Cultivos entre ruinas
Dennis Alicea
Fernando Cuevas
Ruinas en el Jardín Botánico de Caguas
La poética del barroco literario español le otorgó a las ruinas y fragmentos un culto inusitado. Eran signos que escondían y revelaban la trayectoria de un pasado en movimiento; eran huellas con silencios polisémicos y un discurso por descubrir. Su lógica detectaba tensiones y claroscuros, en un lenguaje que podía ser tan sentencioso como ambiguo, y tan opaco como expresivo. Guardan esos restos escrutados una similitud viva con las imágenes pictóricas y fotográficas, “ventanas” que muestran una superficie y esconden otra, que anuncian la ausencia en el mismo acto que se enuncia la presencia. Entre la imagen de lo que queda y lo ocultado por ella que es historia, una cultura resiste en el cruce del barroco caribeño.
De las ruinas materiales puertorriqueñas como escombros, resultados de otras ruinas morales que advierten el peligro de la desaparición de un país, perdura recio algo espiritual perteneciente a los mundos simbólicos de la cultura popular y letrada. Entre escombros que parecen sin vida, se preserva una cultura contestataria que resiste. Queda como una verdad que sigue ardiendo; la “llama viva” inextinguible, le hubiera llamado Walter Benjamin [1], esa que el crítico alquimista busca rescatar entre despojos mediante formas alegóricas. Igual que el Tótem telúrico del artista puertorriqueño Jaime Suárez, que con retazos brota desde las profundidades de las ruinas arqueológicas de San Juan y se levanta imponente como conexión espiritual de lo que hemos sido y lo que queremos ser, el fuego incandescente de la cultura que surge de los vestigios rotos enlaza en una sola imagen el pasado y su memoria, lo momentáneo que es fuga y la promesa de una utopía. Verdades perdurables, todavía vivas, de nuestras ruinas puertorriqueñas yacen en esa cultura popular que atraviesa la temporalidad, mediante las formas variadas del arte que las representan —la música, la plástica, la danza, el teatro— y de una cultura letrada que las ha preservado, pensando nuestras cuitas identitarias y sus restos, desde el Caribe disperso al que pertenecemos.
Jaime Suárez, Tótem telúrico
Mientras un lenguaje pirotécnico con racionalidad economicista domina, hoy —el discurso público nos recuerda a cada paso la penuria material de un país a medio hacer, la ausencia de una visión económica a largo plazo y la institucionalidad fracasada—abrazamos con pasión la idiosincrasia que nos une, la música que llevamos dentro, los valores poderosos de un nacionalismo cultural que oscila entre lo nostálgico y lo celebratorio. No es que Nerón toque la lira mientras Roma arde; es que aprendimos a distinguir la luminosidad de las ruinas y a lidiar con la adversidad desde la cultura. Es el “arte de bregar” con una realidad adversa haciéndola tolerable, esa destreza obligada que temprano aprendemos los que vivimos en un país intervenido [2].
Pensemos en esa cultura. ¿De dónde provienen nuestros héroes y heroínas, luego de más de un siglo de ocupación? ¿A quiénes reconocemos y nos reconocemos en su quehacer? ¿A quiénes abrazamos y por qué? No son militares ni elaboradores de épicas; tampoco gobernantes ni libertadores fundacionales que nos enorgullezcan. Más bien provienen de una cultura popular que ha sabido contar nuestro cuento y lo ha hecho con transparencia, eso que los existencialistas llamaban autenticidad. Admiramos su gloria, pero más su orgullo sin soberbia, porque son voces o portavoces de la marginalidad entre ruinas. Los abrazamos por ser genuinos sin doblegarse, mostrando tanto la risa como el lamento borincano desde los caudales de su arte. Parecen vivir en libertad, comprometidos con su identidad y sus valores, eligiendo su vocación imaginativa con la coherencia moral de no ser indiferentes al universo de sus desgracias: señalándolas, recordándolas, resistiéndolas. Denuncian el desempleo y la desigualdad, la descomposición social, la violencia de los narcos y la corrupción con impunidad. Saben que este deterioro ha sido manufacturado desde un fondo de complicidades. Sirven como murallas defensivas (y contestatarias) los embajadores de la música popular, los artistas de las artes representativas y plásticas, las figuras deportivas y, también, los escritores que testimonian con sus letras la diversidad cultural que sobrevive a la disfuncionalidad oficial. Han sabido defender a los inmigrantes trabajadores, esos que ahora un gobierno insensible y racista declara ilegales. No han podido ser silenciados por las conductas de odio contra la orientación sexual o género; tampoco por el racismo sottovoce o in-your-face. Esa cultura popular que se desplaza entre el aquí y el afuera ha sido, tal vez, el puente decisivo con la diáspora puertorriqueña, nuestros emigrantes y sus descendientes, expulsados en grandes olas migratorias, huyendo de la miseria o creyendo que otra vida era posible, pero con la memoria imborrable del lugar al que todavía pertenecen.
