Violencias/Lenguajes (ensayo para una memoria)

Agnes Lugo-Ortiz

Foto de Ricardo Alcaraz

Recordar la Huelga del 1981 es, entre muchas otras cosas, rememorar una conflagración de cuerpos y palabras, una eclosión de violencias y lenguajes. Ya para aquel año, el Romerato estaba en todo su esplendor, volviendo obligatoria, entre ciertos sectores de la izquierda, la lectura del texto clásico de Víctor Serge, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión (1921). La experiencia anti-zarista y bolchevique de Serge nos había familiarizado, incluso entre quienes no lo leyeron (“revolucionarios” o no), con conceptos para nombrar imperfectamente los mecanismos de inteligencia instituidos por un Estado exasperado con delirios paranoides ante la imagen de su propia vulnerabilidad. La analogía no era ociosa. No otra, si no de precariedad, comenzaba a ser la situación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico a finales de la década del setenta, ya en vías de agotamiento las débiles y paternalistas ficciones de desarrollo colonial que, por décadas, lo habían sustentado. Romero, tomando el relevo del “jalda arriba va el Partido Popular” anunciaba sin ironías –y con una impertinencia populista que la triunfante ideología neoliberal de los años ochenta prontamente habría de neutralizar– que “la estadidad”, nada más y nada menos, era “para los pobres”. A la par, y sin advertir sus paradojas, decretaba arbitraria y súbitamente un aumento de un 300% en los costos de la matrícula en la universidad pública del país, asegurando que si bien la estadidad podía ser “para los pobres”, la educación universitaria, definitivamente, no tenía por qué serlo. Desde esa impostura avanzaba una guerra contra la idea de lo público, que ya para esas fechas se había cebado de la educación elemental, intermedia y superior del país, y que habría de continuar en marcha triunfal hasta el día de hoy.

Fue aquel, el del 1981, un momento álgido de protesta social y laboral, del que el movimiento estudiantil en la UPR devendría su figura más intensa… y también, tal vez, por infortunio, la más profética. En estos apuntes, mediante una serie de escenarios emblemáticos y a modo de mosaico, solo quiero evocar algunas de las dinámicas de lenguaje y de las violencias que lo constituyeron, tratando de recuperar, así sea incompleta y fragmentariamente, una memoria de sus tesituras—de su concierto de palabras e intensidades afectivas, de sus promesas y frustraciones cotidianas, de la tactilidad del enfrentamiento entre cuerpos y Estado. Tal vez, andando el tiempo, podamos dar cuenta más cabalmente, ya sumadas otras perspectivas, de lo que fue vivir su día a día.

 

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Con Serge se popularizó una teoría sobre la figura de “el provocador”. Y de “provocadores”, infiltrados, informantes, encubiertos y Mata-Haris estaba lleno el campus. No era figmento de una imaginación izquierdista febril con ansias de Revolución (aunque esto tampoco faltara). Años después, el escándalo de las carpetas despejaría toda duda sobre lo oficioso que en efecto fueron antes, durante y después de la huelga los aparatos secretos de vigilancia estatal en la universidad. ¿En qué reunión de las organizaciones estudiantiles y del Comité Contra el Alza Uniforme en las Matrículas no estuvieron? ¿Qué discusión no detallaron en sus largos informes, llenos de errores ortográficos? ¿A quiénes no censaron, equivocando (incompetentes) un nombre (frecuentemente de mujer) tras otro? Esos eran los enmascarados, más despreciables por esconder la cara. Luego estaban los que vestidos de civil, con su lastimosa pinta de miserables resentidos, todos llenos de odio, acompañaron a los no menos infelices de la Guardia Universitaria; y los que envalentonados flanquearon la maquinaria de la Fuerza de Choque, bien escudados bajo su todopoderoso manto protector. 

Informant with police

Pero en mi memoria los más curiosos en su patetismo fueron aquellos que, inútilmente, trataron de confundirse con la masa estudiantil en las marchas multitudinarias. Gritaban consignas, alzaban el puño, Miró Montilla, ¡rector de pacotilla!, pero nada en su apariencia, indumentaria, estilo y, sí, edad, denotaba la condición de estudiante universitario (sea lo que esto fuera pero que, en nuestra percepción, suponía cierta legibilidad). Uno en particular viene a mi mente. Aún hoy tengo su rostro tallado en mi recuerdo (¿Te veré alguna vez en El Hipopótamo?). Bajito, gordito pero musculoso, moreno, bigotudo….de unos 40 a 50 años. Cargaba un bulto (un duffel bag) alargado, dimensiones justas para contener palos, macanas o armas largas. Su presencia desentonaba demasiado en aquella marcha mañanera que animadamente pasaba frente al Seminario de Historia del Arte en el Edificio Luis Palés Matos de la Facultad de Humanidades, camino de la Torre. De momento alguien se atreve a nombrar lo innombrable: Cama, cama ¡Camarón! Cama, cama ¡Camarón! Cama, cama ¡Camarón! Los demás le hacemos eco…una y otra vez. Mi memoria se detiene en la expresión nerviosa del camarón y, de ahí, ya no retiene exactamente lo que vino después, fuera de las golpizas, corre-corres y gases lacrimógenos que se sucedieron en la tarde, bajo los ecos de lo que sonaba a –¿o tal vez sería?– una sinfonía de tiros.

