díaz y Patricia Herrera
“Campanas”.
Foto: Coralís Cruz González
Nos asumimos como tejedoras de historias en movimiento, guardianas de
relatos que no están fijos en los archivos sino inscritos en las ruinas, en la
tierra y en los sentidos mismos de nuestras cuerpas
Entre la herida abierta y la belleza que persiste, las ruinas de la Central Aguirre en Salinas no son solo historia, sino posibilidad. Donde el colonialismo quiso cerrar futuros, la vida aun insiste: en la memoria compartida, en el cuidado mutuo, en la relación con la tierra y el agua, en los cuerpos que escuchan, sienten y resisten. En la obra videográfica ruinas/ruins nos dimos a activar los restos de Aguirre a la luz de aquello que Beatriz Llenín-Figueroa ha llamado un “laboratorio de liberación” [1]. A través de nuestras cuerpas, de la improvisación y la escucha quisimos construir un archivo vivo y afectivo dirigido a contrarrestar la fuerza colonial que pretende borrar la historia, memoria y experiencias de los aguirreños.
Compuesto por una serie de intervenciones performáticas creadas dentro de las ruinas mismas, en este trabajo nos nutrirnos de saberes ancestrales locales en un viaje somático atravesado por experiencias de colonización y diáspora. El proyecto nació de manera orgánica, entrelazando diversos espacios de colaboración e intereses que se venían gestando de distintas maneras por tres grupos de artistas. El primero de estos grupos estuvo conformado por quienes escribimos, Alicia Díaz y Patricia Herrera, bailarina y teatrera respectivamente, profesoras de la Universidad de Richmond en Virginia, y con una larga trayectoria de colaboración con la abogada ambientalista Ruth Santiago en proyectos de justicia climática en las zonas de Salinas y Guayama [2].
“Sweet as Sugar”.
Foto: Eduardo Lalo
En el segundo se encontraban el escritor y artista Eduardo Lalo, la artista visual Edna Román y el músico John Rivera-Pico, quienes se habían acercado al tema de las ruinas en su obra Suite Aguirre, un hermoso proyecto audiovisual que viaja por la Central Aguirre a través de la fotografía, la imagen en video y la música. Además, han creado también trabajos escultóricos y multidisciplinarios con materiales encontrados en las ruinas de Aguirre presentados en la exhibición Rastros.
Hery Colón Zayas, José Luis “Chema” Baerga, Alicia Díaz y Patricia Herrera.
Foto: Coralís Cruz González
Como parte de nuestra colaboración con Ruth Santiago, anteriormente también habíamos tenido la dicha de conocer y trabajar con Hery Colón Zayas, José Luis “Chema” Baerga y Coralís Cruz González, líderes comunitaries de la Casa Comunitaria de Medios. Hery y Chema habían dirigido el documental Aguirre: ¿Para Quién? Su metodología de trabajo en este film se fundamentaba en una práctica profundamente comunitaria que conectaba las voces, historias y experiencias de los residentes de la zona y que se relacionaba directamente con nuestro modo de trabajar. Por eso los invitamos a encargarse de la producción la producción videográfica de ruinas/ruins, fortaleciendo la conexión entre práctica artística, memoria y comunidad.
Estos tres grupos de artistas nos reunimos en múltiples ocasiones durante el año 2025 para dialogar, explorar formas de movimiento, visualizar la creación de máscaras y vestuarios y jugar con improvisaciones musicales en la Central Aguirre. Ese espacio, que contuvo el dolor de los trabajadores y trabajadoras que laboraron allí durante casi un siglo, fue parte integral de este proyecto. Nos acercamos juntes a una larga historia de extracción y explotación de cuerpos, trabajo y recursos naturales, activando las ruinas como lugar de memoria, resistencia y posibilidad.