Tite Curet Alonso
Foto de Ángel Peña Ramos
Un país musical que suena y danza, como todo el Caribe, no es fortuito que halle en la música popular los resortes de sus héroes y heroínas. Recuerdo a Tite Curet Alonso, un genio de esa música con más de 2,000 composiciones afrocaribeñas. Bombas que expresan lamentos de africanos esclavizados y celebran el junte comunitario del cuerpo y la danza; plenas que registran con humor satírico lo cotidiano noticioso desde el ojo de las clases populares; salsas fundidas entre formas musicales afrocaribeñas que narran experiencias vivenciales del pueblo silvestre, de los desamores a la santería, de la soledad migratoria a la crítica social. Su semblante tímido y reservado, sin aspavientos, irradiaba el arte del escucha de nuestras voces con la autenticidad de un poeta soberbio. Menciono a Tite Curet como puedo mencionar a Sylvia Rexach, a Rafael Hernández, a José Feliciano o a Antonio Cabán Vale, íconos de la cultura que lo mismo escribieron sobre despechos amorosos que sobre mitos populares. Muchos de sus intérpretes dejaron una impronta que todavía nos convoca. Cómo no recordar a Ismael Rivera y “Las caras lindas”, a Héctor Lavoe en su “Ché Ché Colé, o a Cheo Feliciano con su “Anacaona” (“la india de raza cautiva”). Una cultura popular danzante yace en sus cantos que se hicieron imprescindibles.
Rafael Tufiño
La plena, 1952-54
Museo de Arte de Puerto Rico
La música popular viaja, quizás, como ningún otro de los bienes culturales. Sus sonoridades y líricas tienen rostros recientes en los que nos reconocemos como Gilberto Santa Rosa, Kany García, Marc Anthony y varios exponentes explosivos de la música urbana como Tego Calderón, Residente, Daddy Yankee o Bad Bunny [3]. Estos y muchos más nos hablan en sus cantos populares de nuestra forma de vida y las valoraciones bajo sospecha. Capturan en perfecto español puertorriqueño los desafíos de la vida ordinaria (marginalidad, desigualdad, desintegración), la experiencia migratoria, la violencia de nuestras comunidades, la sexualidad reprimida y las ideas y sentimientos de lo nacional puertorriqueño. Pese a todas las cargas insufribles, gracias a esa música, “todavía cantamos, todavía reímos”.
