Los principios del final

Gervasio L. García

Mi hija lleva dos años en la UPR de Río Piedras y no ha pisado un salón de clases. Está en Naturales y el único laboratorio asignado es virtual. Y no le ha visto la cara a dos profesores en la pantalla de su computadora.

Testimonio oral de una madre amiga

Cuando pienso en la huelga de 1981, pienso en la huelga de ideas e iniciativas de la UPR de Río Piedras en el 2021. La primera nació de la admirable gestión estudiantil para frenar el aumento desmedido y arbitrario de las matrículas. La Universidad de ahora tiene los portones abiertos y circulan los oficiales administrativos, pero la mayoría de los profesores y estudiantes son los fantasmas intermitentes de la internet mientras pagan una matrícula casi tan alta como las universidades privadas. Es decir, la epidemia lleva a la “nademia” (el virus del nada me turba, nada me espanta, viva la inercia). Es la coartada para disfrazar las carencias intelectuales y congelar los descontentos profundos. Me recuerda una de las etapas de la universidad “abierta administrativamente” que vivió Fernando Picó en 1981:

“… para los cientos de otras personas que acudían diariamente a sus oficinas en el Recinto, la universidad podía funcionar con normalidad ‘administrativamente’ -los papeles seguían moviéndose de escritorio en escritorio, se circulaba memoranda, se catalogaba, se fichaba, se respondía el teléfono. Lo único que no había era estudiantes, ni clases, ni libros circulando.” (1)

En una lúcida y valiente crónica de sus gestiones mediadoras junto a Milton Pabón y Roberto Alejandro, Fernando concluyó que el paro estudiantil socialista ocurrió en el seno de una universidad feudal. En ocasión de la protesta del profesor Georg Fromm exigiendo el uso de la biblioteca, cerrado su acceso a pesar de que los bibliotecarios estaban en sus puestos, Picó creyó descifrar el tono feudal: “Había algo en el piquete solitario de Fromm que evocaba al caballero andante frente al castillo. Y no era solamente porque se diera el caballero, sino también porque al otro lado del foso ideológico se daba el castillo y su mentalidad de asedio, de lealtades feudo-vasalláticas, y de concepciones de pundonor.” (2) Además, Picó insiste en que la universidad poseía un engranaje anacrónico:

“…Una universidad concebida jerárquicamente […] en la que lealtades extra-institucionales dictan posiciones tan grotescas como defender las pasadas actuaciones de la Fuerza de Choque […] no pasa por el cedazo de la racionalidad. La eficiencia, la impersonalidad y la especialización de tareas que caracterizan las empresas modernas, escasamente se manifiestan en la universidad en su periodo de crisis huelgaria.…Cuando se abandona la racionalidad por mor de unas consignas autoritarias, no se está lejos del encierro en mazmorras medievales.” (3)

Era una universidad colonial (al tope de una educación pública pre-universitaria) delineadas para formar los cuadros dirigentes y la mano de obra dócil y productiva: primero de la gran factoría azucarera y luego de la industria norteamericana por invitación. El autoritarismo, la estructura jerárquica, la ineficiencia y la ausencia de especialización, denunciados por Picó, se dieron en el feudalismo y también en el Puerto Rico contemporáneo.

La sordera ante los reclamos de justicia e igualdad tuvo precedentes en la universidad de Jaime Benítez y de la mayor parte de los rectores que le siguieron. Los estudiantes del 81 no dejaron de evocar, como bien recuerda Picó, modelos colectivos de toma de decisiones, sintonías con las luchas laborales, reclamos de ofertas académicas más amplias, la toma en cuenta de las desigualdades económicas del estudiantado y un cúmulo de “obligaciones morales.” Era el programa progresista radical de la vanguardia que recogía y gritaba el sentir del estudiantado de todas las ideologías.

“¡Y qué medieval les parecerá ahora a ustedes! Imagínense que no fue hasta un año después de mi graduación, el célebre año de 1969… que se atrevieron a venir las primeras chicas en pantalones a esta universidad… muchos profesores prohibían terminantemente la entrada de las empantalonadas.”
Ana Lydia Vega (4)

“En aquella Universidad la censura de algunos temas y autores era severa. El Consejo de Estudiantes estaba prohibido al igual que la posibilidad de escuchar a un escritor o a una figura política socialista o abiertamente independentista. Estábamos amordazados.”
Arcadio Díaz Quiñones (5)

La prohibición de pantalones femeninos y de invitados de socialismo e independentismo subidos se dio en el seno de una universidad superior a muchas universidades estadounidenses de la época. La Escuela de Medicina, los departamentos de Estudios Hispánicos y de Drama, las ciencias sociales y los deportes fueron ofertas vibrantes y originales de una excelencia respetable y celebrable. Por el teatro universitario pasaron muchos de los mejores artistas extranjeros y criollos, y el club de cine nos envolvió en las películas europeas más innovadoras y provocadoras. En suma, la Universidad nos dio un clima intelectual enriquecedor y unos grandes profesores que nos marcaron enseñándonos otra perspectiva de la cultura y del planeta, que todavía recordamos con una nostalgia inquieta.

