La huelga de 1981: una generación imperturbablemente sensible y comprometida

José E. Rivera Santana

Pocos pensábamos que ocurriría, sencillamente no estaba contemplado en nuestras discusiones como una posibilidad, por lo que tampoco estábamos preparados, pero ocurrió. En la asamblea general de estudiantes, celebrada el 21 de septiembre de 1981, en el histórico Teatro de la UPR, un estudiante que no formaba parte de las organizaciones estudiantiles propuso la huelga indefinida y fue aprobada mayoritariamente. Minutos antes, el movimiento estudiantil, agrupado en el Comité Contra el Alza Uniforme en las Matrículas y Pro Nueva Ley Universitaria, le había propuesto al estudiantado decretar un paro de una semana como mecanismo de presión para que los administradores universitarios revocaran el aumento en el costo de las matrículas. Se perseguía con esta propuesta, además, ir escalonando la movilización y ganar tiempo para organizar la implantación de la huelga, como escenario muy probable y casi inevitable. Mientras, se continuaban las negociaciones iniciadas entre el liderato estudiantil y los principales funcionarios de la Universidad con la mediación de los legisladores Gladys Rosario y José E. Arrarás; así como de los profesores de intachable reputación académica y moral, Fernando Picó y Milton Pabón.

Lo cierto es que, en el liderato estudiantil no pudimos apreciar con precisión el ambiente y la disposición del estudiantado a escalonar su reclamo y trascender la estrategia de los paros parciales, seguida hasta ese momento. En el ánimo de esa juventud universitaria latía la voluntad del desafío, de hacer patente el reto y la fuerza de la acción, todo ello al amparo de una convicción profunda de su justo reclamo.

En el ánimo de esa juventud universitaria latía la voluntad del desafío, de hacer patente el reto y la fuerza de la acción.

Lo ocurrido en esa asamblea fue, sin duda, el inicio de un cambio en lo que hasta ese momento eran las dinámicas, casi como tradición y actuación del movimiento estudiantil. En general, las organizaciones estudiantiles lograban el respaldo de las propuestas que se sometían en las asambleas de estudiantes, con muy pocos cambios. En esta ocasión, la huelga indefinida nos sorprendió, pero además demostró que el estudiantado de 1981 transitaba por percepciones políticas de mayor diversidad y complejidad, de mayor participación y de una vocación de ser actores, a la que no había intención de renunciar.

Y esa fue una de las características principales de la huelga, su impresionante masividad. Adquirida en poco tiempo y por lo mismo, la inserción impetuosa de una amplia y extensa diversidad de distintos sectores de esa generación universitaria. Para la mayoría era su primera experiencia de lucha social y política, de forma organizada. Pero ¿cómo se llegó ahí? 

El contexto social y político fue un factor determinante, como ocurre en todos los procesos sociales. La generación de 1981 había sido testigo de eventos dramáticos en el escenario político del país. Era la época del “Romerato”, como se conoció la administración de turno. En ese momento el gobernador Carlos Romero Barceló, del Partido Nuevo Progresista (PNP), pretendía imponer su agenda anexionista a “sangre y fuego”. 

Como parte de esa agenda, dos jóvenes independentistas fueron vilmente asesinados en el Cerro Maravilla en el 1978 y Romero lo celebró con “orgullo” pérfido. Otro joven, Carlos Muñiz Varela, fue asesinado en 1979 por grupos terroristas cubanos, bajo el amparo de la policía de Puerto Rico y de agencias federales como el FBI. Muniz Varela fue un joven cubano muy destacado en las iniciativas dirigidas a reunir a sectores del exilio cubano con la Revolución Cubana, además, era un militante independentista. 

Torre Nueva collage
Collage de Edna Román

Y un crimen que conmovió al País en febrero de 1980, fue el asesinato de Adolfina Villanueva Osorio, en Medianía Alta, Loíza, al enfrentar a una escuadra de la policía que fue a desalojarla violentamente de la residencia humilde que había sido su hogar junto a su esposo y seis hijos. 