 

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El filósofo francés Paul Ricoeur ha escrito que una violencia que trata de hablar es una violencia que quiere dejar de ser violencia. La sentencia es inexacta. Una violencia que habla, en no pocas ocasiones, quiere camuflar su condición de violencia tras la palabra. Y, sin embargo, lo cierto es que en la Huelga del 1981 se vivió la hecatombe de una violencia estatal negada a la palabra, pobre de palabra, extraviada en su expresión. Una violencia que nunca quiso dejar de ser violencia ni disimularse. Es uno de los mayores legados del Romerato, vigente hasta el día de hoy. Memorable es aquella frase emblemática del representante cameral novoprogresista, Luis Gonzalo de Jesús, que resume los modos en que el Estado entonces construía a sus adversarios. A los “revoltosos”, decía él, refiriéndose a los estudiantes en huelga, había que pasarlos con bayoneta calada como carne al pincho. A esa violencia elocuente, violencia hecha drama de violencia en la palabra, responderíamos a la madrugada del día siguiente: Gonzalo de Jesús, ¡carne al pincho serás tú! Nuestro decir, por momentos, comportó también aspectos especulares. ¡Toma, Poder! ¡Aquí te devolvemos, con guirnaldas iluminadas, la violencia de tu palabra!

Lo cierto es que en la Huelga del 1981 se vivió la hecatombe de una violencia estatal negada a la palabra, pobre de palabra, extraviada en su expresión. Una violencia que nunca quiso dejar de ser violencia ni disimularse.

 

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Decir que el Romerato fue parco de palabra es hacerle un favor. Como todo buen régimen autoritario se dio al empobrecimiento y degradación del lenguaje. Entendía el reconocimiento público del adversario como una debilidad. No hay adversarios con los cuales contender, solo enemigos a los que suprimir. Por eso, las negociaciones con la administración universitaria, cuando las hubo (y bien que las hubo), tenían que ser tras bastidores, a solas con mediadores y dirigentes estudiantiles e imponiendo plazos poco realistas para la consideración colectiva de las propuestas acordadas. En no pocas ocasiones, fatídicamente, esto dejó márgenes bastante estrechos para una verdadera consulta democrática con la asamblea estudiantil. Al parecer, ésta no podía ser reconocida por los delegados estatales como sujeto de lenguaje y pensamiento, y como poseedora formal, como en efecto lo era, de la última palabra. Para ellos, en su lógica autoritaria, bastaba con interpelar a puerta cerrada (y no pocas veces de manera taimada) al liderato estudiantil, a quienes concebían equivocadamente como “los jefes”. Jamás entendieron que “jefes” (a pesar de inclinaciones, tentaciones, deseos y simbolismos), en realidad, no hubo. Ello llevó a múltiples cruces en la comunicación. La huelga fue la expresión de un campo de debates y contenciones, del esfuerzo constante, a veces a contracorriente y lleno de fallos, por empujar una cultura democrática. Tal vez éste sea uno de los factores que parcialmente explique el porqué en la asamblea del 21 de septiembre del 1981, la tercera celebrada desde el inicio del año académico en agosto, se llegara a declarar, insensatamente, y para consternación de muchxs, una huelga indefinida. Recuerdo:

Llegué al teatro de la UPR, en donde se celebraría la asamblea, temprano en la mañana con mis amigxs Ivette Hernández y Carlos Cañuelas. Ya allí no cabía un alma. Nosotrxs, que éramos y seguiríamos siendo miembrxs insomnemente militantes del Comité Contra el Alza Uniforme en las Matrículas y Pro Nueva Ley Universitaria (CCAUM-PNLU)—y, en mi caso, una de las representantes al Consejo General de Estudiantes (CGE) por la Facultad de Humanidades—al llegar no encontramos asiento en el primer piso del teatro y nos instalamos bien arriba en el Gallinero. El Consejo General de Estudiantes, debe mencionarse, dejó de funcionar como cuerpo deliberativo autónomo durante el proceso para, de facto, fundirse con el CCAUM. Su presidente, Roberto Alejandro (quien también era presidente de la Unión de Juventudes Socialistas, UJS), pasó a ser el único de sus miembros en hablar con autoridad representativa y rectora dentro del movimiento. De este modo, facultades del CGE, del CCAUM y de la UJS pudieron llegar a habitar en una sola persona. 

La huelga fue la expresión de un campo de debates y contenciones, del esfuerzo constante, a veces a contracorriente y lleno de fallos, por empujar una cultura democrática.