El lugar: la Central Aguirre / Salinas-Guayama
Hoy día, la Central Aguirre es más que una fábrica cerrada y un distrito abandonado. Es un lugar donde convergen siglos de colonialismo, esclavitud, capitalismo industrial, y destrucción ambiental. Con la Guerra Hispanoamericana, la economía azucarera de Puerto Rico pasó a estar bajo el dominio colonial de los Estados Unidos. En 1899, DeFord & Co., una compañía estadounidense de Boston, transformó la Hacienda Aguirre en una operación industrial moderna y creó la colonia industrial o “company town” de Aguirre [3]. Les trabajadores vivían en sectores segregados y dependían de la Central no sólo para su salario, sino también para su vivienda, alimentos y servicios básicos, cimentando jerarquías raciales ya largamente establecidas [4]. Este sistema de apartheid era una forma de tenerlos siempre cerca, de ordenar sus días y vigilar, en silencio, el ritmo de su vida cotidiana. El gobierno de Puerto Rico nacionalizó la operación en 1970, terminando más de setenta años de propiedad corporativa extranjera y, en el 1990, cesó la producción de azúcar en la Central Aguirre. Fue clausurada formalmente en 1993. Las ruinas, sin embargo, no marcan un final. Son la acumulación de una historia de opresión. Entre el óxido y el silencio, siguen latiendo los recuerdos en la tierra, en el mar y en los cuerpos que aún cargan su historia. El pasado no se ha ido. Camina con nosotres, nos mira desde arriba, resuena en el aire que respiramos.
Más allá de las ruinas de la Central Aguirre se encuentran en la región las industrias del presente anunciando las ruinas del futuro: de un lado está la Central Termoeléctrica de Aguirre y, del otro lado de la Bahía de Jobos, en Guayama, la carbonera de Applied Energy Services (AES), con sus cenizas tóxicas y su chimenea de muerte. Irónicamente, también amenazan a la zona las llamadas alternativas “verdes”, con sus fincas industriales de placas solares que arrasan tierras agrícolas y provocan inundaciones en comunidades ya de suyo impactadas por tanto desarrollo irresponsable. Tal vez menos conocida es la planta esterilizadora Steri-Tech donde se utiliza un químico llamado óxido de etileno (EtO) para esterilizar equipos médicos [5]. Ese proceso genera condiciones tóxicas que enferman a las comunidades salinenses, con altos niveles de cáncer de mama, linfoma y daños a los sistemas respiratorios y nerviosos [6]. Estas son las ruinas anunciadas, las ruinas del futuro. Y sin embargo, qué belleza el agua, la posibilidad de horizonte, el viento, la brisa, el sol y la seguridad de otro amanecer. Y, sobre todo, qué belleza la gente y los jóvenes de Aguirre que insisten en hacer país desde las ruinas.
El proceso de ruinas/ruins
De modo que concebimos ruinas/ruins como un acto de relación con memorias vivas marcadas por la violencia, la extracción y la resistencia anti-capitalista y anti-colonial. Siguiendo a Beatriz Llenín-Figueroa, pensamos y sentimos la práctica artística como un modo de desaprender las formas coloniales de mirar, representar y ocupar, y como una invitación a cultivar una ética de la escucha [7]. En este sentido, nos reconocemos como oyentes de los susurros de los huesos en la Central Aguirre, atentas a aquello que ha sido silenciado, fragmentado o reducido a ruina, pero que sigue insistiendo en ser escuchado. Nos asumimos como tejedoras de historias en movimiento, guardianas de relatos que no están fijos en los archivos sino inscritos en las ruinas, en la tierra, y en los sentidos mismos de nuestras cuerpas.
Nuestro trabajo comenzó en el espacio virtual, un territorio intermedio que habitamos a larga distancia. Mientras Lalo, Rivera-Pico y Román se encontraban en Puerto Rico, nosotras trabajamos desde Richmond. Entendimos la dimensión digital como otro espacio ruinoso, como la ruina anticipada del colonialismo contemporáneo: centros de datos y tecnologías extractivas que sostienen la red de comunicación y conexión mientras producen daños climáticos, desplazamientos forzados y geografías fragmentadas.
“Entrañas de las ruinas de Aguirre”.