El escenario se caracterizó, además, por el surgimiento de movimientos sociales de rescate de terrenos, como el de Villa Sin Miedo y las protestas y huelgas obreras exigiendo reivindicaciones salariales y mejores condiciones de trabajo. A ello se unió un evento que caldeó el ambiente político: el resultado electoral de 1980. En la percepción de nuestra gente, Romero Barceló se había robado las elecciones cuando en el momento en que se celebraba el escrutinio en el Coliseo Roberto Clemente, hubo un apagón muy sospechoso que detuvo el conteo de votos justo cuando Romero Barceló se encontraba atrás frente al candidato del PPD, Rafael Hernández Colón. Luego, cuando regresa la energía eléctrica, se invirtieron los números. Todo aquello culminó en el famoso recuento de Valencia, adjudicándose la gobernación a Romero Barceló. Sin embargo, para el país el resultado electoral produjo la investidura de un gobernador cuestionado, rechazado y sin legitimidad.

Por otro lado, había signos de iniciativas de militancia y movilización de gran impacto, originadas en los sectores políticos juveniles. Tal fue el caso de la Primera Caminata Juvenil Pro Rescate de Vieques, celebrada durante los días 5, 6 y 7 de junio de 1981, en la que se destacó la presencia de un gran contingente de universitarios. La Caminata constituyó un evento importante, no solo en sí misma, sino como expresión de la voluntad y la conciencia en amplios sectores de la juventud puertorriqueña sobre la situación desgarradora de la Isla Nena, como resultado de la presencia de la marina de guerra de EEUU, y el deber de actuar y movilizarse.

Como corolario a lo anterior, es importante destacar que a finales de la década del ’70 y principios del ’80 el pueblo puertorriqueño era blanco, sin que fuera declarado así, de los primeros atisbos de la agenda neoliberal recetada en el Informe Tobin de 1976 y adoptada con entusiasmo por gobiernos, tanto del Partido Popular Democrático (PPD) como del PNP (1). El Informe del economista estadounidense proponía una política agresiva de austeridad, dirigida a la reducción del gasto público y del espacio gubernamental y cuestionaba la existencia de las corporaciones públicas. En la Universidad de Puerto Rico, el aumento en el costo de las matrículas, encajaba perfectamente en esa política.

En el 1981 el ambiente político estaba caldeado, tenso y la política del gobierno de Romero Barceló era agresivamente violenta, con la anuencia del gobierno de Estados Unidos. Así las cosas, en nuestro pueblo, y particularmente en la juventud, existía mucho coraje y ansias de expresar la rebeldía que hervía y crecía.

Al interior del movimiento estudiantil, las organizaciones políticas atravesaban por un periodo de debilidad relativa, luego de la huelga universitaria de 1976. Como en periodos anteriores, al cabo de protestas intensas, las sanciones, suspensiones y expulsiones aplicadas al liderato de las organizaciones estudiantiles, tenían su efecto en la capacidad de articular el trabajo organizado y de movilización. No obstante, la continuidad política y la memoria histórica permanecían a través, precisamente, de las organizaciones políticas.

La continuidad política y la memoria histórica permanecían a través, precisamente, de las organizaciones políticas. 

Ese factor fue importante en la huelga de 1981. Parte de su liderato se había curtido en las huelgas estudiantiles de 1973 y 1976 y acumulaban en su experiencia haber participado en esfuerzos de solidaridad con luchas obreras, comunitarias y sociales en general. Ese era uno de los atributos que distinguían a la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI) y a la Unión de Juventudes Socialistas (UJS), las principales organizaciones políticas entonces. A esto se unió la madurez del liderato de otras organizaciones universitarias en la que se distinguieron las religiosas. Era, sin duda, una generación de jóvenes luchadores.

Con ese panorama político y en el marco de un estudiantado caracterizado por una disposición y un espíritu noble para luchar y participar desde su diversidad más amplia, fue un acierto propio de esa huelga lograr la unidad y la concertación hacia el principal objetivo que la motivó. Esta unidad se logró, en parte, con la creación del Comité Contra el Alza en las Matrículas. El Comité se convirtió en el espacio grande y amplio, en el que todos los sectores encontraban su lugar y la oportunidad de participar de forma articulada. 