Antes de abrirse el telón, ya estaba en su salsa, en la platea misma del teatro, aquel individuo cuyo nombre, por fortuna, he olvidado y que con un carrito de compras y unas bocinas magníficas se dedicaba a exaltar los ánimos del estudiantado en marchas y piquetes. Se le conocía como “el Carrito de la Alegría”. Antes de que comenzaran las deliberaciones de la asamblea, en la que el liderato estudiantil debía presentarnos una propuesta avalada por la Administración, el “Carrito de la Alegría” había armado la fiesta y caldeado unas disposiciones ya de suyo caldeadas. ¡Huelga, huelga! Se abrió el telón. Aparecieron los dirigentes, Roberto Alejandro, presidente del CGE y de la UJS, Iván Maldonado, presidente del CCAUM, José “Tato” Rivera Santana, presidente de la Federación de Universitario Pro Independencia (FUPI), y, poco después, Eva García, presidenta de la Juventud Acción Católica (JAC), entre otros. Todos ostensiblemente sorprendidos por el furor del estudiantado. Detrás de ellos estaban los cuadros de las organizaciones políticas de izquierda, que nunca faltaron en el movimiento, entre ellos Carlos Pabón y Lico Figueroa, por el Movimiento Socialista Popular (MSP) y Héctor “Tito” Meléndez, por el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP). Se hormigueaba en el escenario. Desde la perspectiva del Gallinero, parecía que algo los había desestabilizado. Luego escuchamos que las organizaciones políticas no favorecían un voto de huelga indefinida (pero de esto yo nada sé de cierto). Lo que es indudable, es que la voluntad de huelga venía, como lava volcánica, de una asamblea furiosa. Ignorar ese entusiasmo hubiera puesto en peligro la legitimidad misma del liderato estudiantil. 

Comenzó la asamblea. Roberto Alejandro, asordinando su verbo centelleante, presentó, sin mucha convicción, una propuesta de difícil inteligibilidad. Ivette, Carlos y yo conferenciábamos entre nosotrxs. ¿Qué se está proponiendo exactamente? No entendemos. ¿Cuál es la prisa? ¿Por qué no baja esto a los comités de Facultad para discusión? Además, en la reunión del CCAUM de la noche anterior se había decidido no recomendarle a la asamblea un voto de huelga indefinida. ¿Qué había cambiado?  No entendemos. Para colmo (me recuerda una compañera recientemente), el equipo de sonido en el teatro estaba defectuoso, dificultando el que se escucharan bien las intervenciones. Como era todavía lo usual que los hombres fueran los que hablaran en los grandes escenarios públicos (por obra misma del Movimiento, esto habría de cambiar poco después, pero solo un poco), Ivette y yo, de todas formas, ayudamos a Carlos a redactar unos puntos para que los presentara a la asamblea, pidiendo a nombre de lxs tres mesura y ponderación: Compañeros, dijo Carlos, tenemos la razón de nuestra parte. ¿Por qué apresurarnos con una huelga cuando no hemos considerado debidamente la propuesta que se nos ha hecho? También teníamos la fuerza. Pero, ¿quién podía escuchar estas tenues palabras con los megáfonos del Carrito de la Alegría retumbando sobre el entendimiento y tras semanas de haber acumulado una confianza (lo sabemos ahora) demasiado triunfalista en las posibilidades de una victoria absoluta, es decir, en nuestra capacidad de lograr que prevalecieran nuestros principales reclamos, revocándose el aumento e instaurándose la matrícula ajustada?  Se requeriría una etnografía histórica para dar cuenta con rigor de la formación de esa fe y de sus extravíos. ¿Quién, pregunto, recordará ahora, que alguien, sin embargo, pronunció tales palabras disidentes, silenciadas por el estruendo del fragor y de la creencia en el poder propio? Se declaró la huelga indefinida.

Protesters marching with banners
Foto Ricardo Alcaraz

Ese día fue un día largo. En la tarde, reunión del sub-comité de facultad. Extensa. Y en la noche, reunión del pleno del Comité Contra el Alza, hasta casi las 2am. A las 6am había que estar en la universidad para implementar la huelga. Llegué a casa de madrugada. Mi madre, que en ese entonces también era profesora en la UPR, dormía. Fui a su cuarto y le dije: Mamá, en un par de horas iré a implementar una huelga indefinida por la cual no he votado. La disidencia, de ello no cabía duda, era dentro, no en contra o fuera, del Movimiento. De este modo pasaron cinco meses, con jornadas que se extendían de 6am a 2am casi diariamente y en las que mi casa, sede de múltiples reuniones, fue vigilada; mi teléfono, intervenido, recibiendo curiosas llamadas anónimas; mi carro (un Datsun rojo) secuestrado y vandalizado; y yo, suspendida sumariamente de la universidad. Durante todo ese proceso no dejé de escuchar a Bach y a Beethoven. Tal vez sería por eso que uno de los compañeros de la mejor pensante izquierda estudiantil me dijo sin asomo de duda que yo era una intelectual pequeño-burguesa sin posibilidades en el marxismo. Tenía razón. Además era abiertamente lesbiana (no del más apropiado y decoroso clóset). ¿Qué otra prueba se requería?

En todo movimiento político hay un momento para la reflexión y otro para el entusiasmo, aún cuando se sobrepongan y contaminen. Del no discernir sus tenues jurisdicciones está pavimentado el camino al fracaso. O, tal vez peor, el que sea una minúscula vanguardia a puerta cerrada la que se abrogue la tarea del pensamiento que debería ser, en un proceso verdaderamente democrático y participativo, obra de todxs.