Esa admirable joya académica arrastraba las semillas del mal en un país militarizado. La ley de la mordaza (1948) y su “frondoso archivo de informes confidenciales”; el matadero de muchos jóvenes boricuas en la guerra de Corea (1950-1953);  los muchos nacionalistas encarcelados o vigilados eran partes centrales del trasfondo histórico. En eso no éramos únicos porque en la historia el saber humanístico ha coexistido con la barbarie de la esclavitud, la inquisición, los totalitarismos, entre otros, y ha ayudado a superarlos. (6)

En ese paisaje nuestra “Casa de Estudios” era presidida por Jaime Benítez (1908-2001), un “autócrata ilustrado” que presidió la institución por 29 años (1942-1971) y se dejó llevar por “los imperativos del efectismo histriónico” -en palabras de Luis Rafael Sánchez- e intentó “impedir las subversiones posibles del contenido en aras de las gracias del estilo, contentarse con los espejismos de las apariencias en el nombre de la manera universitaria de ser y proceder puede resultar en una nada jocosa tomadura de pelo.” (7)

En octubre de 1965 se olvidaron los buenos modales académicos y el rector Benítez rechazó la petición de un grupo de profesores de celebrar un teach-in (maratón educativo) contra la guerra de Vietnam. El rector y el mediador David M. Helfeld, abogado laboral y decano de la Escuela de Derecho, se reunieron con los profesores y les sugirieron que se invitara a otros académicos favorecedores de la guerra. Los profesores propusieron entonces un foro “con un mediador imparcial y ponentes con puntos de vista opuestos” hasta el punto de invitar a Benítez como ponente y a Helfeld como moderador. En vista de la cercanía de la actividad, concluyeron estos últimos que sería difícil encontrar cinco o seis profesores “dispuestos y capaces de defender la política norteamericana en Vietnam”. Por lo tanto, negaron el permiso a los profesores porque “el propuesto maratón sería de carácter partidista.” (8)

Al igual que en la coyuntura de la guerra de Corea, los jóvenes puertorriqueños sufrían el servicio militar obligatorio, por lo que la discusión de la guerra de Vietnam era un asunto de supervivencia física. Fue una guerra ajena, turbia, de la que muchos regresaron muertos, mutilados o desquiciados, obligados por la ley del más fuerte. Todavía choca recordar que los ilustrados que presidían la UPR no favorecieran la discusión libre de un tema tan vital.

“¿Cómo pensar la educación pública y la educación universitaria cuando se les está pidiendo a los ciudadanos puertorriqueños que acepten la subordinación al imperio de una Junta de Control Fiscal?”
Arcadio Díaz Quiñones (9)

La huelga del 81 se prolongó imprudentemente porque los estudiantes no supieron terminarla a tiempo. Tal vez porque olvidaron que la institución no era un patrono capitalista de bolsillos vulnerables y, por lo tanto, al cerrar las aulas renunciaron a las clases que habían pagado y se autocastigaron. La Universidad sobrevivió la cerrazón insensible del Rector y del Consejo de Educación Superior de turno. Mas nunca imaginamos, entonces, en aquel despeñadero profundo, que más tarde la Universidad tocaría fondo, inerme, sin ideas frescas, sin pasión por los principios, ni voluntad para salvar la grave crisis sanitaria que nos engulle.

La huelga del 81 se prolongó imprudentemente porque los estudiantes no supieron terminarla a tiempo. Tal vez porque olvidaron que la institución no era un patrono capitalista de bolsillos vulnerables y, por lo tanto, al cerrar las aulas renunciaron a las clases que habían pagado y se autocastigaron.

Todavía fresca la tinta de la ley promesa impuesta unilateralmente por el Congreso de los Estados Unidos en 2016, sin consultar a sus conciudadanos americanos de la Isla; con arrogancia y criterios cavernarios, decidió la Junta recortar el presupuesto de la UPR. Y, sobre todo, su muy robusto y saludable fondo de pensiones. Con mirada sesgada olvidó recortar o eliminar la Presidencia y la Administración Central, costosos y superfluos apéndices que repiten muchas de las funciones académicas del resto del sistema universitario. Mientras, los recintos claman por cientos de plazas de personal docente, perdidas o congeladas en los años anteriores, muy necesarias para el enriquecimiento institucional.  

“…los saberes humanísticos nos han ayudado a comprender, y a veces a transformar el mundo que habitamos. Puerto Rico ha demostrado que la crítica logra abrirse camino, desafiando censuras y miedos… y nos ayudan a liberarnos del control que el poder ejerce sobre el lenguaje.”
Arcadio Díaz Quiñones (10)

El final desgarrador de la universidad de hoy comenzó por el final de la escuela pública. Esta languidece por décadas ante los ojos de todos sin generar un rescate urgente de su razón de ser: la escuela gratuita de todos, la taza de oro con los mejores maestros (a pesar de los sueldos miserables), el orden y el respeto cotidianos, la limpieza extrema y las vacunas, las “artes industriales”, los deportes masivos con entrenadores dedicados, la música y el teatro escolar que formaba y sensibilizaba a los estudiantes y a la comunidad.

