La vida no es presa contemporánea

Beatriz Llenín Figueroa

Las Salinas, Cabo Rojo

1

Al ritmo lentísimo del tiempo “geológico” –para nuestra insignificante especie, inabarcable–, el mundo, la vida y el agua ejecutan la toma y transmutación de la catástrofe colonial y capitalista. Ese porvenir, que, en el último análisis, es el único posible, supondrá el derrumbe y la sedimentación, el transporte y el depósito, de nuestras ruinas. Solo la humanidad tiene “ruinas”. El mundo tiene vida –que es muerte, que es vida– y nada más.

2

Cuando escribo “ruinas”, me refiero a sus diversas manifestaciones: las consumadas –aquello acabado pero caído en desuso; las anticipatorias –aquello que ha sido abandonado sin haberse completado; y las continuas –el arruinamiento deliberado como forma de política pública y economía de extracción. La “ruina” nunca concierne solamente a lo edificado, pero lo edificado siempre concierne a un símbolo: el de la decadencia, el del abandono e, incluso, el de la noción del final. El capital nos arruina en un ralentí paradójicamente acelerado. Y en el caso colonial de Puerto Rico, el margen de acción de la oposición siempre ha sido estrecho. Sin embargo, desde la profunda conciencia de nuestra ecoexistencia, sabemos que las ruinas humanas, así como la decadencia y el abandono del capital y la colonia, no son el final: la caída y el derrumbe de todo esto que la ambición extrema de nuestra especie ha producido, será transmutado. 

“Ruina anticipatoria de una isla. Joyuda, Cabo Rojo”

3

“Quiebras adelante”

Tragados por los celulares, nuestros cuerpos transitan entre las ruinas romantizadas del añejo colonialismo español entreveradas con las ruinas imposibles de romantizar del colonialismo yanki al estilo “nuevo rico” (y sus versiones pepedeístas y penepeístas).[1] Todo ello, claro está, cosido con las apoteosis y decadencias, los booms y los busts, asociados con las diversas formas del capitalismo, que no han dejado nunca de arruinarnos. Hoy, lo hace en beneficio de los mandamases tecnomilitaristas que conducen genocidios transmitidos en vivo, en Sudán, Palestina, Ucrania; invasiones espectacularizadas en Venezuela; y ejecuciones en alta mar y en la esquina de la calle como si de un videojuego se tratara. 

En la colonia, el jolgorio monetizado a más no poder y la badbonificada resistencia que muchos machacan como la oposición boricua contemporánea, no son nuestro enemigo, pero tampoco son el enemigo del enemigo. Mucho dinero que le hacen. Muchísimo. Mientras, Puerto Rico ya registra como la quinta economía más desigual del mundo.[2]

4

En nuestro país el nombre de “oposición” lo merecen, más bien, las centelleantes artes vivas de acá abajo (llamadas “independientes”), el anónimo sostén comunitario y la organización política de base, de hormigas, en defensa del maritorio y la vida.[3] Esas tres esferas (artes vivas desde abajo, sostén comunitario y organización política de base) están continuamente entrelazadas, aunque casi nadie las vea. Cultivan un ejercicio cotidiano, tan artístico como político, dirigido a contrarrestar, en la medida de lo posible, la indecible violencia perpetrada por un ínfimo porciento de nuestra especie. Se comprometen con nuestro deber humano más fundamental: el de atenuarle al mundo, al agua, a la vida, el inconmensurable peso de su labor “contra-catastrófica”.[4] Por eso constituyen una amenaza real para el poder. Por eso son incapturables por la máquina de extracción. Por eso tienen siempre que hacerlo todo con casi nada. Por eso son insuperbowlizables, inglamorizables, incapitalizables, inturistificables.

5

Pienso que ocuparse de prevenir más extinciones es mucho más urgente que inquietarse por las ruinas del capital, a no ser que lo segundo se fomente como forma de atender lo primero. En el Caribe, la acción humana colonial y capitalista ha conducido a la extinción a miles de especies desde el siglo XVI hasta hoy. Datos infravalorados por falta de documentación señalan que en nuestra región antillana se ha registrado el 10% de todas las extinciones de aves en el mundo, el 38% de todas las extinciones de mamíferos en el mundo y el 65% de todas las extinciones de reptiles en el mundo.[5] Que seamos capaces de provocar condiciones de arruinamiento para la vida lo suficientemente intolerables como para que formas completas de su milagro secular desaparezcan me derrumba infinitamente más que el derrumbe de cualquier edificación. 