Foto: Coralís Cruz González
Al pensar cómo acercarnos a un tema atravesado por historias coloniales y memorias ancestrales, nos interesó también explorar la práctica de Movimiento Auténtico como ancla para la colaboración. Esta es una práctica corporal inspirada por la psicología junguiana que nos invita a un tipo de viaje de escucha profunda y de expresión [8]. Una persona se mueve con los ojos cerrados ante otra que atestigua sus movimientos sin juicio ni expectativa. Se trata de atestiguar y responder sin apropiarse de la experiencia del otro y de asumir una responsabilidad ética frente a lo que emerge.
Adaptamos esta práctica para explorar además la música y las artes visuales como formas de escucha, presencia y respuesta. Una parte importante del proceso de Movimiento Auténtico es el diálogo que ocurre ya sea a partir de respuestas articuladas con palabras, mediante la escritura, el dibujo, o, en nuestro caso, también por la música. En lugar de imponer un plan previo dejamos que cada forma creativa respondiera espontáneamente a lo que se revelaba en el encuentro. Esta metodología nos permitió atestiguar y compartir nuestros lenguajes, voces, y texturas artísticas. Ya una vez juntes presencialmente en Aguirre, el grupo fue incorporando técnicas de improvisación y desarrollando estructuras coreográficas y musicales improvisadas que iban cobrando más especificidad e intención artística. Así, cada medio estético respondió a lo revelado en el momento, permitiendo que la obra se fuese configurando mientras habitábamos el espacio.
… ¿cómo habitar un espacio cargado con tanta memoria y tanta historia? ¿cómo transformar ese sufrimiento en otra cosa, en cuido y descanso colectivo, en la posibilidad de imaginar otros futuros?
Alicia y Patricia llegaron a Puerto Rico en el verano de 2025 e inmediatamente nos dimos cita con el equipo creativo en La Rosario Proyectos, dirigido por la artista multidisciplinaria Awilda Rodríguez Lora y ubicado en el centro cultural Taller Comunidad La Goyco [9]. También nos reunimos en el antiguo Cine Paradise en Río Piedras, dirigido por Ricardo Cobián. El Paradise encarna el descuido, el abandono y el colapso de los proyectos de modernización urbana en Río Piedras. Su abandono no es accidental, es el resultado de la desinversión sistemática de espacios públicos, la crisis fiscal colonial, el fracaso de proyectos urbanos y la erosión de la universidad pública como centro cultural [10]. Para nosotras, habitar este lugar fue una manera de entrar en diálogo con una ruina antes de ir a la Central Aguirre, reconociendo la interconexión entre las distintas ruinas materiales y simbólicas del país.
Jugando con máscaras y vestuarios creados por Edna Román, Cine Paradise.
En la imagen, Alicia Díaz (de pie) y de izquierda a derecha: Patricia Herrera, Eduardo Lalo,
John Rivera-Pico y Edna Román.
Foto: Hery Colón Zayas
Estos puntos de encuentro fueron un paso intermedio muy importante antes de llegar físicamente a las ruinas de la Central Aguirre. Fue allí donde interactuamos por primera vez con las máscaras y vestuarios que Edna Román había creado utilizando materiales encontrados entre las ruinas. Edna desarrolló un método para extraer tinta rojiza de los pedazos de hierro oxidado que fue recogiendo en la Central y sus predios y que utilizó para pintar máscaras y telas. Nos presentó estas obras de arte para que experimentáramos con ellas durante nuestra primera sesión de movimiento auténtico en La Rosario.
Patricia y Herrera (izquierda) y Alicia Díaz (derecha) ensayando con
las máscaras creadas con óxido de la Central Aguirre por Edna Román.
Fotos: Coralís Cruz González.
Por su confección, las obras de Edna cargan fragmentos de la historia de lo vivido en Aguirre y también cargan el conocimiento de sus manos, que lograron transformar el desecho en algo nuevo. La energía creativa condensada en las máscaras y el vestuario nos impulsaba a ver lo conocido con nuevos ojos, a imaginar otras maneras de relacionarnos con el pasado, a crear nuevas memorias de lo que tal vez fue en algún momento posible. Nos estábamos adentrando en las entrañas de Central Aguirre sin todavía pisar su entorno. Al ponernos las máscaras sentimos una transformación inmediata: una energía ancestral que demandaba respeto, limpieza espiritual y dignidad. No se trataba de entender, sino de escuchar y confiar.