Marchers holding hands

Pero esa diversidad supuso diferencias y discusiones muy agrias, en no pocas ocasiones. Horas y noches de debates caracterizaron las reuniones del Comité Contra el Alza en las Matrículas, empezando por cuál sería su nombre. En esa discusión (sobre el nombre), recuerdo una de las intervenciones puntuales y chispeantes del compañero Roberto Alejandro Rivera, entonces presidente del Consejo General de Estudiantes, cuando citó a Sancho Panza y su discusión con Don Quijote sobre si era un yelmo o una bacía lo que llevaba el barbero. Y así se resolvió el dilema de cuál versión, de las tres que se discutían, debía ser el nombre del comité. La decisión fue nuestro baciyelmo: Comité Contra el Alza Uniforme en las Matrículas y Pro Nueva Ley Universitaria.

A pesar de las disputas, las discusiones apasionadas y los desacuerdos en asuntos tácticos, al día siguiente estábamos unidos desde tempranas horas de la mañana.

Sin embargo, a pesar de las disputas, las discusiones apasionadas y los desacuerdos en asuntos tácticos, al día siguiente estábamos unidos desde tempranas horas de la mañana, repartiendo boletines, organizando asambleas de facultad, en marchas por el Recinto o implantando la huelga frente a la violencia y las agresiones de la Fuerza de Choque de la Policía.

El movimiento estudiantil demostró madurez, cohesión y masividad. Sus actividades, las destrezas en sus comparecencias públicas y su capacidad para comunicar, generaron las simpatías de nuestro pueblo. Su principal portavoz, Roberto Alejandro Rivera, cautivó con su discurso y su verbo al estudiantado y al país. Su habilidad en el debate, le brindaron al movimiento estudiantil una ventaja enorme frente a la demagogia y torpeza de los administradores universitarios y del gobierno de Romero Barceló.

En efecto, luego de decretada la huelga el 21 de septiembre, el secretario de Estado, Carlos Quirós y el propio gobernador, asumieron directamente la confrontación contra el movimiento estudiantil y se apropiaron de las funciones de los administradores universitarios. Su respuesta fue de violencia y odio, tal como había sido el estilo del “romerato“. Los cierres repetidos del campus, para luego reabrirlo con la ocupación intimidante de la policía y sus cuerpos especializados, como la Fuerza de Choque y la unidad SWAT, produjeron escenas de agresiones abusivas que impactaron a la opinión pública y a nuestro pueblo en general; provocando como reacción un apoyo mayoritario del País hacia el estudiantado que enfrentaba con valentía y determinación a todo el aparato violento y cruel del Estado. Así se dramatizó el 25 de noviembre de 1981, cuando la asamblea de estudiantes convocada ese día por el Consejo General de Estudiantes (una de las de mayor masividad en la historia del movimiento estudiantil) fue disuelta por la policía con violencia y saña abominable, extendiéndose la virulencia policíaca por todo el centro urbano de Río Piedras. Agredieron a todo el que se encontraban a su paso. Hasta una madre con su hijo en sus brazos fue macaneada en la avenida Ponce de León, frente a las cámaras de televisión, en lo que fue una imagen desgarradora que indignó a nuestro pueblo.

Poster about institutional violence

Uno de los atributos del movimiento estudiantil durante toda la huelga fue su flexibilidad en la acción y la revisión frecuente de los aciertos y de lo que no había funcionado. Esa característica permitió mantener la fuerza y vitalidad de la huelga por cuatro meses a pesar de encarar toda la estructura de poder del Estado. Igualmente, esa flexibilidad nos permitió sortear las diferentes y difíciles situaciones con mucha agilidad y sorprender al gobierno con propuestas como el referéndum o la sugerencia de Antonio Luis Ferré como mediador. En ese dramático e intenso escenario, el liderato estudiantil nunca perdió la iniciativa y logró ajustar su discurso y profundizar el proceso. Lo que comenzó como un reclamo de oposición a un aumento en el costo de las matrículas, adquirió en poco tiempo un alcance más extenso. La huelga se convirtió en el principal movimiento de justicia social en Puerto Rico y representó un cuestionamiento directo y abierto a la agenda oficial, a las políticas económicas del gobierno y a su estilo violento, autoritario y de desprecio hacia los sectores desfavorecidos.

La huelga se convirtió en el principal movimiento de justicia social en Puerto Rico y representó un cuestionamiento directo y abierto a la agenda oficial, a las políticas económicas del gobierno y a su estilo violento, autoritario y de desprecio hacia los sectores desfavorecidos.

En enero de 1982, y luego de extensas y complejas deliberaciones, el movimiento estudiantil decide poner fin a la huelga. Si bien en aquel momento no se logró detener el aumento en el costo de la matrícula el resultado político de los cinco meses de intensa lucha fue muy positivo en varias dimensiones. En el contexto de la exigencia de rechazo al aumento al costo de las matrículas se crearon programas de becas que no existían previo al 1981, por ejemplo, las dirigidas a los estudiantes graduados. Además, se impidió durante una década un nuevo aumento en las matrículas, contrario a los planes del Consejo de Educación Superior (CES). No hubo administración universitaria que se atreviera a lanzar la idea de aumentar los costos en el pago de las matrículas. Fue como si la huelga se convirtiera en una especie de némesis para cualquier propuesta de aumento. 

La huelga también jamaqueó a la universidad como institución. En los años siguientes, se le dio carácter normativo a lo que se conoció como la política de no confrontación, aunque luego fuera ignorada bajo los gobiernos del PNP.

Otra consecuencia política importante, fue la derrota electoral de Carlos Romero Barceló en las elecciones de 1984. Y en ese resultado, la huelga incidió, sin duda alguna, junto a los demás eventos narrados anteriormente.

Los mencionados fueron resultados políticos muy concretos del proceso huelgario. El de mayor alcance fue, sin embargo, la experiencia rica e intensa ganada por una generación de jóvenes universitarios que vivieron un proceso transformador, que los influenció en su formación política, en sus sentimientos y sensibilidad humana, y en su profundo compromiso social. Esos rostros se dispersaron en la amplia variedad de luchas reivindicativas y políticas por toda la extensión de nuestra Patria, que incluye la diáspora. Con frecuencia, esos rostros, compañeras y compañeros graduados con honor en la huelga de 1981, aparecían como portavoces y destacados organizadores de grupos y organizaciones comunitarias, ambientalistas, feministas, sindicales, religiosas, antimilitaristas, culturales, profesionales, sectoriales y muchas otras. 

De esa fuente generacional se nutrió, por ejemplo, la organización Caminantes por la Paz. Desde el 1985 hasta 1990, esta organización, esencialmente juvenil, protagonizó movilizaciones impactantes contra la presencia de armas nucleares en la base Roosevelt Roads, en el municipio de Ceiba. De mucha envergadura fue la marcha bajo la consigna Defiende los Árboles, cuyo propósito fue evitar la deforestación de una tercera parte del principal bosque de Puerto Rico, el Yunque. Y en efecto, la marcha tuvo como resultado concreto que el Servicio Forestal Federal revisara sus planes y así se detuvo el corte de miles de árboles.

El impulso político llegó hasta lo que fue la etapa más dramática y decisiva de la lucha por sacar la marina de guerra de Estados Unidos de Vieques, durante los años 1999 a 2003. Allí nos encontramos nuevamente, los rostros familiares e imperturbablemente sensibles de la generación de 1981.

Han pasado cuatro décadas de lo que fue uno de los acontecimientos de mayor impacto en la historia de la Universidad de Puerto Rico y que conmovió a nuestro pueblo. Su recordación me provoca emociones profundas y mixtas. Fue en medio de la huelga que nació mi hija Laura, el 3 de octubre de 1981, en uno de los cierres del Campus, precisamente. Un mes luego, mientras me encontraba en la cárcel de la Parada 8, junto Roberto Alejandro, Iván Maldonado y Ramón Bosque,  me entero que Laura estaba hospitalizada en condición delicada (2). Una agresiva bacteria en su sangre amenazaba su vida. De esa batalla se repuso y triunfó. Su vida alegre, ejemplar, tierna y comprometida con su Patria, continuó por 23 años. En este 2021, Laura Noelia Rivera Meléndez hubiera cumplido cuarenta años, también.

  1. El informe se tituló: Informe al Gobernador del Comité de Estudio de las Finanzas de Puerto Rico. Se publicó en el 1976, durante la gobernación de Rafael Hernández Colón.
  2. Encarcelados por orden del juez Peter Ortiz, al encontrarnos en desacato por violar un interdicto, solicitado por la administración universitaria, que nos prohibía entrar al Recinto.

2 thoughts on “La huelga de 1981: una generación imperturbablemente sensible y comprometida”

Leave a Reply