En todo caso, lo que precisamos es transformar los miles de edificios abandonados en Puerto Rico, hayan sido completados y usados o dejados a medio hacer, en casas, comedores, centros de salud, escuelas y patios manejados por las comunidades, así como en refugios y albergues de flora, fauna, funga. Pero no: la política de arruinamiento por diseño que les regala el país a los innombrables criminales de la Ley 60 y a la airbienbización generalizada hace exactamente lo contrario. Bunkeriza para millonarios e ikeiza para los demás. El resultado: cada vez más graves condiciones de empobrecimiento y expulsión de nuestras mayorías poblacionales, al tiempo que la extracción y explotación ecosistémica se desboca.

“Ruinas de la Star Kist. Mayagüez”

En ese escenario, solo podemos prever más extinción de especies vulnerables y en peligro. En el Puerto Rico de hoy, el ejemplo más paradigmático de tal guillotina sobre nuestras cabezas –seguramente una ruina continua tanto como será también anticipatoria– es el caso de “Esencia” en Cabo Rojo.[6]

6

En cuanto a ruinas consumadas y, a la vez, continuas, hay un tipo que conjuga lo peor del arruinamiento y la extinción. Se trata de las ruinas tóxicas, cuya manifestación por antonomasia en Puerto Rico es el “Complejo Industrial de Tallaboa” en el valle costero de Peñuelas y Guayanilla, nombrado así porque se ubica en las inmediaciones de los cuatro barrios Tallaboa (Tallaboa Alta, Tallaboa Saliente, Tallaboa Encarnación y Tallaboa Poniente) del municipio de Peñuelas. La más conocida de las industrias allí impuestas fue la Commonwealth Refining Company (CORCO) y sus múltiples compañías satélites, incluida Costa Sur, central generatriz de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) ahora controlada por la compañía privada Genera Puerto Rico. Para la construcción de la CORCO se expropiaron y extinguieron varias comunidades de Tallaboa Poniente y Tallaboa Saliente. Durante las décadas de operación del Complejo en toda su magnitud, la contaminación de suelo, agua y aire, cuyos efectos continúan, fue descomunal. Hoy, la mitad del área del Complejo está abandonada, pero la otra mitad aún está en uso. Habría que destinar un fondo significativo de las reparaciones que continuamos exigiendo en Puerto Rico y el Caribe para la limpieza que pueda todavía hacerse en la zona, de por sí irreparablemente envenenada. 

“CORCO y compañías satélites. Ruinas tóxicas, Peñuelas”

“Ruinas tóxicas, Peñuelas”

En años recientes, me he involucrado con el área, la gente y los líderes de sus barrios, las organizaciones de base y los movimientos comunitarios que llevan décadas luchando contra la explotación de la zona como vertedero generalizado. Recreo a continuación algunas viñetas que, me parece, ejemplifican bien lo que este texto, amasijo de fragmentos, ha planteado hasta aquí.

7

 La primera vez que recorrí el ominoso “Complejo Industrial de Tallaboa”, hace ya casi tres años, no me atrevía a detener el carro y salir a caminar. Los 6.1 kilómetros de la carretera 127 están demarcados, en el extremo de Peñuelas, por la escuela pública-aún-no-cerrada Jorge Lucas Pérez Valdivieso y una capillita católica, y en el polo de Guayanilla, por la Puerto Rico Asphalt Terminal, que está localizada junto a un barrio pesquero de familias afropuertorriqueñas. Entre un polo y otro: el capital ecocida, la intemperie hostil. Verjas y alambres de púa y colosales chimeneas y tanques de todas las formas y tamaños y chatarra en suelo y cielo y cámaras de vigilancia y letreros amenazantes, la mayoría en inglés, coronados con ilustraciones de carabelas o de cámaras. Cámaras + ilustraciones de cámaras + imágenes grabadas por cámaras que incluyen ilustraciones de cámaras + cámaras que vigilan el cuarto donde se proyectan las imágenes grabadas por las cámaras = la seguridad está siempre insegura. Una ristra de nombres de compañías (también en inglés) sostiene la mortífera movida del capital y, en mi país, de la colonia que no acaba. Apenas cuatro sombras conté en el recorrido: un almendro, un mangó, un úcar, un flamboyán. 