Con el movimiento auténtico como nuestra base de trabajo, las ruinas de la Central Aguirre dejaron de ser únicamente un paisaje o un vestigio histórico para convertirse en un cuerpo vivo que atestigua y que pedía ser atestiguado. Escuchar las ruinas, el movernos al sonido silente de su voz, requirió prestarles atención a los ruidos de planchas de metal que en el cascarón se movían con la fuerza del viento, a sus silencios entre cantos de pájaros, a las memorias de trabajo, desgaste y resistencia inscritas en ellas. Y también al gozo y amor de quienes allí vivieron y trabajaron. De este modo, el Movimiento Auténtico se transformó en una herramienta para relacionarnos éticamente con la historia, permitiéndonos habitar las ruinas no como observadores distantes, sino como cuerpos en diálogo con un pasado que sigue vibrando en el presente. En una de nuestras sesiones con todo el equipo creativo apalabramos juntes lo que escuchábamos a través de nuestros cuerpos. Sentimos que las ruinas parecían decir: “no me olviden/guardo memorias/aquí sudó gente/soy bella en el colapso/escuchen el óxido/tengo futuro.”
Objetos cargados de memoria con los que levantamos un altar comunitario: fotos de antepasados,
mapas y planos originales de la central, ejemplares del periódico comunitario Salinas Hoy
y papelitos con deseos para la Central.
Foto: Coralís Cruz González
Parte de nuestra inmersión en las ruinas también consistió en escuchar las historias de las personas de Aguirre y Salinas. Hicimos un llamado invitando a la comunidad para que trajeran y compartieran objetos vinculados a sus memorias, conectando con los susurros de los huesos. Con estos objetos, creamos un altar comunitario que se convirtió en una suerte de archivo. Este altar fue un espacio para honrar nuestras vivencias colectivas e individuales, rendir homenaje a nuestros antepasados y seres queridos y recordar a la comunidad que nos nutre. Ante a un proyecto colonial que insiste en borrar las historias de los marginados, en particular de personas negras y de las comunidades de bajos recursos, este altar-archivo afirmó la memoria contenida en los objetos como un acto de resistencia. Invitamos a los participantes a compartir sus conexiones con Aguirre y con la ofrenda que traían para el altar. Comenzamos pidiéndoles que escribieran en un papelito el nombre de los antepasados que deseaban llamar al espacio. Luego colocamos los papelitos entre los objetos del altar, dejando que sus recuerdos y presencias se conectaran con Aguirre y con quienes participaban de la ceremonia. Al recopilar los objetos, invistiéndoles de significado, nuestra intención era construir un archivo comunitario: un archivo para la justicia social que documentara y preservara nuestros puntos de vista, dándole voz a las experiencias vividas por la comunidad de Aguirre. Este proceso fue todo un ritual de escucha, recuerdo y honra, donde lo material y lo encarnado se encontraron, transformando la memoria en presencia activa.
Las obras fílmicas que creamos a partir de estos procesos creativos, bagazo / bagasse y guardianas del dolor / guardians of sorrows, y que presentamos aquí en Categoría Cinco, honran la zona de Aguirre como archivos vivos del capitalismo colonial y de la mano de obra afro-boricua, que es la que prima en la región. Estas intervenciones performáticas estaban dirigidas a transformar el esqueleto abandonado de la azucarera en lugar de memoria y resistencia, ofreciendo una contranarrativa que reivindicara nuestra presencia, dignidad y fuerza colectiva. A lo largo de ese proceso de creación, regresamos una y otra vez a las siguientes preguntas: ¿cómo habitar un espacio cargado con tanta memoria y tanta historia? ¿cómo transformar ese sufrimiento en otra cosa, en cuido y descanso colectivo, en la posibilidad de imaginar otros futuros? Para nosotres, movernos, expresarnos, escucharnos e inspirarnos en medio de una continua violencia colonial fue un acto de resistencia y liberación. Insistimos en hacer acto de presencia desafiando un sistema que intenta borrarnos una y otra vez. El archivo de la memoria y del futuro nos llama. En medio del desastre, el arte persiste y transforma la esperanza en acción colectiva. De ahí bagazo/bagasse y guardianas del dolor / guardians of sorrows.
