Salinas, ruinas y resistencia

Ruth “Tata” Santiago

“Central Aguirre”.
Foto: Jorge Lefevre-Tavárez

De los inicios de la Central Aguirre 

A raíz de la ocupación de Puerto Rico por los Estados Unidos en 1898, se extiende en el archipiélago la agroindustria de la caña de azúcar en su vertiente de monocultivo. La Central Azucarera de Aguirre en Salinas fue parte de ese proceso que incluyó el acaparamiento mediante distintos subterfugios de grandes extensiones de terreno fértil a lo largo de varios municipios en el sureste de Puerto Rico. El acaparamiento se extendió a fuentes de agua, mano de obra mal pagada y peor tratada y la inversión de los estadounidenses en maquinaria para maximizar sus ganancias de la molienda de la caña. 

Julio Tomás Martínez , “El genio del ingenio” (1910).
Museo de Arte de Puerto Rico

Aguirre llegó a ser la segunda central azucarera de mayor producción en momentos en que Puerto Rico era uno de los suplidores principales de azúcar para el mercado estadounidense. Estuvo operando a lo largo de casi todo el siglo XX, hasta el 1970 como compañía privada y, a parti de ahí, como parte de la Compañía Azucarera de Puerto Rico hasta el 1990 [1].  Por más de sesenta años generó grandes fortunas para sus dueños, inversionistas de Boston. Sus prácticas laborales de explotación precipitaron confrontaciones con la fuerza trabajadora llevando a acciones obreras concertadas y huelgas. Muchos de los nuestros antepasados de los habitantes de la zona participaron de alguna manera en la industria del azúcar [2]

Aguirre fue un imán para trabajadores y trabajadoras de distintas partes del archipiélago y también de las islas de las Antillas Menores como Saint Thomas y Saint Croix. Estos últimos aportaron su trabajo y también crearon un gran legado cultural, particularmente en la música y el baile. Una teoría de Ramón López apunta a que el desarrollo del género musical de la plena puertorriqueña contó con las aportaciones de trabajadores y trabajadoras de las Antillas Menores e indica que uso de los panderos en Puerto Rico comenzó con la llegada de esos migrantes, particularmente los de las islas inglesas [3]

Durante las primeras décadas del siglo XX, se construyó en Aguirre la fábrica de moler caña, almacenes, sistema y vías de tren, muelle, un sistema de grúas y todo un poblado o “company town” que funcionó casi totalmente separado del municipio de Salinas. Además de las estructuras industriales, se construyeron decenas de residencias, algunas de gran tamaño, para los estadounidenses y también comercios, incluyendo una tienda por departamentos, un hospital, áreas recreativas como el primer campo de golf en Puerto Rico, casa club, hoteles segregados (uno para los estadounidenses y otro, menos fastuoso, para los puertorriqueños), entre otras estructuras. La segregación racial y el racismo al estilo estadounidense implicó algo distinto al racismo español. El discrimen estadounidense se caracterizó por ser tajante, limitando severamente el contacto entre anglos y puertorriqueños, particularmente con la gran población afro-boricua del litoral sureste [4]. Por ejemplo, la entrada al poblado Aguirre, no solo la Central, tenía una barrera que los estadounidenses cerraban para minimizar el paso de los y las puertorriqueñas que no fueran sirvientes en las grandes casas de los anglos. 

En la década de 1970, los dueños de la Central Aguirre propusieron cerrar la fábrica, que era la principal fuente de empleo del área. En ese momento, el gobierno de Puerto Rico se la compró a los estadounidenses y continuó operándola hasta el 1990. 

Una segunda ruina en proceso

Debe señalarse que la industria azucarera no fue la única que generó ruinas y coartó las posibilidades de actividad agrícola, limitando la producción de alimentos para sostener a la población del país. Estas posibilidades fueron también soslayadas por la militarización de Puerto Rico. En 1939, comienza en Salinas, y en otras partes del archipiélago, el acaparamiento de grandes extensiones de terreno para establecer instalaciones militares estadounidenses. En Salinas, lo que hoy se conoce como el Campamento Santiago, establecido en 1939, ocupa una tercera parte del territorio del municipio—aproximadamente 13,000 cuerdas de terrenos que antes eran comunidades de producción agrícola diversificada, conocidas como Los Ausubos, El Centro y Río Jueyes, entre otras. 