El 21 de septiembre aprendí que había otro tipo de “provocador” que Serge nunca contempló. No se trata del cobarde a sueldo en la nómina del Estado, sino de aquel que surge espontáneamente del frenesí del movimiento mismo, socavando la ponderación que se requiere para la deliberación política. Sin que fuera (de ello no hay duda alguna) un factor determinante, aquel día el Carrito de la Alegría junto a otros estuvieron, sin embargo, bastante lejos de ayudar a producir la música –los particulares tonos, ritmos y modulaciones– que se requieren para el debate de una pluralidad de visiones; lo cual, se entiende, no era sinónimo de despojar a la asamblea de su “alegría”. Si bien es cierto que racionalidad y afectividad no son mutuamente excluyentes, y que toda emoción está, en sus estructuras más profundas imbricada con el pensamiento, no es menos cierto que en todo movimiento político hay un momento para la reflexión y otro para el entusiasmo, aún cuando se sobrepongan y contaminen. Del no discernir sus tenues jurisdicciones está pavimentado el camino al fracaso. O, tal vez peor, el que sea una minúscula vanguardia a puerta cerrada la que se abrogue la tarea del pensamiento que debería ser, en un proceso verdaderamente democrático y participativo, obra de todxs. Ese día, el alto liderato estudiantil no supo (¿o, a la postre, tal vez no quiso?) ayudarnos a determinar esos frágiles lindes, no como ejercicio vertical de una autoridad arbitraria, sino en virtud de las capacidades que se le habían delegado en tanto representantes del movimiento estudiantil y moderadores de la asamblea.

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Si el Estado, en la figura grotesca del gobernador Romero Barceló, era del todo un espectáculo de torpeza en el uso de la palabra (lo cual, por cierto, continúa siendo una característica del debate público puertorriqueño hasta el día de hoy, tan notable en el bienintencionado simulacro populista de un Jay Fonseca), la plana mayor, así como buena parte del movimiento estudiantil como un todo –más allá de sus muchos errores y desaciertos– fue, por el contrario, una fiesta de oratoria e inteligencia. Ello se manifestó en todas las escalas: desde los foros públicos y conferencias de prensa, pasando por las manifestaciones multitudinarias y los micro-mítines espontáneos (en los que cualquiera que quisiera tomar la palabra, podía hacerlo, en un verdadera expresión de democracia popular), hasta en las marchas en las que se iba salón por salón explicándoles a aquellxs estudiantes, que por diversas razones continuaban asistiendo a clases, las razones de la huelga y lo importante de que se sumaran a ella; y por, supuesto, en las vigorosas reuniones casi diarias de los subcomités de facultad y del Comité Contra el Alza, y a las que nunca entró carrito alguno, ni de la alegría ni de la tristeza. En su cotidianeidad, la huelga fue una apoteosis de la palabra compartida.

Micro meeting
Foto Ricardo Alcaraz

En su cotidianeidad, la huelga fue una apoteosis de la palabra compartida.

Photo of Roberto Alejandro
Foto Ivonne Marcial Vega

Delgado, enjuto, frágil de cuerpo, Roberto Alejandro, en particular, era un portento carismático de pensamiento y elocuencia. De verbo ágil y luminoso, sarcástico con sus críticos y opositores, tanto externos como internos, sagaz en el análisis y el debate, preciso en la argumentación, por virtud de él, y del resto de nuestros representantes, el ser parte de la Huelga del 1981 nunca pudo dejar de sentirse sino como una exaltación brillante y digna del lenguaje y de la cultura, como un hecho intelectual. 

Si algo hizo de este proceso uno netamente universitario no fue tanto, como suele decirse, el que su móvil tuviera que ver con una necesidad puntual y específica del estudiantado (i.e. el costo de la matrícula). En su sentido más profundo, su carácter universitario se manifestó espléndidamente en el despliegue colectivo y sin apologías de un caudal cultural, de unos archivos y de una inteligencia, de una voluntad ilimitadamente ética y política de pensamiento. La altura de nuestros representantes era (queríamos que fuera) expresión de nuestra propia altura y de la voracidad de nuestra hubrística potencia, ello en marcado contraste con la mediocridad, vulgaridad e ignorancia de quienes nos gobernaban. El 1981 fue una conflagración de ese diferendo. Por eso tenían que aplastarnos con toda su violencia. 