Cada movimiento revelaba texturas, emociones y ecos del corazón de la Central Aguirre. Nuestras telas eran como tentáculos que traducían todo lo que rozaban, nos conectaban y nos hacían sentir el espacio como cuerpo y como historia.
El primero de estos videos, bagazo fue filmado mientras improvisábamos a través de estructuras deterioradas. Nos inspiramos en el término bagazo que se refiere al residuo fibroso que queda después de exprimir o moler la caña de azúcar para sacarle el jugo conocido como guarapo. El segundo, guardianas del dolor, fue filmado frente a los vestigios de los hornos que se usaban para quemar el bagazo. Al quemarse, este residuo fibroso generaba el combustible que impulsaba la maquinaria en toda la fábrica para sostener las operaciones diarias de la central. Estos hornos tenían que ser atendidos por trabajadores día y noche. Lejos de ser puro desecho, el bagazo era residuo y motor a la vez, un recordatorio de cómo los cuerpos, tanto humanos como de la caña, podían ser usados y consumidos una y otra vez. En ese sentido, el bagazo es aquí una metáfora de aquello que queda tras la extracción, lo exprimido, lo invisible, lo que parece inútil pero que aún así sigue sosteniendo el ciclo de producción. Desde esta lógica colonial, entendemos la industria azucarera como un sistema que convirtió dulzura en dolor, riquezas naturales en pobreza e injusticia, vidas en bagazo. Los trabajadores eran guardianes de un fuego ajeno para mantener la producción de la central, mientras que ese mismo fuego les devoraba lentamente sus propios cuerpos.
Alicia Díaz y Patricia Herrera en la Central Aguirre.
Foto: Coralís Cruz González
Sin embargo, también hemos encontrado otras maneras de escuchar entre el polvo, los ladrillos y el verde de una naturaleza que insiste en florecer y reclamar el espacio. Al improvisar bajo el colapso inminente de estructuras derruídas y frente a hornos abandonados, la música y los sonidos del lugar, guiaron gran parte de nuestro proceso de creación. Esa experiencia sonora marca el ritmo con el que les espectadores de los vídeos se adentran en la central y comienzan a descifrarla. Esto abre otra pregunta central para nuestro proyecto: ¿cómo se han ido entrelazando, tanto en tiempo real como a través de la edición posproducción, las distintas capas de esta intervención performática con movimiento, música, espacio y memoria?
bagasso/bagasse
Cuando filmamos bagazo, trabajamos a través de estructuras de improvisación muy flexibles que íbamos desarrollando en el momento. Nos desplazamos por la central de manera intuitiva, mientras Eduardo Lalo y John Rivera-Pico improvisaban la música desde un mismo punto fijo.
La composición sonora del video, como el movimiento, emergió de una práctica de escucha profunda del lugar. La flauta, la guitarra y los objetos encontrados entre las ruinas fueron incorporados como extensiones del cuerpo y del paisaje sonoro. Un tubo de metal colapsado en el espacio se convirtió en una campana. Al hacerlo vibrar, el metal producía un sonido profundo y resonante, cargado de gravedad, que evocaba una campana de iglesia. La flauta, tocada muy cerca del borde del tubo, activaba esa resonancia y ampliaba sus armonías suaves y nostálgicas. La guitarra, por su parte, marcaba brincos sonoros, ritmos que nos empujaban hacia adelante activando el movimiento y sosteniendo el avance de la pieza. Incorporamos el sonido de las campanas, vibrándolas en nuestras manos: una pequeña, de bronce, con un sonido chillón, y otra más antigua, hecha de metal fuerte, que producía un tono profundo y breve. En conjunto, la música se fue construyendo a partir de la relación entre cuerpos, materiales y espacio, donde lo encontrado no solo producía sonido, sino memoria. Una memoria que se teje entre lo encarnado, lo material y los susurros de los huesos de quienes habitaron el lugar.