“Ruinas: mitad abandonadas, mitad en uso”

Al año de ese primer recorrido, durante la tercera semana de octubre de 2024, y en compañía de dos maravillosas amigas, Sandra y Sonia, me envalentoné. Caminé pequeños tramos en los escasos momentos en que una orilla vegetal emerge apretujada entre la brea y las verjas. El calor pica y golpea; me muerde el cuello y me abrasa los pies. La vista no encuentra dónde descansar. La percepción se desorbita pronto tras unas cuantas inhalaciones de abrumadora pestilencia química. El zumbido del progreso y su maquinaria marea. Las manos, ávidas de tacto, de contacto, no pueden reposar en nada. Todo es textura letal. 

Caminar con los sentidos acorralados y la conciencia de la híper vigilancia militarizada en un emporio de fracaso, pérdida y muerte es acercar el cuerpo, cuanto es posible, a lo que siente un paisaje asesinado.[7] Aquí, como en el resto del Caribe, todo ha sido a costa de nuestras costas. Escenarios de carne sujeta y sangrante, preludios de los valles y los montes monocultivados con semillas y cuerpos esclavizados, nuestras arenas son látigos lamidos con la saliva del imperio y sus agentes del patio. Aun así, las tortolitas y falcones comunes que aquella mañana divisamos con frecuencia me recordaron que el crimen nunca ha sido, ni podrá ser, total. La vida, quién sabe cómo, alcanza a ponerse alas. 

Entre el sector Boquete de Tallaboa Poniente y el barrio Magas, también de pescadores, en Guayanilla, no hay posibilidad de acercarse al mar desde la tierra. La carretera secundaria 337 es la única alternativa. Conduce a la punta de una esbeltísima península divisoria entre la Bahía Tallaboa y la Bahía de Guayanilla. Sus colindantes son, del lado de Peñuelas, los cayos Caribe, Río, Palomas y María Landa y, del lado de Guayanilla, el cayo Mata. Un portón y una guardia impiden el paso a la orilla. La península está tomada por cuatro compañías en operaciones: Peerless Oil & Chemicals, Petro Taíno Transport, Crowley y EcoEléctrica Natural Gas Power Plant. Me acerco, no sin aprehensión, a la guardia:

—¿Me dejas pasar un momentito? Solo quiero ver el mar, ¡el mar de nuestro país!

—No puedo, bendito. Son terrenos federales y las regulaciones son bien estrictas por el terrorismo. Si me ven dejándote pasar, me botan ahí mismo. Imagínate que aquí cualquier visitante autorizado por las compañías se tiene que identificar con este y este y este otro documento y, de todas formas, están sujetos a inspecciones aleatorias.

—¿Por el terrorismo?… Okei… Pues mira, te doy mi celular y tú caminas hasta allí y le tomas una foto al mar, aunque sea, una fotito ná má. 

—Ni yo puedo caminar fuera de aquí (se refiere al puesto de seguridad, que es un cajoncito de madera 3×3’, a lo sumo).

—¿Y tú te la pasas ahí, en ese cubujón, con este calor infernal, todo el día, todos los días? 

—Sí… es la que hay.

—¿Y eres de por aquí? 

—No, yo vengo de […].[8] 

—¡Pero eso es un viaje largo! 

—No tanto, fíjate… 

—Okei. Pues… Gracias. Cuídate. Un gusto conocerte.

—¡Igual! 

Derrotada, caminé de regreso a la guagua de mi amiga. Cuatro sombras en todo el tramo. Solamente una persona humana con quien conversar. Y esta vigila a diario de una porción de costa que ni siquiera puede mirar.  A unos pocos kilómetros al este de los “terrenos federales”, el Río Tallaboa, ahogado y vivo, deseante –mi país, digamos– se entrega a la bahía.

