Crónica hologramática de un boricua en Bogotá
Francisco Font Acevedo
Detalle de un muro residencial en la calle 35
entre las Carreras 17 y 18. Foto del autor (detalle).
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Bogotá, la capital de Colombia, es para rolos, cachacos, migrantes internos e inmigrantes del orbe un lugar real e imaginario. Real porque en esta ciudad fría y ensimismada van transcurriendo nuestras vidas materiales y psíquicas con sus esperanzas y desilusiones, con sus dolores y placeres, con sus amores y violencias, todo junto y yuxtapuesto como los tereques en las lonas de los cachivacheros de la Carrera Séptima. Imaginario porque vivimos en un territorio variopinto, jerarquizado y burocratizado hasta el vértigo, inmenso e inabarcable que ronda las 613 millas cuadradas (casi el doble de Nueva York y unas ocho veces San Juan) con una población aproximada de entre ocho a diez millones de almas. Para mí, un escritor boricua recién llegado, con una visión espacial isleña, Bogotá es, por extensión y por altura (8,660 pies sobre el nivel del mar), casi toda imaginaria.
Hecha esa salvedad, paso a la siguiente: llamo crónica a este escrito por la credibilidad que merece un puñado de fotografías y de testimonios que sirven como cotejo para confirmar o enmendar mis impresiones primerizas y en constante cambio de esta ciudad andina. Por lo demás, lo que aporto yo está primordialmente en el adjetivo del título, que deriva del principio hologramático, según expuesto por Edgar Morin en su tesis sobre el pensamiento complejo. De acuerdo a este pensador, el menor punto de la imagen de un holograma físico contiene casi la totalidad de la información del objeto representado. A Morin le sirve para contender contra el pensamiento lineal y, en su lugar, proponer un pensamiento imbricado y recursivo donde “[e]l todo está en la parte que está en el todo” (Morin 68). A mí me sirve para contender contra mi ignorancia y como estrategia puntual pero inacabada (el casi que derrota cualquier delirio de totalidad) para empezar a ubicarme, siquiera imaginariamente, en Bogotá.
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Mis primeras visitas a esta ciudad fueron en el 2022. En aquel tiempo Bogotá era en esencia una mujer, un puñado de calles de un barrio aledaño al centro y un apartamento demasiado frío de noche. Conocía fríos más extremos en los inviernos de Filadelfia, pero solo durante varios meses al año y al amparo de buena calefacción doméstica. La idea de tener que abrigarme dentro de una casa y de dormir bajo una frazada cálida todos los días del año me era tan ajena como para aquel rolo conductor de Uber que, impresionado de que yo fuera puertorriqueño, me preguntó con candor si a veces me había dado miedo vivir rodeado por el mar. Eso: como si el mar se fuera a tragar a la gente de la isla en cualquier momento. Para mi simpático conductor, la costa caribe de Colombia debía ser menos temible pues bastaba alejarse del mar para estar a salvo en territorio continental. Esto decía mientras conducía por carreras y calles que para él eran más conocidas que las palmas de sus manos, mientras que para mí replicaban las galerías borrosas y ocres de un colosal laberinto.
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Una mujer, un frío otoñal sin fin (particularmente de noche) y el predominio del color ocre en las estructuras no me dieron, no podían darme otra cosa que una imagen nebulosa de Bogotá en aquellos primeros viajes. Tampoco es que estuviera buscando más, a decir verdad, pues eran viajes cortos, de paso, para picotear la flor de un amor a distancia, para lo cual, la ciudad, más que nada, servía de telón de fondo. Por supuesto, visité algunos lugares emblemáticos de la ciudad, pero como lo haría un niño tomado de la mano o un turista, experiencias que dejaron cuando más recuerdos planos, bidimensionales, tan efímeros y desnaturalizados como un selfie o una tarjeta postal. Así pudo quedar todo, como holograma que no tarda en cortejar su desaparición definitiva, si la querencia del susodicho amor y mi inveterada vocación fronteriza no me hubieran persuadido de dejar Gringolandia para tratar de hacer otra vida extranjera en Bogotá.
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La distancia abismal entre visitar una ciudad y habitarla (o tratar de habitarla) no precisa elucidación. Apuntaré, en cambio, que el castillo de naipes de lo que había imaginado como mi nuevo destino no tardó en venirse abajo, y muy pronto Bogotá dejó de ser mujer, frío otoñal y borrón ocre para, entre muchas otras cosas, estrujarme en los ojos una de sus cualidades más vistas y menos ponderadas por mí hasta entonces: la grafomanía desbordante y omnipresente en sus muros
Detalle de un muro residencial en la calle 35
entre las Carreras 17 y 18. Foto del autor.
Desde entonces, sacudido de la ceguera propia —con su considerable cuota de decepción y estupidez—, he debido resignificar mi condición fronteriza, ahora con cédula de extranjería temporera. Venido de una ruina personal, no ha sido coincidencia que la lejana, casi escenográfica Bogotá de antaño, haya comenzado a revelárseme hologramáticamente mediante sus muros rayados de graffiti.
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“La ruina asociada al deterioro es no progreso; es estancamiento que trunca y pone en tensión las pretensiones de futuro”, afirman Márquez, Bustamante y Pinochet en Antropología de las ruinas: desestabilización y fragmento. A esa noción de ruina como no progreso simbólico, me gustaría adosarle un matiz relacionado con la temporalidad: el de la caducidad. Con esto tendría que el valor simbólico de la ruina o lo ruinoso me sirve para leer el graffiti en Bogotá como posible indicio de negación y de caducidad de las versiones de progreso de la ciudad.
Fachada de la Iglesia Franciscana de la Tercera en el cruce
de la Carrera Séptima con la calle 16. Foto del autor.
Ahora bien, para mi mirada de extranjero, la proliferación de graffiti en esta ciudad, en sus modalidades más invasivas (como el tag, el throw up y el quick piece), sugieren una doble ruina: la de los trazos mismos y la de la estructura rayada. Así interpreté, por ejemplo, las pintadas de la fachada de la Iglesia Franciscana de la Tercera en la Carrera Séptima. ¿Qué es indicio de ruinoso o caduco: el palimpsesto de graffitis —uno de los cuales reproduce la frase “la religión es el opio de los pueblos”— o el valor sociocultural, muchos dirían patrimonial, de la iglesia construida en el siglo XVIII? Ambos, podría ser la respuesta más salomónica o dialéctica, si se quiere, pero no deja de sonarme algo amañada y falsa. Como no busco respuestas fáciles, dejo en suspenso la pregunta y opto por consultar —en papel y palabra— sobre este y otros temas relacionados a varios artistas urbanos de Bogotá.
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En una entrevista que sostuvimos el 2 de diciembre de 2025, el narrador y artista urbano Carlos “Gato” Martínez, autor de El amor es bailar (Premio Nacional de Novela de 2023), se mostró muy crítico del graffiti actual en la ciudad. Para GatoMarte, como firma sus murales, la sobreabundancia de graffitis en Bogotá es síntoma de su degeneración. “Nunca va a haber suficientes muros” para la cantidad de grafiteros y muralistas de la ciudad, señala, lo cual hace que exista tensión entre ambos bandos de artistas urbanos. Aunque excluye a maestros grafiteros que conocen y practican su arte preservando el viejo código contracultural, establecido al calor del hip-hop de mediados de los años 90, responsabiliza de la decadencia del graffiti a la legión incontable de toys: jovencitos aficionados que rayan paredes indiscriminadamente, sin atenerse a ningún código barrial. ¿Cuál código barrial?, inquiero. GatoMarte sintetiza: “Barrio no ataca barrio”. “Tú nunca arruinabas la fachada de una familia humilde”. “La gente [ahora] pinta—especialmente, esos toys— donde se les antoja”.
Graffitis y mural en la Carrera 18, casi
esquina con calle 36. Foto del autor.
Preguntado sobre la diferencia entre graffiti y muralismo, GatoMarte explica que “el mural para poder existir tiene que relacionarse con el entorno, con los vecinos, con las dinámicas de la calle. Tiene que haber una preparación, tiene que haber andamios, tiene que haber toda una logística. El graffiti no. El graffiti se da como una intervención espontánea, in situ, especialmente como lo llaman ellos [los grafiteros], como un acto de vandalismo. Llegas, haces el asalto, pones algo y te vas. A no ser que sea un graffiti de gran formato que se vuelve mural”.
Sobre el tema del vandalismo, GatoMarte diferencia entre uno válido y otro gratuito. Uno es un acto de resistencia, especialmente contra las fuerzas opresoras del Estado como podría ser rayar las patrullas de la policía; el otro es un acto caprichoso, de agresión sin sentido, como dañar “ciertas fachadas, especialmente de gente del barrio, que deberían ser sagradas”.
En cuanto a la evolución del graffiti, GatoMarte indica que hay un sector de grafiteros que ha entrado al mundo de las galerías, los festivales y las subvenciones gubernamentales. Una modalidad de graffiti absolutamente artístico, pero que ha perdido parte de su fuerza contestataria ante el peligro de la mercantilización. Similar riesgo, dice, corre el muralismo, el cual tiende a usarse en ocasiones como un instrumento de gentrificación en la ciudad. Llegado a este punto, señala que esos lenguajes del arte urbano van sufriendo un desgaste por sobresaturación, al tiempo que se pregunta, sin aventurar una respuesta, cuál será el nuevo arte urbano después del graffiti y el mural.
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Una visión sociológica más favorable sobre el graffiti bogotano la hallamos en Juan David Quintero Arbeláez y Antonio Quintero, vinculados a Bogotart, cuyas expresiones se recogen en el libro Que no le falte calle: 150 artistas colombianos, publicado en 2020 (Merino Pons et al. 9-10, 418). Para el primero, toda marca constituye una activación de la calle e implica a la comunidad; para el segundo, las obras de arte en las calles deben ser consideradas como los “nuevos patrimonios” de la ciudad. Ninguno de los dos hace clara distinción entre graffiti y mural, y en palabras similares destacan su carácter contestatario al tiempo que relativizan la imputación de vandalismo con que son asociados.
“Emigro, luego existo”, mural de Toxicómano
en Carrera 7ma, esquina calle 51. Foto del autor
Sin gran elucidación comparto las visiones sobre el graffiti de algunos artistas bogotanos recogidos en el mentado libro.
- Para artistas como Ángela Atuesta y Seta Fuerte, el graffiti es “un arma de reconstrucción masiva” (Merino Pons et al. 99). No deteriora ni arruina la ciudad, sino que ayuda a reconstruirla para todos.
- Para Arkano Sur y Toxicómano es herramienta de resistencia y desafío que trama una vía de comunicación comunitaria alternativa.
- Otros artistas se suscriben a lo que GatoMarte llama el viejo código grafitero. Wosnan define al graffiti como ilegal, callejero y anónimo. Para Ceroker el graffiti “es vandalismo y su esencia siempre será ilegal”. Para Ryot tiene que ser autogestionado y no puede aceptar subvenciones gubernamentales ni de entidades privadas. En tanto que para Anatema Crew, la “esencia del graffiti” es que sea “fundamentalmente transgresor y destructivo” (Merino Pons et al. 135, 151 y 171).
- Algunos, sin embargo, tienen una visión más laxa, menos militante sobre el graffiti. Para Diana Ojeda / Wata, “a veces se pinta ilegal, a veces se pide permiso”; para ella la belleza radica en “hacer hablar las calles” (Merino Pons et al. 161). Chirrete, por su parte, entiende que el grafitti debiera ser sin permiso, pero tiene más interés la evolución que ha tenido la práctica “mezclando los estilos, las técnicas y el contenido, y apostando por nuevas maneras de hacer las cosas” (Merino Pons et al. 207)
- Por último, existen grafiteros que se plantean su práctica, no como el cumplimiento de un código, sino como una forma de expresión personal. Teck 24, por ejemplo, describe el graffiti como “una música que debes hacer bailar en todos los ritmos y lugares” (Merino Pons et al. 377).
“El verdadero regalo son las manos que lo entregan”
Grafitti de Teck 24 en Calle 36, entre las Carreras 18 y 17b.
Foto del autor.
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El graffiti, como casi todo el arte urbano, es un arte efímero. Si bien existe un puñado de piezas que duran años, por lo general la expectativa de duración es corta, a veces cortísima: unas horas, un día, con suerte una o varias semanas. Muy pronto otros graffitis lo taparán o alguna autoridad sanitaria se encargará de borrarlo. En este sentido, la temporalidad del grafitti tiende a ser ruinosa. Apenas se concluye el trazo comienza la cuenta regresiva de su caducidad.