Desde sus inicios la instalación militar costó vidas y causó estragos por las prácticas con municiones vivas y el uso y mal manejo de múltiples sustancias contaminantes. La actividad militar produjo “ruinas en proceso”, que en el caso de Salinas, aun no se ha comenzado a atender. Por “ruinas en proceso” nos referimos a una forma de describir las distintas maneras en que el bienestar comunitario, la salud pubilca y los ecosistemas son arruinados por la contaminación que se produce en las zonas de sacrificio, como lo es el sureste de Puerto Rico. También para indicar que, bajo el capitalismo neoliberal, el proceso de arruinar es uno que se repite.


El éxodo, a su vez lleva a otras ruinas: población vulnerable
y envejeciente desatendida y casas abandonadas por
razón de que la vida en nuestro archipiélago es inviable.
 

Ante el cierre inminente de la Central Aguirre en el 1990, residentes de Salinas, como Nelson Santos Torres y Heriberto Conde y grupos comunitarios, como el Comité para el Desarrollo de Salinas y otras 40 organizaciones, redactaron un Manifiesto para promover el desarrollo económico y social del municipio, tras la pérdida de empleos de la Central y otras industrias. Se llevaron a cabo asambleas y reuniones con las agencias de gobierno en el batey de la Central Aguirre. Los grupos comunitarios adelantaron bosquejos de propuestas que incluían crear un marco de desarrollo basado en la sostenibilidad, considerando además el reuso de las estructuras de la Central para turismo de base comunitaria, talleres de construcción, ebanistería, procesamiento de alimentos, la industria de la pesca, la artesanía, entre varias alternativas adicionales. En otras palabras, las organizaciones buscaban evitar que las estructuras se convirtieran en ruinas. El gobierno no acogió las propuestas comunitarias sino que decidió favorecer a empresas foráneas, cediéndole el uso de las facilidades de la Central, entre ellas a una compañía de reciente creación que alegadamente llevaría a cabo el manejo de neumáticos desechados. El mal manejo de la empresa llevó a un fuego de grandes proporciones en marzo de 2000 que destruyó y afectó al menos tres de las estructuras principales de la Central. La ruina de la Central Aguirre se profundizó a partir de ese momento.



Las ruinas del sistema eléctrico y sus implicaciones humanas

Paralelo a la caída de la Central Aguirre en la década de 1970, se levanta en el mismo barrio la Central Termoeléctrica de Aguirre, formalmente conocida como el Complejo Generatriz Eléctrico de Aguirre, el más grande, de mayor capacidad de generación eléctrica y más contaminante en el país. La Termoeléctrica, como se la llama en Salinas, se suponía que generara electricidad para las industrias del área, tales como la refinería de petróleo Philips Puerto Rico Core y las plantas farmacéuticas ubicadas principalmente en el municipio adyacente de Guayama. A pesar de las generosas exenciones contributivas y otros beneficios que recibieron del gobierno, estas industrias fueron prácticamente “aves de paso” que dejaron atrás ruinas físicas, ecológicas y enfermedad tras su paso por la región. 

No obstante los fracasos del modelo económico nefasto adoptado por el gobierno de Puerto Rico a finales de la década de los 1940, dirigido a atraer e incentivar el establecimiento de industrias altamente contaminantes, a mediados de la década de 1990, las agencias gubernamentales aprueban permisos de construcción para una planta de quema de carbón de la corporación estadounidense Applied Energy Services (AES). Con la promesa de generar energía barata, AES comenzó a operar en Guayama en el 2002, sin salvaguardas mínimas para el manejo de los residuos de la combustión de carbón, conocidos como cenizas. 

Esto fue el comienzo de otro procesos de arruinamiento: ruina del agua, del aire y de las tierras del sureste de Puerto Rico. Desde el principio las cenizas tóxicas de AES fueron amontonadas sobre la tierra sin barrera ni control alguno, causando no solo la contaminación del aire y la tierra sino también el envenenamiento del agua subterránea, el Acuífero de la Costa Sur, la única fuente de agua potable para decenas de miles de personas en el sureste de Puerto Rico. 

De la serie “#Contaminados” (2017) de Herminio Rodríguez.

No conforme con el daño continuo de la carbonera AES, desde el 2024 la corporación ha emprendido un nuevo ataque en suelo boricua. Esta vez, AES acapara cerca de 1,500 cuerdas de terrenos entre Salinas y Guayama para construir proyectos de placas solares a escala industrial en algunos de los suelos más fértiles del país. En el proceso de construcción, AES remueve los árboles y la vegetación, compacta el terreno, altera los contornos e invade humedales para construir cientos de miles de módulos donde ubicar los paneles, utilizando un sistema conocido como Maverick. Este, a su vez, causa mayor desplazamiento de agua de lluvia hacia comunidades que ya enfrentan problemas de inundaciones.

A pesar de la aparente sostenibilidad de los sistemas solares, la ubicación de estos proyectos arruina grandes extensiones de terrenos de alto valor agrícola y ecológico. Además, luego del huracán María, los proyectos de energía renovable a escala industrial que dependen del sistema centralizado de transmisión y distribución de energía no pudieron operar por más de un año. Algunos, como Humacao Solar y Punta Lima (eólico) fueron destruidos. Esto demuestra las limitaciones de este tipo de sistema industrial y centralizado. La ausencia de servicio eléctrico fue una de las causas principales de la alarmante cantidad de muertes luego del huracán María que ascendió a, al menos, 2,975 fallecimientos. Incidentalmente, la ubicación de los módulos para los paneles en áreas más bajas para intentar controlar el desplazamiento de agua hacia las comunidades cercanas expone los módulos y, por ende, el proyecto al deterioro por exposición a grandes cantidades de agua. Estas son las “ruinas en proceso”. 

El daño de los proyectos de AES se extiende al erario público y al presupuesto de las y los abonados del sistema eléctrico del país no solo por sus impactos detrimentales y su vulnerabilidad ante los huracanes y tormentas más intensos precipitados por la crisis climática. También se arruinan los fondos públicos cuando AES y otras corporaciones con fines lucrativos que operan en Puerto Rico chantajean al país, amenazando con cerrar sus operaciones repentinamente si no se les aumenta el pago más allá de las cantidades negociadas en los contratos de compra de energía con la Autoridad de Energía Eléctrica de Puerto Rico. Las corporaciones como AES, en la medida en que controlan la generación eléctrica del archipiélago, mantienen al país como rehén, según sucedió en 2023 cuando el gobierno, a través del Negociado de Energía y la Junta de Control Fiscal, le aumentó el pago a AES ante sus amenazas de cerrar repentinamente. 

La dependencia en las corporaciones foráneas con fines lucrativos, particularmente en el ámbito del servicio eléctrico (LUMA Energy, Genera/New Fortress, Inc., entre otras) está creando un país en ruinas. Esto es parte de la pluricrisis que enfrentamos en Puerto Rico. La dependencia es uno de los factores importantes que incide y empuja hacia el éxodo masivo de la población puertorriqueña. El éxodo, a su vez lleva a otras ruinas: población vulnerable y envejeciente desatendida y casas abandonadas por razón de que la vida en nuestro archipiélago es inviable. 

Los vaivenes cíclicos del modelo económico que oscila con la inversión o no-inversión de empresas foráneas arruina vidas. Al acaparar la tierra, el agua y la fuerza laboral, el desplome que ocurre cuando se abandona el archipiélago deja a parte del país en ruinas. 

Coda

La Central Aguirre y sus contrapartes modernas, como AES, son ejemplo del desarrollo insostenible que lleva a Puerto Rico a la ruina. Esta ruina es innecesaria puesto que Puerto Rico tiene alternativas, tanto en el campo energético como en la agricultura, para cumplir con las necesidades de sus residentes sin arruinar las posibilidades de las futuras generaciones. En lugar de la quema de carbón y otros combustibles fósiles para generar energía y los proyectos solares a escala industrial en terrenos, Puerto Rico podría lograr la sostenibilidad y la viabilidad mediante un modelo energético distribuido, democrático, descolonizado además de descarbonizado [5].  Puerto Rico cuenta con más que suficiente “recurso techo” y áreas construidas para ubicar sistemas solares en conjunto con sistemas de almacenamiento de energía para suplir toda su demanda eléctrica, a la vez que se podrían implementar programas de conservación, eficacia, educación y manejo y respuesta de la demanda energética. De igual manera, es imprescindible que el archipiélago abrace la producción agrícola sostenible, la agroecología y las alternativas similares para lograr la soberanía alimentaria. Puerto Rico no tiene por qué ser un país en ruinas. 

Protesta del 22 de febrero del 2024. Foto: Luis Calderón.
Tomado de la página de IDEBAJO.

Notas

Agradezco al equipo editorial de Categoría Cinco por invitarme a contribuir este artículo. También agradezco la colaboración con respecto a la historia y cultura del sureste de Nelson Santos Torres y todas las personas que colaboraron en el periodico comunitario, Salinas Hoy, y a Hilda Lloréns, Catalina de Onís, Carlos García-Quijano, a lo largo de los años.

[1] “Salinas: breve historia de la Central Aguirre”. Enciclopedia de Puerto Rico. https://enciclopediapr.org/content/salinas-breve-historia-de-la-central-aguirre/.

[2] Como indica Hilda Lloréns: “La producción del rey azúcar está arraigada no solo en la historia y la ecología del sureste, sino también en la historia ancestral y de parentesco de la región”. “Toxic Racism in Puerto Rico’s Sacrifice Zone: In Jobos Bay, Afro-Puerto Rican communities living in the shadow of two polluting power plants fight for the right to a safe environment”. NACLA Report on the Americas53(3), 275–280. 

[3] Cindy Burgos Alvarado, “Plena, identidad y resistencia: el sonido que une al pueblo puertorriqueño”. En Platea PRhttps://www.plateapr.com/que-saber/plena-puertorriquena-historia-futuro.

[4] Ver el video “Viaje al pasado visitando la Central Aguirre y sus alrededores”: https://www.youtube.com/watch?v=Pt59I1bR7ZY.

[5] Ver Catalina M. de Onís, Energy Islands. Metaphors of Power, Extractivism, and Justice in Puerto Rico. Oakland, CA: University of California Press, 2021; E. O’Neill-Carrillo y Rivera-Quiñones, M. A. (2018). “Energy policies in Puerto Rico and their impact on the likelihood of a resilient and sustainable electric power infrastructure”. Centro Journal, 30(3), 147–171; E. O’Neill-Carrillo, E., Mercado, E., Luhring, O., Jordan, I., & Irizarry-Rivera, A. (2019). “Community energy projects in the Caribbean: Advancing socio-economic development and energy transitions”. IEEE Technology and Society Magazine, 38(3), 44–55.

 

*Ruth Santiago es residente del municipio de Salinas, en donde ha trabajado con grupos comunitarios y ambientales, asociaciones de pescadores y otras organizaciones durante más de treinta años. Ha participado en el establecimiento de alianzas amplias para prevenir la contaminación de los vertederos a los acuíferos y otros cuerpos de agua, las emisiones y descargas de las centrales eléctricas y los residuos de la combustión del carbón y múltiples gestiones para promover la democracia energética. Además de los litigios en tribunales y agencias administrativas, ha participado en la organización de proyectos de educación ambiental, asesoramiento a grupos comunitarios y ambientales y a la Reserva Nacional de Investigación de Estuarina de la Bahía de Jobos sobre temas de protección de cuencas y uso de terrenos. Educada en Lehigh University obtuvo su grado en abogacía de la Columbia Law School y ha publicado artículos sobre temas de energía. Formó parte del extinto Consejo Asesor sobre Justicia Ambiental de la Casa Blanca (WHEJAC).

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