Antonio Martorell
Las letras de Sylvia Rexach, 1988
Que los cultivos se dan desde las ruinas, lo sabemos nosotros mejores que muchos. Divulgar la cultura para protegerla del olvido pareció, también, ser el lema de los artistas gráficos puertorriqueños, temprano en la década de los cincuenta. Desde su Taller de Gráfica, artistas como Lorenzo Homar y Rafael Tufiño, seguidos de discípulos extraordinarios como Antonio Martorell, Myrna Báez, José Rosa o Consuelo Gotay, iniciaron una tradición del cartel artístico como forma de arte que integraba la palabra en su composición y diseño con resonancias críticas de la vida social y política. Buena parte de nuestra historia cultural se podría leer a través de la estética de sus carteles, contestatarios e inconformes. Los carteles de estos legendarios artistas fueron un arte público, popular, democratizado, que con raíces humanistas difundieron nuestra herencia. Desde los carteles impecables de Homar sobre deportes, música o danza, o los de Tufiño con imágenes de plenas y santeros, hasta las piezas de Myrna Báez convocando a las puestas teatrales puertorriqueñas, las de Antonio Martorell rescatando figuras marginadas de la cultura popular, las de Consuelo Gotay con su iconografía de paisajes y figuras de las Antillas Mayores, o las de José Rosa con su majestuoso cartel serigráfico de la icónica Guaracha de Luis Rafael Sánchez, todas son obras que testimonian la unión de una cultura que se retransmite a través de sus propias formas como en una cámara mágica de resonancias. El cartel artístico sigue siendo una de las formas que mejor representa nuestra cultura popular en la que se plasman las tensiones entre la imagen de la decadencia y la celebración como resistencia.
Edwin Báez
El Pintor y el santero (retablo)
Cristina Córdova
Cuerpo exquisito
Similar al arte gráfico que trascendió con sus ejecuciones plásticas la simple funcionalidad comunicativa, varios maestros artesanos han rescatado estampas formidables de nuestra cultura nacional fundidas entre desdichas, concibiendo auténticas obras de arte con calidad museológica. Los retablos y maquetas de Edwin Báez, para mencionar a uno de los indispensables, son maravillas del tallado en madera, miniaturizados, en las que reproduce imaginariamente una historia puertorriqueña con las memorias de un pasado costumbrista, la evocación persistente de nuestra cultura literaria y las imágenes más distintivas de lo bello natural y las luchas sociales. Esa conservación y superación artística que eleva lo artesanal a un arte superior, del mismo modo que el simple anuncio se eleva en el cartel a un arte espléndido, se reconoce igualmente en nuestra tradición ceramista. Sus trabajos en cerámica artesanal no son reproducciones de objetos domésticos ni formas prehechas, sino imponentes esculturas creativas en un lenguaje metonímico que habla de naufragios y fragmentos, ritualidades religiosas y pasados ancestrales, identidades telúricas y límites de la utopía. La cerámica escultórica contemporánea tiene, a no dudar, en Puerto Rico una generación de artistas —Jaime Suárez, Toni Hambleton, Aileen Castañeda, Diana Dávila, Cristina Córdova, entre muchas y muchos— que han sabido extraer piezas inverosímiles del noble y humilde barro. Su arte es un arte de las formas y, también, del compromiso ético con la memoria de una cultura.
Nuestras letras han acogido con buen pulso la formación de esta cultura popular de arte diversa, que habita la ciudad y opera como una cámara iluminada en la que los artistas cruzan talentos y experiencias. Han tenido su oído en la tierra de las producciones puertorriqueñas que renacen entre adversidades, similar a otras escrituras caribeñas y latinoamericanas. La cultura letrada percibe las contradicciones, las indecisiones, las frustraciones y la parálisis de un país; pero también la vitalidad de las fuerzas culturales para resurgir entre escombros con nuevas utopías. Reconoce las complicidades de la institucionalidad, las laceraciones de la pobreza, las desigualdades estructurales, pero asimismo la riqueza de una cultura de arte que es “llama viva”. No solo da testimonio de ella, sino que comparte sus angustias y júbilos. La poesía de Palés, por ejemplo, puso la cultura popular en el centro de su creación. Celebró la herencia africana, los cuerpos danzantes, los ritmos afroantillanos, los deseos cancelados y el español híbrido. Con su poética de doble filo, supo descubrir las sinuosidades del alma popular puertorriqueña. Sin que sea lo mismo, pero es igual, los cuentos y memorias de José Luis González capturaron las formas de vida de las clases trabajadoras, la indigencia en la ciudad, las experiencias aciagas del migrante y la oralidad del desencanto. Asimismo, las narrativas de Luis Rafael Sánchez han buscado el humor en las profundidades de lo ruinoso.