“Campana”.
Foto de Coralís Cruz González
Aunque la música y el movimiento se desarrollaban en vivo, estábamos físicamente distantes del lugar en el que tocaban Eduardo y John. Lo que nos unía era una intención colectiva. Los escuchábamos como una resonancia lejana, como un eco que seguíamos y que, a la vez, nos seguía. Sus sonidos eran como pistas que nos invitaban a buscar ciertos caminos, ciertas rutas marcadas por la resonancia del lugar en nuestra propia carne. La escucha profunda nos despertó, nos tentó a tocar cada objeto encontrado, los restos de cemento que brotaban de la tierra. Escuchábamos las telas desgarradas acariciando el piso, susurrando memoria; sentíamos cada paso, y al subir las escaleras que quedaban en las ruinas, nos preguntábamos: ¿qué había aquí? Cada movimiento revelaba texturas, emociones y ecos del corazón de la Central Aguirre. Nuestras telas eran como tentáculos que traducían todo lo que rozaban, nos conectaban y nos hacían sentir el espacio como cuerpo y como historia. La ruina se volvía un tejido de memoria, resonancia y presencia, donde lo material y lo encarnado danzaban juntos, y los susurros de los huesos se mezclaban con el murmullo del viento y con el pulso del presente y del futuro que aún late entre los restos.
Escuchamos ritmos de bomba que John tocaba con palos sobre un cilindro de metal oxidado, explorando las posibilidades sonoras del espacio. La bomba es un género afro-Boricua de percusión, baile y canto desarrollado en las zonas costeras de Puerto Rico donde la industria azucarera se consolidó durante y después de la esclavitud. Fue creada por personas esclavizadas y por comunidades negras libres y ha sido históricamente una práctica de afirmación cultural y resistencia encuerpada. Escuchar sus ritmos en las ruinas fue como una flecha de energía ancestral [11]. Al final del vídeo, cuando la cámara se abre a un plano aéreo que nos muestra la magnitud del lugar en el que estamos—las ruinas de la central, la Bahía de Jobos y, a lo lejos, al otro lado del agua, la ruina futura de AES en Guayama— es que escuchamos claramente el ritmo de bomba yubá. Ese ritmo que nos permite expresar tristeza profunda o rabia, pero también una resistencia que avanza con fuerza y nos invita a continuar la lucha, a ejercer la esperanza e imaginar otras realidades posibles.
La música y el gesto, tejidos por cuerpos en movimiento nos abren otras puertas para imaginar posibilidades. Resignificamos la ruina y el óxido no como reliquias muertas, sino como huellas, como archivos vivos. Encontramos otras maneras de entender el bagazo y el sacrificio de los trabajadores. Les vemos y sentimos como materia viva de un ciclo que sigue presente, insistiendo en otros futuros posibles. Sobre todo, nos interesó investigar lo que persiste, la soberanía puertorriqueña enraizada en nuestras cuerpas, tierras, y memoria. Aquí danzan los gestos de perseverancia, dignidad y fuerza encarnada. En medio de todo este caos, nos acercamos una a la otra para descansar, para cuidarnos. Nos quitamos las máscaras y nos reímos porque la alegría también es necesaria en este paisaje de ruina para poder imaginar y construir futuros.
guardianas del dolor / guardians of sorrows
Al caminar por las ruinas de la Central llegamos a un área con una pared de metal llena de cuadrados enormes, puestos unos al lado de los otros. Los cuadrados estaban vacíos y parecían bocas de hornos. Había además montañas de ladrillos tirados en el piso por todos lados. Al mirarlos detenidamente, vimos que tenían insignias grabadas en su superficie que decían “Empire” y otros nombres que asumimos eran de compañías estadounidenses. El suelo mismo parecía hablar. Cada ladrillo era un fragmento desplazado de la estructura mayor que sustentaba a la Central Aguirre y su inserción en las redes industriales globales, pilares de la economía azucarera y del proyecto colonial.