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Hijo de un pastor protestante, pero de formación socialista, la palabra de Roberto, en particular, hechizaba por el manejo apasionado y diestro de dos retóricas utópicas (la cristiana y la marxista). Esto es dicho aquí sin sentido peyorativo alguno sino en la acepción exacta del término utopía: u-topos que significa un no-lugar y, por ello mismo, el sitio privilegiado para articular todo lo que está por venir, de lo que aún no es; centro irradiador de la aspiración, el deseo y la redención. Ese hechizo era magia pero también condena. Invitaba a la mimesis. Y de gestos miméticos estuvo lleno el proceso. Uno de los más enfáticos y, por ello mismo, de los más memorables, fue el de aquel joven de primer año, cándido y maravillado, que llegó a convertirse, sin quererlo, en toda una parodia de la poderosa retórica de nuestro representante. Se dio a vestir con indumentaria formal y a imitar con seriedad sus serios estilos. Cuando le tocó hablar en algún micro-mitin (porque la cotidianeidad democrática del movimiento, según se ha dicho, permitía este tipo de intervenciones) alzaba el brazo con solemnidad: en la mano derecha el dedo índice y el pulgar entraban en contacto, formando una O, mientras los dedos restantes quedaban en alto, remedando el gesto característico de Alejandro en sus electrificantes discursos. Entonces afirmaba con euforia la frase que como mantra repetía nuestro dirigente: ¡Le hemos vuelto a romper los esquemas a la administración universitaria! Al recordar esta escena, no dejo de evocar con cierta ternura, los conocidos versos de Antonio Machado: La envidia de la virtud/hizo a Caín criminal/¡Gloria a Caín, hoy el vicio/es lo que se envidia más!

Un concepto de la época, de raíces soviéticas pero inspirado por las retóricas de la Revolución Cubana, era “emulación”. “Emular” significaba aspirar a la superación individual mediante la “competencia” socialista, que distinta a la capitalista debía estar dirigida no al lucro personal sino al bien común. Aquel joven fue una de las encarnaciones más estilizadas de la “emulación”. En gran medida, puede decirse que toda imitación, especialmente en su vertiente paródica, conscientemente o no, implica una forma de competencia. Conlleva la expropiación y apropiación contenciosa del modelo “original”. Es una guerra amorosa u hostil (o simultáneamente amorosa y hostil) con el modelo. Todo gesto paródico, por virtud de esa expropiación, tiene el potencial de desnaturalizar y mostrar los puntos de agotamiento de unas formas de representación y autoridad, en este caso políticas, haciéndolas identificables, transferibles y, por ello, ya despojadas de su aura, democráticamente compartibles. No menos hizo aquel joven con aquellas formas y lenguajes hechizantes, enamorado como estaba, sin saberlo, de sus propias capacidades de revelación. No sería el único.

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Desconcertaba escuchar a la administración universitaria insistir en que lo que pasaba con los huelguistas revoltosos era que no querían estudiar. Hasta se creó una organización de derecha, opuesta a la huelga, inconsecuente y de vida efímera, llamada Comité Pro Derecho al Estudio (COPRODE), y dirigida nada menos que por el hoy comentarista político televisivo Carlos Díaz Olivo. Era una manifestación más de la capacidad del autoritarismo de degradar el lenguaje y distorsionar el sentido de las palabras, maleando sus relaciones convencionales con la realidad. Decían defender el derecho al estudio cuando, de facto, se lo negaban a otrxs. Roberto Alejandro con mordacidad brillante los desenmascaró denominándolos Comité Pro Discotecas Exclusivas. 

Lo cierto fue que durante la huelga nunca se dejó de estudiar, pensar y crear. No era posible. Entre algunxs se formaron círculos de estudio, múltiples fueron los grupos de teatro, y muchas las compañeras dedicadas al trabajo gráfico. 

Photo of women talking

Se cantó y se imaginaron consignas que, como romances medievales, sobrevivirían en la memoria de subsiguientes movimientos estudiantiles (mucha veces ignorantes de su origen) hasta el día de hoy. La huelga misma se convirtió en una universidad que nos permitió aprehender en toda su carnalidad una teoría del Estado y sus mecanismos de violencia, y que nos obligó a pensar con urgencia la sociedad en la que vivíamos. Intentamos estar a la altura de esas demandas, y el intento por sí solo nos transformó en modos demasiado heterogéneos para ser capturados por frase o metáfora alguna. 

La huelga misma se convirtió en una universidad que nos permitió aprehender en toda su carnalidad una teoría del Estado y sus mecanismos de violencia, y que nos obligó a pensar con urgencia la sociedad en la que vivíamos.

Las reuniones del Comité Contra el Alza Uniforme en las Matrículas fueron campos de duelos, pugnas de lenguajes. En el desacuerdo no era fácil contender con el verbo prodigioso de un Roberto Alejandro o con la capacidad de avanzar posturas coherentes, con análisis bien pensados, como las que se generaban por las organizaciones políticas y sus elocuentes voceros (en particular la Unión de Juventudes Socialistas y la Federación de Universitarios Pro Independencia, que constantemente se disputaban la autoridad intelectual sobre el movimiento, con la UJS sacando la mejor partida). Con la huelga también aprendimos que quien no tiene dominio sobre la palabra y capacidad de intervención estratégica concertada corre el riesgo de sucumbir irreflexivamente a los que sí los tienen, y que todo análisis bien articulado no lleva necesariamente al acierto. De ahí que en un momento dado se generaran subgrupos no afiliados a las organizaciones políticas establecidas y descontentos con el que constantemente se le pasara el rolo en las reuniones a las intervenciones individuales, aun cuando éstas tuvieran mérito. Yo pertenecí a uno de esos subgrupos, al que llamábamos (¿de dónde saldría el nombre?) La Tendencia. Posteriormente he llegado a sospechar que otras organizaciones políticas (no involucradas con el movimiento estudiantil) andaban también por ahí pescando militantes, y que La Tendencia no estaba del todo fuera de esa mira. Tanto como el PSP y el MSP, ellas también disimulaban sus deseos políticos, que en sí mismos no tenían nada de objetables (porque ¿qué otra cosa es la política en una democracia sino la búsqueda del movimiento colectivo?). Solo su simulación, el secreteo, era de objetar.