“El agua, promesa de futuro”

8

Quiero confiar en que el desgaste producido por la inagotable acción del agua en cualquier orilla es promesa de futuro, tal vez la única posible.[9] Lo pequeño amontonado, trasladado, depositado, es una isla, es decir, un fósil vivo de ese pasado continuo que llamamos presente. El mundo –que es como decir, el agua, la vida– ha sentido tanto y por tantos miles de años, que nunca –ni siquiera ahora– tiembla de miedo como yo. A diferencia de nosotras, la vida no es presa contemporánea. No se queda sin palabras porque no las necesita. No teme al capital, a los multimillonarios, a la tecnomilicia, a la invasión, al genocidio, a los dictadores, a la artificial inteligencia, al imperio. Sabrá comérselos a todos, volverlos arena, sedimentarlos hasta convertirlos en piedras que serán islas repletas, de nuevo, de otras especies más gentiles. 

“Se asoma el futuro”

 

 

 

Solo la humanidad tiene “ruinas”. El mundo tiene vida –que es muerte,
que es vida– y nada más.

 

Notas

*Algunas secciones del presente ensayo corresponden a un libro en preparación sobre Peñuelas y Guayanilla que preliminarmente he titulado Agua que desea y que forma parte de un proyecto más amplio de nombre Puerto Rico caminado. Todas las fotos y el material videográfico que aparecen en este ensayo son de la autora. 

[1] Se refiere a los perfiles de los dos partidos tradicionalmente dominantes en la política puertorriqueña: el PPD (Partido Popular Democrático) y el PNP (Partido Nuevo Progresista). 

[2] Véase el Informe sobre desarrollo humano, Puerto Rico 2016 del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico, disponible aquí.

[3] El concepto de “maritorio”, originado en los años 70 en el archipiélago chileno de Chiloé, remite a zonas “donde la presencia marítima se confunde con la terrestre de manera intersticial, y en la que la actividad humana demuestra un comportamiento transicional y no disruptivo” (Ricardo Álvarez, Francisco Ther-Ríos, Juan Carlos Skewes, et al. “Reflexiones sobre el concepto de maritorio y su relevancia para los estudios de Chiloé contemporáneo”. Revista Austral de Ciencias Sociales, núm. 36, pp. 115-126, 2019. p. 115).

[4] El concepto es de Nelson Maldonado-Torres. Véase su “Afterword: Critique and Decoloniality in the Face of Crisis, Disaster, and Catastrophe”, en Aftershocks of Disaster: Puerto Rico Before and After the Storm, eds. Yarimar Bonilla y Marisol LeBrón, Haymarket Books, pág. 339.

[5] Véase el reportaje “Caribbean Endemics: Making a Big Difference with Small Islands.” Disponible aquí

[6] Refiérase a todo el trabajo que documenta este planteamiento en el repositorio de materiales de la coalición Defiende a Cabo Rojo, disponible aquí. La lucha por prevenir la construcción de este megaproyecto de lujo continúa. Puede informarse al respecto en las redes sociales de dicha coalición (Instagram y Facebook).

[7] “El trabajo de mover el cuerpo propio, situarlo para vivir junto a lo que reste (whatever remains), no pretende recrear sentimentalismo por la arquitectura o el espacio pasados, sino iniciar prácticas de rastrear, caminar, sentarse y respirar con estos restos materiales y humanos inter-saturados que revelan como un tráfico de muerte el vivir con la explosividad hasta el presente” (Javier Arbona-Homar, Explosivity: Following What Remains. University of Minnesota Press, 2025, p. 180).

[8] Revelar el municipio comprometería a la empleada.

[9] Pero no será inagotable si el terrible informe del Institute for Water, Environment, and Health de la United Nations University, titulado Global Water Bankruptcy: Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era (2025), tiene razón… El informe, divulgado el 20 de enero de 2026, está disponible aquí.

*Beatriz Llenín Figueroa es compañera y amiga, escritora y estofona, editora y traductora, aprendiz de caminos, animales, militancia y artes vivas. Es co-fundadora y co-editora de Editora Educación Emergente (EEE) y coordina su plataforma de servicios, PalabrAdicción. Ha publicado siete libros oscilantes entre la teoría, la crítica y la creación en prosa y verso. Milita en la coalición Defiende a Cabo Rojo, colabora con artistas del cuerpo y la calle y está inmersa en un proyecto de caminoescrituras preliminarmente titulado Puerto Rico caminado.

Leave a Reply

Discover more from

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading