Viaje hacia las cosas
Sofía Cardona
“Llaves”. Foto: Eduardo Lalo (2025)
Hablemos de las cosas que no están. Cosas como los sellos de bordes dentados, como las cartas que llegaban al buzón, como las tumbas en las que solíamos colocar a nuestros muertos, como los libros que se acomodaban en una estantería. Puede que haya habido buenas razones para todas las sustituciones –del sello, la carta, el panteón, el libro impreso–, pero ahora, ¿cómo sentimos el peso de las palabras, dónde tallamos los nombres de los muertos para que el aire, el agua y la fantasía se alimenten? ¿Habrá alguien en el futuro dispuesto a imaginarlos?
Convoco el poder de la materialidad y me acomodo al mundo nuevo: paso la mano sobre una superficie lisa, correosa, tibia o yerta: distingo entre lo mío y lo ajeno, lo vivo y lo muerto, busco las palpitaciones. Más acá queda la cosa, abocada a su desaparición. Me toca sopesar lo ingrávido, imaginar lo posible. Me siento ante la computadora y la abro como si fuera encontrar allí a alguien esperándome.
Travesía virtual
Los ojos recorren este otro territorio, buscan constancia de las cosas que suenan al caer o al deslizarse sobre una superficie, de las cosas que huelen como no huelen estas luces que hipnotizan. Enfrento la pantalla que me ciega y me oculta lo que está atrás: quién sabe si alguna criatura de las que antes vivían en mi cabeza. Me cuesta distinguirlas.
… ¿cómo sentimos el peso de las palabras, dónde tallamos los nombres de los muertos para que el aire, el agua y la fantasía se alimenten?
Rebusco las imágenes del día y es como caer en un abismo. Suben y suben escenas de atropellos, bombardeos sobre ciudades que nunca he visitado ni visitaré, barrios arrasados, imbéciles gritones, elaboradas mentiras, algún animalito adorable y varios gatos de incomprensible mansedumbre. ¿Qué he hecho para merecer la precipitación de tanto horror y tanta tontería entreverada? Todo parece suceder lejos y este aparato siniestro lo coloca ante mí, al alcance de mi ánimo, y me sume en el desconcierto.
Y así va cayendo todo eso sobre mí y voy cayendo yo misma, la idea misma de mí, inmóvil frente al rectángulo luminoso, embobada, entregada a ese desplazamiento continuo de la conciencia. No hay nadie a mi lado para sostenerme porque los amarres con la gente real son distantes y leves, frágiles, como extendidos hilos, pero hilos al fin, que apenas pueden combatir los tirones de la urgencia. Son fuertes, lo sé, pero son hilos. Son hilos con haches mudas, con una i que los inicia y los eleva hasta cielo de la boca y los despide, shhh; shhh que los levanta y los disipa. Como si no estuviera en ningún sitio. Le llaman red, y yo soy el animal que atrapa. Quedo suspendida en un espacio que no existe en realidad, pero que duele.
Y acá quedo en mi cuerpo-cosa. Perpleja. Sin nada que tantear, sólo la impresión de haber estado lejos de mí misma. No hay peso ni superficie. Recreo en mi cabeza un mundo reducido, una silueta familiar, y me sueño atrapada allí con la misma i de aquellos hilos. Vuelvo a ser un cuerpo vulnerable, presa del tiempo sigiloso, dispuesta al tropiezo, al derrumbe y a la carrera.
El revuelo de las cosas
Camino por lugares familiares y alboroto la memoria. Ninguno ha quedado intacto, y varios, ahora, sólo los puedo imaginar. Es una actividad solitaria y agotadora. Suelo hacerlo de vez en cuando, y siempre me prometo abandonar la práctica. Me tienta todos los días en el recinto universitario donde trabajo. La facultad es un edificio en ruinas. Son ruinas románticas, rodeadas de árboles y jardines a la inglesa, poblados de gatos perezosos que, de tan viejos, ya conocemos. Está el gato feo, el que cuelga sus cuatro patas cuando duerme sus siestas en el espaldar del banco, como si lo agarrara, el gato atigrado y veloz que campea frente a la Lázaro, como si viera fantasmas, y varios más que no he alcanzado a identificar todavía. El edificio tiene un aire sagrado, y los pasillos anchos me recuerdan los atrios de una catedral mendiga. Las estudiantes –porque esta mañana los varones han tardado en aparecer, no sé por qué– parecen como si rezaran, ocupadas como están en revisar sus teléfonos.
Me niego a la rememoración de las escenas que ocurrieron en ese mismo espacio. Espanto las imágenes. No quiero ser melancólica, me digo. Debo estar en el presente, me advierto.
Foto: Sofía Cardona
Foto: Sofía Cardona
Una tarde encuentro a cuatro estudiantes esperándome en un pasillo. Uno de ellos tiene una guitarra. Así, sentados en el suelo, tan despreocupados, me obsequian una imagen que reconozco. No resisto la tentación y les pido permiso para una foto. Inmediatamente se las envío a mis amigas: “Humanidades, vive”, les pongo.
¿Dónde están tus hijos?
––¿Y dónde están tus hijos? ––, me pregunta una vieja amiga poco después de saludarme. La pregunta suena a sentencia bíblica, como si le hablaras a una madre sobre un campo de batalla. Pienso en Ucrania, en Gaza, o en uno de los países que nunca recuerdas de Asia Menor o África. Pero no, hablamos en Río Piedras, y te entra como una risita triste de esas que se disimulan y sigues la conversación, le dices que también tú estabas por preguntar lo mismo, y dónde están tus hijos. No cómo están, en qué andan, qué ha sido de elles, en general, sino en dónde están, como si se nos hubieran perdido o tuvieran la costumbre de perderse, como las llaves o los espejuelos. En dónde están tus hijos, porque suponemos que no están aquí, en esta isla difícil. Yo pienso en las madres corajes de diciembre del 2022, las madres ucranianas de Kiev que buscaban a sus hijos arrebatados por la guerra, en los bombardeos constantes sobre Gaza y la hilera de cuerpos empaquetados, dispuestos ordenadamente en hileras, y me parece, la nuestra, una pena pequeñita.
“Llaves”. Foto: Eduardo Lalo (2025)
Mis hijos están lejos. Están afuera. No están. Recientemente el Centro de Periodismo Investigativo publicó un estudio sobre “el costo familiar de la migración puertorriqueña”, precisamente sobre esta situación tan común. Mis vecinas, mayores que yo, van y vienen entre Estados Unidos y Puerto Rico, conscientes de que en algún momento tendrán que mudarse permanentemente para facilitarles a sus hijos el cuidado. Yo trato de no pensar en eso, pero ya ven. Sí, me pongo dramática en medio de las fiestas navideñas, del jolgorio por decreto, porque hubo gente varada en los aeropuertos hace unas semanas, con sus modestas fiestas interrumpidas por el ataque a Venezuela, y el aleteo de lo tremendo llegó hasta acá, y la mesera de la fonda dominguera interrumpió su dictado del menú para responder su celular, ustedes disculpen, parece que mañana no trabajo, soy reservista, me activan. ¿Dónde están tus hijos? ¿Dónde estarán?
Este es el más reciente espanto, recordar una vez más lo ya que sabemos, que somos isla y colonia, territorio de valor estratégico, tierra del mar y el sol, de la guachafita y las bases militares, que lo tremendo llega en algún momento hasta tu casa.
Derrumbe
Los ojos secos, la mente, igual. El paisaje y el entorno, exactamente como las semanas anteriores: la impresión de estar perdiendo algo, como un saco lleno de arena que se pierde por un agujerito, un agujerito que ha hecho el tiempo y no puedo taponar, o no quiero. No quiero porque me dejo hundir en la tarde como en un lecho (sí, lecho suena mejor), en un lecho blando y mullido que me va abrazando ––qué calor––, que me va cubriendo por los flancos hasta enterrarme toda en su suavidad: blancura de la inconciencia, del dejar ir, del dejar caer: de caer, de hundirse pesadamente como una pieza más que es engullida por esa cosa que podría ser tiempo, pero no lo es, que podría ser la vida ciega, pero tampoco, que es un monstruo de espuma, de ruidos, que me borra y me inmoviliza, y entonces ya no me queda más nada que decir.
Myrna Báez, “Retrato de un sueño” (1988)
He despedido a mi hijo en el aeropuerto y de regreso cruzo el puente hacia Río Piedras. No sé cuándo lo volveré a ver, si tendrá tiempo y dinero para visitarnos las próximas Navidades, si el cielo estará abierto o cerrado por operaciones militares. Es uno de esos días maravillosos de este enero luminosos, frescos, extrañamente apacibles. Se escucha el tránsito de la avenida, pero también muchos pájaros que nos visitan en estos meses. He aprendido a escucharlos. A mi izquierda, nuestra Sierra de Luquillo levanta su perfil. A la derecha, alcanzo a ver, rodeada de construcciones desordenadas, la Torre de la Universidad. Quién te ha visto y quién te ve. Leo las señales de la naturaleza literariamente, como si en ese momento empezara una historia. Me siento cursi y melancólica, muy a mi pesar, culpable por esta tribulación personal.
Mi pena es tan pequeña comparada con las otras, las mayúsculas, las tremendas. No sé si me consuela pensar que no estoy sola, que la mía es, hoy, aquí, una pena común. ¿En dónde están tus hijos? Llego a casa y, para pensar, escribo esto a lápiz sobre un papel real. A ver si así, sí. Si así entiendo este momento que vivimos, esta sensación de derrumbe que comparto con tanta otra gente, este lugar que he escogido ocupar para sumarme a esa otra red que sostendrá nuestros cuerpos uno a uno.
*Sofía Irene Cardona escribe libros y enseña literatura en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha publicado poesía, relatos para adultos, cuentos infantiles y textos libres. También es colaboradora del suplemento cultural “En Rojo” del periódico Claridad. Entre sus libros se encuentran La habitación oscura (2006), El libro de las imaginadas (2008), Desde la quinta nube (2016), La maravillosa visita del calzadísimo extranjero (2017), Todo pasa (2024) y Los tres Jacobos (2025).