José Rosa
Cartel Exhibición Gráfica de José Rosa, 1977
Princeton University Graphic Arts Collection
La rítmica de su lenguaje aguarachado con su apropiación creativa de lo étnico racial, desenmascarando farsas y delatando las trampas del poder, relatan las experiencias lastimosas de los excluidos. También Edgardo Rodríguez Juliá se hunde en los caudales de la cultura popular para recuperar un país. Sus crónicas y narrativas palpan las sutilezas del observador reflexivo que hurga en la siquis de una nación, interpretando las paradojas de la modernidad colonial puertorriqueña. Una nueva generación de escritores ha continuado ese rol de interlocutores de la cultura popular con su arte y sus pesares. Mayra Santos y Cezanne Cardona, por ejemplo, han retomado en su prosa incisiva las valoraciones de las experiencias compartidas de esa cultura, con una escritura que resiste las exclusiones y los racismos, las complicidades entre las élites y el oficialismo, y que retrata la ciudad con humor irónico a flor del lenguaje.
La cultura popular puertorriqueña es, desde luego, mucho más que estas expresiones magníficas. Conozco por experiencia cómo los poderes, públicos y privados, intervienen en mucha de su producción, e incluso la utilizan como mercancía mercadeable. Reconozco, asimismo, que algunas manifestaciones de esa cultura popular exhiben rasgos marcados de violencia (por ejemplo, canciones populares que cosifican a la mujer o muestran desprecio contra homosexuales o glorifican la masculinidad). Ninguna cultura es una pieza homogénea. Pero destacar la dimensión de sus ejecuciones más notorias es un elogio obligado, hoy, tras más de una década vapuleados por el pesimismo.
Fernando Cuevas
Ruinas en el Jardín Botánico de Caguas
Las ruinas tienen poder de culto. De ellas sabemos que esconden más de lo que revelan. Por eso buscamos lo que las produjo y las memorias que guardan; por eso buscamos lo que queda después de ellas. Las huellas dejadas por una intensa cultura popular (local y también diaspórica: pensemos tan solo en el “barroco tropical” de Pepón Osorio o en la poesía punzante de Pedro Pietri) han permitido, creo que hoy más que nunca, consolidar la imagen de lo nacional puertorriqueño. Son surcos que han quedado impresos de forma duradera y profunda, resultado de aquellas llamas que entre ruinas se levantaron. Hemos aprendido con ellas a celebrar en la tristeza, a cantar lamentos y a estetizar la adversidad. En relación con la vida dura, para decirlo con Lukács, “el arte es siempre un a pesar de todo.” No es solo la expresión más noble de la cultura, sino el testigo insobornable de la riqueza que perdura desde nuestras ruinas, reales o simbólicas.
Notas
[1] Walter Benjamin, “Las afinidades electivas” en Obras, libro 1, vol. 1. Abada, 2007, pp.125-126.
[2] Arcadio Díaz-Quiñones, El arte de bregar. Ediciones Callejón, 2000, p. 51. “Bregar es, podría decirse, otro orden de saber, un difuso método sin alarde para navegar la vida cotidiana…” (p. 21). “Es difícil pensar en la cultura puertorriqueña sin la capacidad para encontrar soluciones a medias, para actuar de acuerdo con ‘la lógica de lo menos malo’ y del compromiso que es a menudo el bregar” (p. 25).
[3] Gervasio L. García, “Reguetón se escribe con h (de Historia)” en 80grados.net, diciembre, 2019. El reguetón es “la crónica del momento”, dice el historiador, como lo fueron la plena y la salsa. Cuenta sobre los problemas ordinarios de las clases populares y trabajadoras. Tiene una historia que, a veces, borramos, y que expresa rabias, luchas, desafíos y, en sus exponentes más curtidos, una crítica social con osadía y sorna.