Eduardo Lalo y John Rivera-Pico improvisando en la Central Aguirre.
Foto de Coralís Cruz González
El legado de la central nos pregunta: ¿qué hacemos con él? Tal vez la respuesta está en mirar las ruinas de frente, no para quedar atrapadas en ellas, sino para imaginar con dignidad, justicia y ternura otras formas de vida aún por venir. Para nosotras, ruinas/ruins es memoria viva. Es un viaje desde el presente hacia el porvenir, un tejido de ancestralidad y resistencia, un arte que denuncia injusticias, atiende historias silenciadas y abre rutas de esperanza y reparación. Confirmamos, además, que trabajar en colectivo es encender la imaginación más allá del deterioro, sentir la capacidad de crear otras formas de estar, de moverse, de existir. Aquí no son la injusticia ni los apagones o la falta de agua los que nos guían, sino la fuerza colectiva, la curiosidad, la confianza, la alegría de perdernos y de mirar el mundo, y a nosotres mismes, con ojos nuevos. Juntes, lo imposible se hace posible. Juntes, emerge el futuro.
De inmediato sentimos que era un lugar sagrado. Supimos, sin necesidad de decirlo, que era necesario honrar las vidas que allí laboraron. Comenzamos un tipo de ritual espontáneo formando un semicírculo con los ladrillos frente a los hornos. Fue allí donde creamos y filmamos guardianas del dolor/guardians of sorrows. Al movernos junto a la música, el vestuario y las máscaras, nuestras cuerpas comenzaron a desplazarse hacia otro tiempo. No como certeza histórica, sino como resonancia. La investigación corporal activa una imaginación histórica situada. Los ladrillos con el sello “Empire” nos hablaban del rol de Estados Unidos como imperio y de su relación colonial con Puerto Rico. Cada ladrillo era testigo silencioso de cómo, bajo la promesa de modernizar la producción del azúcar, se explotaron cuerpos y tierras durante generaciones. Intentamos colocar los ladrillos de manera intencional, como si al reorganizarlos pudiéramos reconstruir otros puntos de encuentro, abriendo la posibilidad de imaginar un mundo diferente.
“Plantita que brota entre los ladrillos”.
Foto de Coralís Cruz González
El futuro como cierre
El trabajo en los hornos de una central azucarera era de los más duros, pesados y peligrosos. Los trabajadores tenían que soportar temperaturas sofocantes y el calor directo de las llamas. Imaginamos que sería un trabajo físico agotador y que los trabajadores se turnaban en largas jornadas, probablemente sin protección adecuada, respirando el humo tóxico del fuego que alimentaba la maquinaria de la central. Desde esa escucha encarnada, iban emergiendo imágenes de un entorno saturado del polvo del bagazo, condiciones que pudieron haber generado problemas respiratorios, irritación en los ojos y enfermedades pulmonares a largo plazo y que hoy resuenan con el impacto de las cenizas tóxicas de la carbonera de AES en Guayama y el óxido de etileno (EtO) de Steri-Tech en Salinas. El ruido de las máquinas y el rugido de los hornos debe haber hecho difícil la comunicación entre los trabajadores durante la jornada laboral. Además, las posibilidades de accidentes y explosiones serían también seguramente muy altas, poniendo en constante riesgo sus cuerpos—cuerpos marcados por una condición de vulnerabilidad permanente. A la misma vez, imaginamos la resistencia de la clase obrera, organizada con saberes colectivos y huelgas importantísimas durante el siglo XX y que podríamos entender como un tipo de coreografía social. Desde esa relectura corporal y sensorial, las ruinas se abren como un sitio desde donde imaginar futuros posibles, no a pesar de la destrucción, sino desde ella.
Notas
[1] Ver de Beatriz Llenín-Figueroa, Afecto, archivo, archipiélago: las vidas soberanas y caribeñas de Puerto Rico. Cabo Rojo, PR: Editora Educación Emergente.