En La Tendencia nos congregábamos Héctor Vázquez Franco (quien era el portavoz alterno del CCAUM), Juan Carlos García (coordinador del sub-comité de Estudios Generales), Ivette Hernández-Torres, Lili Benson, Luis “Tito” Rosario, Miriam Quiñones, Carlos Guzmán, Onelia Pérez Rivera, otrxs tres compañerx cuyos apellidos no recuerdo—Víctor, Julio y Teresa (estos dos últimos miembros de Fuerza Verde, brazo estudiantil del Partido Independentista Puertorriqueño, PIP) y yo. Éramos un grupo heterogéneo pero deseoso de mayor reflexión colectiva y democrática a la hora de la toma de decisiones. Nos convocábamos antes de las reuniones nocturnas del Comité Contra el Alza, que usualmente tenían lugar en los locales de la Unión de los Trabajadores de la Industria Eléctrica y Riego (UTIER) en la Calle Cerra de Santurce, de la Federación de Maestros de Puerto Rico (FMPR) en Río Piedras o de la Hermandad de Empleados No Docentes de la UPR (HEEND) en Hato Rey, para analizar los asuntos en juego y elaborar perspectivas que aportaran a la discusión en el pleno del movimiento con libertad de las directrices dadas por las organizaciones políticas. Que no nos tomaran desprevenidos con sus planchas… Roberto Alejandro, atento inteligentemente a la oposición que emergía de la base, nos motejó sarcásticamente un día como el Comité Pro Análisis Profundo (COPRAP). De modo que en la Huelga del 1981 tuvimos que aprender también a esquivar diestramente el golpe de las palabras de nuestros camaradas, no tan solo las macanas con las que se nos aventaba el Estado. Ese pugilismo nos fortaleció… quisiera creer.

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Pero la pugna de lenguajes dentro del movimiento no siempre tuvo un aspecto estructurado, programático o estratégico. En las prácticas cotidianas igualmente se debatieron espontánea e informalmente nuevos modos de nombrar las cosas o de legitimar y deslegitimar a los sujetos hablantes. Recuerdo ahora con la fuerza de un golpe:

Era una reunión del Comité Contra el Alza en el local de la Hermandad en Hato Rey. No puedo precisar la fecha. Se trataba de un compañero de los pocos abiertamente gay, esto mucho antes de que la no-normatividad sexual entrara en la esfera de la coolidad política. Era de los más militantes y más comprometidos con la huelga, de aquellos que iban de tarea en tarea, de noche a noche. Hablaba en los micro-mítines. Pide un turno y se levanta para hacer su intervención cuando intempestivamente una voz ruda grita para callarlo ¡Que hable un hombre! Una corriente fría me bajó por la espalda petrificándome. El golpe también iba contra mí, aunque no lo fuera. No obstante, en menos de un segundo, se levantaron con furia cuatro voces de mujeres al unísono: ¡Eh, eh! ¡Más respeto! Eran las voces de Adelita Rosa (coordinadora del sub-comité de Humanidades), Melba Jiménez (representante al CGE por Humanidades), Lourdes Ríos y Mara Negrón, ambas también de Humanidades. ¿Quién hizo de la palabra un golpe? El local de la Hermandad era pequeño, casi íntimo, y, sin embargo, jamás pude identificar de dónde vino la agresión. Era como si viniera de la nada, de ningún lugar y, por eso mismo, de cualquier parte. Nadie es, en mi memoria, responsable de ella. Y todxs lo eran. Sin embargo, la única responsabilidad con voz y rostro, con nombres propios y, tal vez, la que verdaderamente merezca un lugar en el recuerdo, es la de aquellas compañeras que no necesitaron de grandes teorizaciones avant la lettre para profesar una política no cualificada sobre los derechos del diferente a la palabra, al respeto y a la existencia. Con modos semejantes se disputaron diariamente y en múltiples dimensiones, sin aspavientos y a contracorriente, los espacios de la democracia participativa dentro del movimiento estudiantil, ganándole un lugar a otras concepciones, en modo alguno abstractas, de lo político y de la vida.