Una de las derivas del grafitti en Bogotá donde más se dramatiza esta temporalidad ruinosa es en la pintada política. Además de su fuerza contestataria obvia, el carácter ilegal y transgresor se exacerba y las consecuencias represivas pueden ser inmediatas. La siguiente foto la tomé la noche del 7 de octubre de 2025 en la Plaza Bolívar, adonde marchamos miles de personas en solidaridad con el pueblo de Palestina.
“Mi Gaza es tu Gaza. Viva Palestina libre ¡¡¡Gonorreas!!!
Graffiti en la Plaza Bolívar. Foto del autor.
Vi a la grafitera hacer la pintada en menos de un minuto y enseguida me acerqué a retratarla. A ese costado de la Plaza ubica el reconstruido Palacio de Justicia, donde tuvo lugar la llamada Toma del Palacio de Justicia el 6 y 7 de noviembre de 1985, uno de los episodios más violentos y menos esclarecidos de la historia política reciente de Colombia. Sin duda, al día siguiente, sería borrada a primera hora.
Las próximas dos fotos no fueron tomadas por mí, sino por la fotógrafa y artista gráfica Luisa Vélez Hurtado, quien acompañó a un contingente de feministas que salieron a las calles de Bogotá a exigir justicia, entre otras cosas, por los 621 feminicidios registrados en Colombia de enero a octubre de 2025.
Grafiteras feministas el 25N en la Estación Centro Memoria del
Transmilenio, Avenida El Dorado. Foto suministrada por Lu Vélez.
La fecha no podía ser más exacta: el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres; ni la herramienta de protesta más transgresora y contundente: el graffiti político en el transporte colectivo, en estaciones del Transmilenio, en monumentos icónicos de plazas públicas, entre otros lugares.
Pintadas en bus en una vía exclusiva del Transmilenio,
Calle 26 con Carrera 10. Foto de Lu Vélez.
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No tengo respuestas definitivas —que de todas formas, no existen— sobre las ruinas y el graffiti en todo su pletórico despliegue en Bogotá. Tampoco las preciso. Me basta constatar que al final de este periplo textual y fotográfico salgo premiado con una visión más densa y tridimensional de esta ciudad, gracias a nuevas amistades y artistas colegas, a muchos recorridos a pie y un par en bicicleta con un ojo puesto en la calzada y otro en los cientos de graffitis y murales que cautivaron mi atención. ¿Significa acaso que ya me ubiqué en Bogotá? Ni en sueños, pero tampoco temo estar perdido, que es la condición de los que conocen y aman la libertad, según Clarice Lispector. Por ahora, sin afán de conclusión, suelto esta crónica con las palabras oportunas del amigo Eduardo Lalo: “el tiempo nos brinda siempre la oportunidad de la pérdida y del hallazgo. Perdemos la piel de nuestros errores y nos aventuramos con una herida abierta a lo desconocido” (132). Justamente lo que va acrisolando Bogotá en mí: pérdida y no pocos excitantes hallazgos.
Obras citadas
Lalo, Eduardo. 2018. Intervenciones. Corregidor. Márquez, Francisca, Bustamante, Javiera, & Pinochet, Carla. 2019. Antropología de las Ruinas.
Desestabilización y fragmento. Cultura-hombre-sociedad, 29(2), 109-124. https://dx.doi.org/10.7770/0719-2789.2019.cuhso.03.a04.
Merino Pons, Antonio et al. 2020. Que no le falte calle: 150 artistas colombianos. Chinchorro, Bogotart.
Morin, Edgar. 1990. Introducción al pensamiento complejo, disponible aquí.
*Francisco Font Acevedo nació en Chicago, Illinois, en 1970, pero creció isleño en Rincón, Puerto Rico. Ha sido maestro de secundaria, traductor, colaborador editorial, corrector legal e intérprete. Es autor de [pasión frontera] (Riel Editorial, 2024), La troupe Samsonite (Folium, 2016), La belleza bruta (Tal Cual, 2008), Caleidoscopio (Isla Negra, 2004), y coautor de Santurce, un libro mural (Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, 2020). Recibió la beca Letras Boricuas concedida por la Andrew W. Mellon Foundation y la Fundación Flamboyán en 2021. En la actualidad escribe en Bogotá, Colombia.