[2] Previo a ruinas/ruins, ya nos habíamos adentrado en este tipo de investigación en el proyecto Entre Puerto Rico y Richmond: Women in Resistance Shall Not Be Moved, filmado en las ruinas de la American Tobacco Company en Richmond, VA.
[3] Véase: Farage, Enrique Vivoni y Calzada, Mary Frances Gallart. La Central Aguirre: y su presencia en el imaginario puertorriqueño, Tomo I. San Juan, Puerto Rico, Oficina Estatal de Conservación Histórica, 2025; y Marta Aponte Alsina. PR 3 Aguirre. San Juan: Editorial Cultural, 2018.
[4] Ver Hilda Lloréns y Carlos G. García‑Quijano “From Extractive Agriculture to Industrial Waste Periphery: Life in a Black–Puerto Rican Ecology.” Black Perspectives, June 22, 2020, 30-37.
[5] Ruth Santiago. Daños a la salud pública por el uso del óxido de etileno en Puerto Rico. Manuscrito inédito, 2025.
[6] Ver Union of Concerned Scientists. “Ethylene Oxide in Puerto Rico.” Report / Case Study. 2023, .https://www.ucs.org/resources/puerto-rico; y Lylla Younes, Naveena Sadasivam y Joaquín A. Rosado Lebrón, “Dulce: How a Sweet-Smelling Chemical Upended Life in Salinas, Puerto Rico.” Grist, 22 de agosto de 2024. https://grist.org/accountability/ethylene-oxide-puerto-rico-chemical-salinas-worker-health/.
[7] Beatriz Llenín-Figueroa, Afecto, archivo, archipiélago: las vidas soberanas y caribeñas de Puerto Rico.
[8] La práctica de Movimiento Auténtico fue creada en los años de 1950 por Mary Whitehouse luego de desilusionarse con los límites de la codificación de movimiento en la danza moderna. Ver Janet Adler, Offering from the Conscious Body: The Discipline of Authentic Movement. Rochester, VT: Inner Traditions, 2002.
[9] La Rosario es un estudio de danza e investigación creativa que apoya trabajos y creación con estrategias emergentes, antirracistas, transfeministas y cuir.
[10] Ver de Alicia Díaz y Alejandra Martorell, “Excavando juntas en el paraíso.” Categoría Cinco: Revista de Política y Cultura (Puerto Rico) vol. 4, núm. 2 (verano/otoño 2024 e invierno 2025).
[11] Las regiones de Salinas, Guayama y Ponce han sido protagonistas de esta historia, con generaciones de grandes bailadores y bailadoras que han sostenido y transformado la tradición de la bomba. Para un análisis sobre la bomba como forma de resistencia, véase Jade Power-Sotomayor, “La bomba y su política: el batey en la Convención Nacional Demócrata del 2024”, Categoría Cinco: Revista de Cultura y Política (Puerto Rico) vol. 5, núm. 1 (primavera/verano 2025).
*Alicia Díaz es Catedrática Asociada en el Departamento de Teatro y Danza de la Universidad de Richmond en Virginia. Es artista del movimiento, educadora y artivista cuya práctica interdisciplinaria explora la improvisación, el cuerpo como archivo y las relaciones entre memoria, historia y territorio. Su trabajo incluye performance, vídeo, y colaboraciones comunitarias que abordan temas de justicia social, memoria colonial, resistencia y liberación colectiva.
*Patricia Herrera es profesora de artes escénicas, danza y performance en la Universidad de Richmond, Virigina. Es autora de Nuyorican Feminist Performances: From the Café to Hip Hop Theatre (University of Michigan Press). Desde 2011 colabora con la ciudad de Richmond en Civil Rights and Education in Richmond, Virginia: A Documentary Theater Project, que ha producido el archivo digital The Fight for Knowledge, exposiciones museísticas y una serie de docudramas sobre gentrificación, disparidades educativas, VIH/SIDA, segregación y las comunidades latinas de Richmond.