Esa fábrica de ciudadanos tiene hoy la tajada más grande del presupuesto insular y funciona como una agencia de empleos nacida del enchufismo político, el nepotismo, del negocio millonario de las editoriales y de los generosos contratos de los negociantes de los cursos remediales que no han remediado la deserción escolar masiva. En fin, al repensar la educación pública en sus niveles pre y universitarios, es inescapable el pasado presente. Así los diagnósticos de la protesta del 81 encajan en el expediente del paciente universitario moribundo de hoy porque salieron de un liderato universitario que dominó la palabra, el análisis y la pasión frente a unos funcionarios de retóricas pastosas y contabilidades perversas.

En medio del barullo, los estudiantes destacaron la naturaleza de la universidad “como un escape transitorio del desempleo.” Por un lado, se masificó el ingreso a la universidad pública que llegó a tener más de 50,000 estudiantes. Pero el 70% a duras penas sobrevivía con las ayudas económicas que se tragarían el alza de la matrícula que provocó la huelga. (11) Así que la mesa estaba servida para las sacudidas del 81.

Una vez uno de mis estudiantes que enseñaba en el caserío Llorens Torres me confesó que solo uno de sus estudiantes llegó a la universidad.  En vísperas del paro universitario, la deserción de los estudiantes de las escuelas públicas sumaba más de 200,000 que “debían estar en la escuela pero no lo estaban.” Ya sabemos que la empinada escala del problema está atravesada por unas complejas fuerzas familiares, económicas y culturales. Pero no quita que se piense en otra estructura de las escuelas públicas. Que empiecen por hacer de la educación un reto, una aventura, un deleite. Que se integren los estudiantes a la formación de criterios y condiciones para adelantar los conocimientos y lograr que la escuela los integre en objetivos y luchas comunes.

Un “Informe Social” circulado por la Junta de Planificación en 1981, celebrado por Roberto Alejandro, insistió en la tarea “informativa” y “formativa” de la educación, es decir, en los valores y principios socio-culturales incorporados al código moral de cada individuo. Era una manera de volver a pensar: “¿por qué la ocupación policiaca [de la Universidad], ante una protesta generada por el aumento en matrícula?” (12)

No extraña que la Universidad no sea lo que era porque su final es el sueño dorado de los que dejaron morir a la escuela pública.

No extraña que la Universidad no sea lo que era porque su final es el sueño dorado de los que dejaron morir a la escuela pública. Y la pandemia es la coartada para propiciar su irrelevancia con la complicidad de muchos profesores que prefieren hablar a distancia, sin reuniones de confrontación con sus iguales, con los estudiantes y los gerenciales universitarios. Es el paraíso de la nada.

Muchos de los que deciden desde arriba el destino de la Universidad no estudiaron en ella o prefieren matricular a sus hijos en las universidades privadas criollas o del norte. Luis Rafael Sánchez lo diagnosticó temprano:

“… cuándo se desvanece el aprecio de las clases adineradas por la Universidad de Puerto Rico, cuándo concuerdan en reducirla a un ámbito estrecho, maltrecho… a son de cuáles prejuicios y cuáles juicios prospera el desencanto, a son de cuáles esnobismos y a son de cuáles desconfianzas…” (13)

Una universidad completamente a distancia, por el medio tecnológico en boga, amén de que enaniza la discusión, mediatiza el museo, la biblioteca y el teatro, los lugares donde “el talento se colectiviza.” (14) Es decir, se reduce el debate intenso, el choque de ideas y, por lo tanto la cultura, el arte y la ciencia que abren los caminos del saber y de la solidaridad.

 

  1. Fernando Picó, Milton Pabón y Roberto Alejandro, Las vallas rotas. Río Piedras, Ediciones Huracán, 1982, p.30.
  2. Ibid., p. 30.
  3.  Ibid., pp. 30 y 31.
  4. Ana Lydia Vega, La felicidad ja ja ja y la universidad. Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, 1989, p. 18.
  5. Arcadio Díaz Quiñones, “Sobre los finales”, 80grados.net, 19 de mayo de 2017. Conferencia de 28 de octubre de 2016 con motivo de la distinción de Humanista del Año otorgado por la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.
  6. Ibid.
  7. Luis Rafael Sánchez, El himno de la vida. Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, 2004, pp. 54-55.
  8. Leroy Robinson, “¿Por qué se hizo el maratón educativo fuera del campus?”, La Escalera, vol.1, núm. 1, febrero de 1966, pp. 17-19.
  9. Díaz Quiñones, “Sobre los finales”…
  10. Díaz Quiñones, “Sobre los finales”…
  11. Ver el ensayo de Roberto Alejandro Rivera, “Nuevas voces, nuevos cauces: reflexiones sobre la huelga universitaria” en Las vallas rotas…, pp. 197-198.
  12. Ibid.
  13. Sánchez, “El himno…”
  14.  Ibid.

1 thought on “Los principios del final”

  1. Nellie Zambrana Ortiz

    Me transporté… a mi segundo año en el 1981. Qué bueno que lo viví, que lo sufrí, que lo dudé, que lo entendí y que lo puedo contar, recontar y reflexionar.

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