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La fiesta del lenguaje y de la elocuencia tuvo su punto de desgaste. Según la huelga se extendía, sin perspectiva alguna de una salida satisfactoriamente negociada, se fueron erosionando la autoridad y la confianza en la palabra de nuestros dirigentes. Una escena, grabada en mi memoria, condensa cual metáfora sus síntomas:

Nuevamente, no recuerdo la fecha exacta. Se trataba de otra de las reuniones nocturnas del pleno del Comité Contra el Alza en la sede de la UTIER, pero ya en un punto avanzado del proceso. En el gran salón del segundo piso no cabía un alma más, y los ánimos estaban caldeados. Salíamos a fumar constantemente al pasillo (Marlboro), entrando y saliendo inquietxs de la discusión. ¿Sobre qué versaba? No lo recuerdo, pero era sin duda importante. ¿Cómo no serlo cuando diariamente nuestras vidas estaban expuestas a la violencia del Estado y cuando no sabíamos cómo saldríamos airosxs tras tantos meses de lucha? En la reunión estaba uno de nuestros compañeros más militantes, pero de aquellos que casi nunca hablaba. Su aporte al movimiento era, sin embargo, capital. Él, junto a su compañera, tenían una van muy vieja y un poco destartalada que usaban como una suerte de cafetería ambulante para alimentar con platos vegetarianos a lxs que, absortxs por el trabajo del día a día, se nos olvidaba comer. Nuestros cuerpos jóvenes y saludables podían darse en ese entonces tales lujos y seguir marchando y funcionando por 10 horas corridas a fuerza de cigarrillos, café y refrescos. No more. Efraín, sin embargo, nos cuidaba maternalmente. Su tarea no pasaba tanto por los dominios del lenguaje sino por la atención amorosa a nuestros cuerpos, a nuestra hambre y a nuestra sed. Para más, era un poco tartamudo. Su voz salía entrecortada de un cuerpo alto y bello. 

Aquella noche Efraín estaba de pie hacia la parte de atrás del salón, visiblemente exasperado. Roberto Alejandro tenía tomada la palabra, hablaba con la calma y la sistematicidad requerida para la exposición detallada del pensamiento. Pero Efraín no estaba de humor para tantas palabras, y tal vez no era el único. Nuestras reuniones siempre se caracterizaron por la seriedad y la civilidad, aún con sus exabruptos. Se tomaban turnos y, por lo general, nadie hablaba fuera de orden, ni se sentía con el derecho a hacerlo. Pero aquella noche, Efraín no estaba para observar protocolos: ¿Por qué no te callas?, o algo así gritó, interrumpiendo a Roberto y sin pedir permiso, ¡Qué mucho hablas! Fue como un balde de agua fría en la asamblea. Escozor. Roberto palideció, pero sin perder la tabla le respondió: Ya estoy por terminar. Y por terminar, en efecto estábamos. Una tartamudez elocuente, de aquel ocupado con la vida de los cuerpos, había venido a metaforizarnos el desafío a los dominios (al poder) del lenguaje que hasta entonces nos habían sostenido, denunciando imperfectamente sus límites, pidiendo irritada su silencio.

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Police with rifles

Ni la más atenta lectura de Víctor Serge, fundamental como lo fue, pudo prepararnos para la realidad de lo vivido en la Huelga del 1981. El Estado como aparato de represión is a thing. Conocer esa verdad es una cosa; saberla a ras de piel, otra muy distinta. Muchos de los hechos, fechas y horarios se pierden y confunden en la memoria, pero un acontecimiento en particular es imposible de olvidar, siendo diáfano en su vértigo: la asamblea del 25 de noviembre del 1981. Los datos básicos de ese día son bien conocidos: nuestros dirigentes tenían prohibida la entrada al campus y por eso se decidió montar una plataforma sobre la acera de la Avenida Ponce de León para que desde allí afuera (y sin violar su interdicto) pudieran hablarle a la asamblea estudiantil, que permanecería dentro de la universidad, en los predios frente a la Torre, hacia el lado del edificio de Ciencias Naturales Viejo. En esa asamblea estábamos supuestxs, entre otras cosas, a considerar el fin de la huelga indefinida—conscientes como ya éramos en ese momento del desgaste del movimiento y de la necesidad de recuperar energías y recalibrar estrategias en el contexto de una universidad abierta. Pero para ello no hubo oportunidad. Los dados estaban echados y, desde la perspectiva del Estado, no le correspondía al estudiantado (a quien nunca reconoció como sujeto de lenguaje y pensamiento) tomar esa decisión. La huelga, si acaso, la acababan ellos con la policía a puro palo. Y a palos, gases lacrimógenos y tiros irrumpieron en la asamblea pacífica disolviéndola. Del aluvión de imágenes y sensaciones que como caos inaprehensible habitan en mi memoria, retengo una instantánea en movimiento:

Comienzan los disparos, los gases y se forma el corre-corre. ¿En qué dirección ir para no toparse con la policía que viene arrasando con sus macanas y para protegernos de los tiros? De primera instancia corro hacia la salida más cercana, que es la entrada principal del recinto. Error. Ya casi en su umbral aparece como monstruo enfurecido uno de los gorilas de la Fuerza de Choque con la macana bien en alto, dando palos a diestra y siniestra. Pánico. Lo tengo apenas a tres o cuatro pies de mí. Trato de correr en la dirección contraria, de vuelta al campus, pero tropiezo y me caigo. En una fracción de segundos veo en movimiento, desde el suelo, la pantorrilla sangrante de un compañero herido de bala, y a la vez, irguiéndose sobre mí, la macana del gorila, a punto de romperme los sesos. Pasa otra micro fracción de segundo y una mano anónima súbitamente me agarra, me arrastra y me salva del golpe. Me levanto y sigo en carrera desenfrenada hacia el puente de la Avenida Gándara, en donde, por milagro, encuentro a algunas de mis amistades –Ivette Hernández con megáfono en mano indicando rutas de escape–,  todas ilesas. Muchxs otrxs, bien lo sabemos, no corrieron la misma suerte. De momento, a lo lejos, tras las puertas de cristal de un edificio de oficinas en una de las calles laterales, veo guarecida a mi madre. ¿Qué hace ahí? Desde la distancia, con gesto desesperado, le suplico: Por favor, vuelve a casa

Desde entonces una vive con la imagen de aquel palo –de la macana de aquel gorila que no llegó a romperte la cabeza– suspendida en el aire e incrustada permanentemente en el alma, con la pantorrilla sangrante en los ojos, seguida de la mirada angustiada de mi madre. Pero incrustada igualmente ha quedado también la imagen y la suavidad táctil de la mano anónima y solidaria que me salvó del golpe. Ambas, cual palimpsesto, forman una doble imagen de poder, cada cual manifestando las distintas lógicas de sus contradictorias tactilidades. La otra se soprepone a la una: debajo está la represión estatal que esgrime toda su fuerza destructora contra el órgano mismo de pensamiento en un cuerpo estudiantil inerme; pero por encima de ella se impone la fuerza colectiva, generosa y anónima  –el tacto suave de una mano– capaz de redimirnos de su violencia. 

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Es esto, y mucho más, lo que permanece como marca indeleble entre quienes vivimos la Huelga del 1981: sus impulsos utópicos, su riqueza de palabra y pensamiento –de acervo cultural sin apologías, de análisis social y político inteligente, de creatividad artística ilimitada, de parodias y disputas enconadas con el poder de los lenguajes (propios y ajenos), de tartamudeces elocuentes– junto al drama de sus múltiples violencias y la plenitud aún más conmovedora de la solidaridad. Todo esta complejidad querríamos que también quedara como legado para nuestro pobre país desmemoriado, con la misma fuerza de los trazos secretos con que la hemos portado en nuestros cuerpos y almas, ahora por 40 años. No nos pararán. 

2 thoughts on “Violencias/ Lenguajes (Ensayo para una memoria)”

  1. Impacta la relación entre lenguaje y cuerpo unido a la reflexión política-cultural experimentada durante la huelga. Noto ecos carnavalesco, la risa, la parodía, el teatro, el arte como respuesta a la violencia verbal y física del estado. Se podría decir que la huelga se ancla en la representación, la vestimenta, la máscara, de ahi el curioso episodio del muchacho imitando a Roberto Alejandro. Gesto individual, pero a la vez colectivo. Cada mañana tanto los estudiantes, la adminstración y sobre todo la policía, asumían la máscara y en consecuencia los discursos. Sería interesante averiguar la privacidad discursiva de las fuerzas represivas, oir sus conversaciones, averiguar sus miedos, el modo en que el lenguaje disciplina esos cuerpos para la batalla. Llama la atención el balance entre el análisis teórico y la anécdota. Revela la mirada distante del crítico, pero a la vez la memoria individual, cargada por el gesto famiiar, el sentimiento, el miedo, la alegría, en fín toda esa experiencia esencial en nuestra formación personal. Saludos, José Ángel Rosado

    1. Querido Yoíto:

      Mil gracias por tu comentario tan bien pensado y por tu intervención en el Mural de la Memoria. Tu escrito, “Una visión a través del lente”, nos dio la metáfora perfecta para inaugurarlo: la idea de la memoria como un “lente” que amplifica, refracta o distorsiona los grandes panoramas, pero que a su vez retiene con exactitud epidérmica –como en un “close up”– los detalles de las trivialidades transcendentales. Gracias por acordarte de los boleros en lo que aprendimos el lenguaje metafísico de las pasiones.

      En efecto, la huelga tuvo su “política de la representación”. No obstante, creo que si algo nos caracterizó fue la seriedad, aun dentro de la alegría y la parodia. En estos días, la seriedad tiene mala reputación, pero no en “nuestros tiempos” (lo digo así para asumir sin vergüenza la diferencia y, sí, nuestro envejecimiento tan notoriamente juvenil). Si hubo parodia o “carnaval” –esto es, inversión del orden establecido– fue por un amor serio a las formas. El Estado también desplegó su teatralidad en modalidad de farsa violenta. Haría falta una etnografía histórica que diera cuenta de lo que llamas “la privacidad de lo aparatos represivos”. ¿Qué antropólogo o antropóloga se dará a hacer ese trabajo antes de que la muerte destruya los archivos que residen en los cuerpo de policías y encubiertos? ¿A quién le interesará escribir esa historia–la vida afectiva y privada de la represión?

      Un fuerte abrazo,

      Agnes

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